«El dólar a $40 es por la fuga de divisas, no por los planes sociales»

Texto: Franco Spinetta / Fotos: Maxi Amena

 

Un relevamiento realizado por la consultora Ejes de Comunicación reveló que los economistas con más presencia en los medios de comunicación están identificados con las ideas liberales y ortodoxas de la profesión. Ocho de los diez primeros están enrolados en ese ideario, y el puesto número uno, por lejos, es de Javier Milei, un personaje carismático y violento, que ha llegado a proponer la eliminación del peso como moneda y del Banco Central de la República Argentina.

Haroldo Montagu, un joven economista y docente universitario, especialista en macroeconomía y desarrollo, investigador de la Fundación Bariloche (Conicet), con ocho años de gestión (entre 2007 y 2016) en el ministerio de Economía -donde fue director de política macroeconómica y estrategias para el desarrollo-, menciona y resalta este estudio de Ejes como una clara muestra de la puja cultural que se da en el seno de una disciplina tan relevante para la vida cotidiana de los argentinos. “Es parte de una autocrítica que nos tenemos que hacer en la heterodoxia, de por qué no logramos penetrar con nuestro mensaje en gran parte de la sociedad”, reflexiona.

Haroldo va más allá y asocia esta especie de pesimismo crónico (la inviabilidad de nuestra economía) con la difusión cotidiana, la insistencia mediática y política, de supuestos que no se condicen con la potencialidad de la Argentina en materia económica. Y en la excepcionalidad de un país que parece estar siempre al borde del colapso, disecciona las principales trabas al desarrollo y la necesidad de recuperar el rol del Estado como árbitro entre intereses que tiran, cada uno, para su lado.

-¿Por qué persiste esa sensación de que la Argentina es inviable?
-No es inviable, para nada. La sensación existe por una historia de fracasos, por no poder alcanzar un punto en el que exista una distribución del ingreso que conforme a todas las clases y que eso, a su vez, acompañe un cambio en la matriz productiva. Cualquier estudio reciente, te indica que en realidad no son dos cosas separadas: una estructura económica productiva, diversificada (vinculada a la agregación de valor, en industria y servicios), deviene en una mejora de la situación social. Una sin la otra, es insuficiente, son falsas alternativas. A lo largo de la historia, esa fue una tensión constante. No es algo único de la Argentina, en otros países también pasó esto, pero se resolvió de diversas maneras. Y en otros lugares, no se resolvió. Acá hubo muchos intentos que terminaron en fracasos de la política.

-Cuando mencionás que en otros países se resolvió esa tensión, imagino, por ejemplo, la guerra de secesión en Estados Unidos, el norte industrial venciendo al sur agropecuario y esclavista. Algo similar sucedió acá en las guerras entre el interior y Buenos Aires, pero la resolución no fue tan clara, ¿tenés una mirada histórica en ese sentido?
-Es indispensable. No se puede separar la economía, como si fuese algo que va por el costado de la historia y la política. La economía está determinada por la política. Si no, vamos a llegar otra vez a un diagnóstico de escritorio, de alguien que escribe una teoría sin tener en cuenta la historia. En la Argentina tenés un montón de planes de escritorio, políticas concretas, que no llegan a buen puerto por no tomar estos condicionantes. También hay muchas políticas diseñadas por los centros de poder, sin caer en una teoría conspirativa. Simplemente son planes que representan a un sector de la población.

-Que no están en armonía con el resto de los intereses.
-Exactamente. No es un juzgamiento de buenos o malos. Hay intereses.

 

-Volviendo a esta sensación de inviabilidad, ¿qué tan extraño es el caso argentino?
-Está siempre flotando una connotación negativa impuesta. Realmente creo que no es así. Pero no es una cuestión de creencia. Vamos a los datos objetivos. Argentina es hoy la economía entre 20 y 25 del mundo, en términos de PBI, lo mismo en PBI per cápita. En términos del índice de desarrollo humano, que rankea diversas variables como la educación y la salud, está 45 entre 200 países. Hay una connotación impuesta en eso de que somos los peores o que hacemos todo mal, el costo argentino… en esta coyuntura lo veo muy presente en los medios y también en parte de la política. Eso de que somos derrochones, de que consumimos más de lo que producimos, no sabemos cuidar los recursos. Todo eso es falso. Y doy un ejemplo, en relación a la deuda: todos los países del mundo están endeudados, todos tienen déficit fiscal, es decir, gastan más de lo que recaudan por vía impositiva. Puede haber años con superávit, pero la norma es esa: el 80% de los países tiene déficit fiscal.

-¿Por qué acá se quiere hacer pasar como algo anormal?
-Yo creo que el palo en la rueda del desarrollo es el sector externo, la deuda argentina. Hay déficits que son sustentables a largo plazo y otros que no. Argentina chocó muchas veces con déficits insustentables. La respuesta no es bajar el gasto o achicar el Estado, disminuir la inversión pública, ajustarse. La respuesta viene por el lado del crecimiento, incorporar más tecnología a la producción, el valor agregado. La sostenibilidad de la las finanzas o la deuda no pasa por el lado de gastar menos. Esa es una visión muy dura, ortodoxa de la economía. La evidencia misma comprueba que la forma de reducir el déficit no es achicando el gasto, sino haciendo crecer la producción.

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-Esta descripción explica, en parte, el péndulo que vivimos en materia de política económica, ¿no es esto una traba también para el desarrollo?
-Sin duda. Hay algo del discurso ortodoxo que ha tenido penetración en amplios sectores de la población, con consignas que no son, en todo momento y en todo lugar, ciertas. Que la emisión genera inflación, que achicando el gasto se va a generar estabilidad y crecimiento a largo plazo sostenible. Eso ha tenido mucho consenso. Y cuesta, desde una visión más heterodoxa, modificarla. Y es una deuda de la heterodoxia, que por algún motivo no ha podido penetrar en la población de esa manera. A su vez, ese péndulo se frena solamente arbitrando intereses. ¿Quién es el único actor que puede hