Domingo Liotta, el médico que revolucionó la medicina cardiovascular

Texto: Juliana Quintana / Fotos: Gentileza Fundación Domingo Liotta

 

En la mañana del viernes 4 de abril de 1969, ingresó Haskell Karp a la sala de cirugía del Texas Heart Institute de Houston. Se trataba de un minero de 47 años con insuficiencia cardíaca al borde de la muerte que había sufrido varios infartos. Los periodistas se amontonaban detrás de la ventana de la habitación a presenciar el momento histórico porque, ese día, los doctores Domingo Liotta y Denton Cooley implantaron el primer corazón artificial, previo al trasplante.

“Ya llevábamos mucho tiempo con el paciente en circulación extra-corpórea. Pusimos el corazón artificial a una velocidad tremenda. Era un paciente grave. Nosotros le habíamos hecho una operación previa y no lo podíamos desfibrilar. Ese caso era mortal. Si cerraba la circulación extra-corpórea en 3 o 4 minutos, no había más paciente. Pero estábamos seguros de que iba a funcionar”, contó Domingo Liotta, uno de los más renombrados médicos argentinos, reconocido por haber desarrollado e implantado el primer corazón artificial.

Hijo de padres inmigrantes, provenientes de Misterbianco, un pueblito de la provincia de Catania (Italia), Liotta nació en Diamante (Entre Ríos), una localidad de 20 mil habitantes ubicada a 350 kilómetros de Buenos Aires, en la orilla oriental del Paraná. La casa de infancia del doctor Liotta hoy funciona como un museo dedicado a su trayectoria y su legado. Se llama Jardín Agatina, bautizado con el nombre de su hermana mayor, que falleció de influenza a los seis años, durante una pandemia que mató a 30 millones de personas.

En 1958, un diario de la localidad de Córdoba publicó un artículo que decía: «Hay un par de hermanos locos que secuestran perros para torturarlos», «guarden a sus mascotas, tengan cuidado, porque estos médicos locos son diabólicos, se los llevan y experimentan sobre ellos». Domingo, justo a su hermana Rosario y su hermano Salvador, trabajaba en la clínica Argüello, donde hacían experimentaciones con perros callejeros, principalmente: Liotta hijo recuerda que algunas señoras de la sociedad protectora de animales soltaban a los perritos por la noche, cuando la clínica estaba vacía.

Desde que tiene 80 años, Liotta ya no opera, pero sus manos bailan al compás del discurso, como si estuvieran conduciendo una cirugía invisible. Su mirada parece estar más allá y, cada tanto, pide que se le repitan las preguntas. Durante la entrevista con Almagro Revista en la Universidad de Morón, el corazón del cirujano cardiovascular latió unas 300 veces, y alrededor de 247.032.000 durante sus 94 años de vida.

-¿Cómo fue que usted decidió convertirse en médico?
-La vocación interior es muy difícil de definir. Surge, a veces, por ejemplos de otras personas, pero es algo muy personal que surge del subconsciente. Ser médico, por supuesto, es una gran responsabilidad porque tiene que atender a otros seres humanos. En todos los tiempos ha jugado un papel importante de la historia, más aún ahora.

-¿Usted se considera una persona creyente?
-Sí, pero soy creyente también de la ciencia. Son dos cosas diferentes. Ser creyente es una cuestión de esperanza, de fe. No tiene nada que ver con la sabiduría que es la ciencia, el saber. El saber no es patrimonio de ser creyente, es una fe. La medicina milenaria que viene de la época de los egipcios, de los griegos, no tiene nada que ver con la medicina nuestra que está acoplada a la ciencia; y los progresos de la ciencia siguen el de la medicina.

-Estamos viviendo un momento político complejo en relación a la valoración de la ciencia en nuestro país, por ejemplo, el desfinanciamiento a la investigación científica. Usted, que fue presidente del Conicet y secretario de Salud, ¿qué opinión le merece este contexto particular?
-Yo he sido presidente del Conicet, y he visto muchos progresos en estos últimos años. En este momento, entiendo que hay protestas de parte de los investigadores por la falta de subsidios pero está dentro de este conflicto económico que existe en nuestro país. Si no reciben subsidios es muy difícil trabajar. También con eso sufre la ciencia. Veo cierta incertidumbre de los investigadores. Lo más importante es que ahora vienen las elecciones y hay que pensar bien a quién elegimos. Si la gente no sabe elegir después sufren las consecuencias de todo esto, yo creo que es una cuestión momentánea.

-¿Qué opina en relación al reemplazo del ministerio de Salud por una Secretaría?
-Claro, Salud tendría que ser un ministerio aunque yo fui secretario porque, ese momento, era secretaría de Salud, pero en el tercer gobierno del presidente Perón. Nosotros funcionamos muy bien como secretaría porque el presidente nos estaba muy encima. Tenemos dos leyes, una del sistema nacional integrado de salud y otro de la medicina sanitaria, en el orden de las funciones, y trabajamos muy bien. Lo que pasa es que eso que nos gustó tanto trabajar lo hicimos con grupos de facciones políticas, después vino el gobierno militar y lo derogó todo. Fue una pena muy grande porque, en todos los gobiernos democráticos que se han sucedido, han sido después un parchecito. Pero no tenemos un sistema de salud y salud pública que pida más recursos. Antes de estar poniendo dinero es más importante crear un sistema, como habíamos preparado.

«Este país se ha hecho con la universidad pública, toda la clase media de la República Argentina y la clase superior se hizo en la universidad pública, no en la universidad privada, fueron hijos de inmigrantes italianos, o españoles, o del medio oriente que llegaron al país y ambición más grande que tenían era mandar a sus hijos a la universidad»


-¿Qué recuerda de haber trabajado, de cerca, con el presidente Juan Domingo Perón?
-Lo recuerdo por su apego al trabajador y al pueblo argentino. Tenía un profundo respeto y verdadero amor por el obrero, y ese sentimiento era tan genuino como lo indica la historia. El General fue un hombre de una gran inteligencia y bondad. Juntos, trabajábamos todos los días. Él me adoptó como representante argentino en todos lados: me mandaba a norteamérica, Europa, Asia y África. Perón quería que conocieran a la Argentina desde un punto de vista científico y cultural, por eso me mandaba como parte de una misión diplomática.

-Usted asistió a la universidad pública de Córdoba y gracias a la formación que recibió allí, eventualmente, fue quien desarrolló el primer corazón artificial. ¿Cuál es la importancia de las universidades públicas?
-Este país se ha hecho con la universidad pública, toda la clase media de la República Argentina y la clase superior se hizo en la universidad pública, no en la universidad privada, fueron hijos de inmigrantes italianos, o españoles, o del medio oriente que llegaron al país y ambición más grande que tenían era mandar a sus hijos a la universidad. Tenían problemitas en Europa y en eso surgió una clase media realmente vigorosa en nuestro país, que son casi todos profesionales. La universidad pública es para todos. La Universidad de Morón es una universidad privada y ni sé a cuánto se ha ido cada cuota, está carísimo, es una lástima. Yo preferiría que todas las universidades fueran públicas y no universidades privadas, que son restrictivas, y que las designaciones de profesores lo haga el ministerio correspondiente. Yo creo que la universidad pública es una gran universidad en nuestro país, que se diferencia notablemente de lo que pasa en los Estados Unidos, que son todas universidades privadas, carísimas.

-En abril se cumplieron 50 años del primer corazón artificial total implantado con éxito en una paciente en trance de morir. ¿Qué recuerda de ese momento?
-En 1959 empezamos con la investigación científica, y en el 1969 lo implantamos con el doctor Denton Cooley en Houston. Lo único que recuerdo es que tomamos una gran responsabilidad. Uno en ese momento está concentrado con el paciente tratando resolver el problema. Yo había trabajado más en la parte experimental y veíamos la evolución en los animalitos, en terneros. Nuestra inseguridad era que ya llevábamos mucho tiempo con el paciente, con una operación previa, en circulación extra-corpórea. Pusimos el corazón artificial y después ese paciente se despertó enseguida. Que se despierte quiere decir que tiene una circulación cerebral casi buena, normal, de lo contrario, no recupera el conocimiento. Al otro día lo extubamos por la mañana.

El primer corazón artificial estuvo activo en el paciente durante cinco días hasta que fue operado nuevamente para reemplazarlo por uno real. Se trató del corazón de una mujer donante, de nombre Evan, proveniente de Massachusetts. El invento de Liotta se exhibió en el 2006 en la muestra “Tesoros de la Historia Americana” del Instituto Smithsonian de Washington, junto con la lámpara de Thomas Edison, el sombrero de Abraham Lincoln, el teléfono de Alexander Graham Bell y la primera computadora de la historia. Hoy, el primer corazón artificial descansa al lado del robot R2D2, de Star Wars.

-Estas cirugías son muy importantes y de ellas dependen la vida de los pacientes, ¿qué tipo de vínculo se genera después de que son operados?
-Existe un vínculo muy íntimo, sobre todo en ese paciente que le habían puesto un corazón artificial. A las 70 y pico de horas se le sacó ese corazón y se puso el del donante. En ese segundo lo tenés en la mesa de operaciones y es imposible conseguir un donante. Recién se consiguió uno después de 3 o 4 días. Era una señora que vino de Massachussets, se llamaba Evan, y ahí la trasplantamos. Pero el vínculo es siempre íntimo, no solamente los cirujanos, el paciente se integra a todo un equipo porque todos lo visitan: el anestesiólogo, los enfermeros, los técnicos. Como todo paciente operado del corazón, está en una situación psíquica muy importante. Él se siente ligado completamente a todo lo que está pasando alrededor.

-Cuando vivió en el exterior usted menciona que llevó consigo la identidad argentina, ¿por qué sintió que tenía que regresar?
-Yo creo que hay que volver a la tierra donde uno ha nacido. Esto tiene una significación espiritualmente muy alta. Nosotros estábamos muy bien en Houston, era profesor asociado de la universidad, en Texas y, pocos meses antes de volver, yo había rechazado una invitación del director del policlínico que me llamó de Roma para ir a Italia y hacerme cargo del sistema de cirugía cardiovascular que se estrenaba con nosotros. Entonces, afortunadamente, la que no quiso ir a Italia fue mi señora. “Si nos movemos de Houston, el único lugar al que nos vamos es la Argentina”, me dijo. Por fortuna vinimos acá. Fue un momento muy especial, imagínese, me hice cargo del servicio de cirugía cardiovascular de dos grandes hospitales: el Hospital Italiano y del Hospital Durand. Y bueno, eso no es común. Ahora que lo miro en retrospectiva, volver al país fue una experiencia extraordinariamente mejor que estar en Houston. Volví a mi país, y estos últimos 22 años estuve con la Universidad de Morón. En este momento soy el vicerrector emérito, no muchos aceptan personas mayores a cargo. Uno, por más de que esté bien en el extranjero, no deja de ser un extranjero.

«Las tareas repetitivas que se pueden automatizar y que puedan facilitarse mediante una gran base de datos y una inteligencia artificial va a permitir explorar nuevas técnicas, pero el toque final siempre tiene que ser del cirujano, a menos que el hombre esté en la Antártida o en Marte. Es como la tele en robótica. El que está manejando la operación es un cirujano, no es un androide»


-¿Cómo ve usted, dentro de lo que son los avances en la medicina cardiovascular, a las nuevas tecnologías?
-Depende mucho de dónde se desarrolla la cirugía cardiovascular. No es como otro tipo de cirugía, que uno va a un pueblito y hace la cirugía. La cirugía cardiovascular necesita un gran centro. Y no solamente de estudio y de progreso, sino también de asociados. Para tener un servicio de cirugía cardiovascular se necesita un servicio de cardiología de primera. El servicio de clínica médica de primera. Todo tiene que ser de primera magnitud. Yo acá, como lo veo en la Argentina, hoy el Hospital Italiano está muy bien, tiene un centro cardiovascular extraordinario y de gran futuro en el progreso. Con ellos estamos haciendo estos trabajos en animalitos. Cuando yo estaba de jefe de cirugía en el Italiano también funcionaba Favaloro en la fundación. Después el Dr. Favaloro desapareció y quedó más o menos en el Italiano. Ese hospital lo que tiene de virtuoso es que toma especialistas de todo el mundo.

-¿Usted cree que el ser humano puede ser reemplazado por la inteligencia artificial para la cirugía cardíaca?
-La inteligencia artificial no puede reemplazar a un cirujano de alta formación, en el estado actual del conocimiento en Machine Learning sí puede asistirlo. Por ejemplo, uno podría entrenar un sistema de inteligencia artificial a mirar 50 mil estudios de ecocardiografía. Eso lo va a hacer siempre más rápido la máquina que la persona por el procesador. El humano no procesa en su cabeza pero eso ayuda a que no tiene que haber un cardiólogo mirando a la pantalla y se puede dedicar a hacer un nuevo procedimiento. Las tareas repetitivas que se pueden automatizar y que puedan facilitarse mediante una gran base de datos y una inteligencia artificial va a permitir explorar nuevas técnicas, pero el toque final siempre tiene que ser del cirujano, a menos que el hombre esté en la Antártida o en Marte. Es como la tele en robótica. El que está manejando la operación es un cirujano, no es un androide.

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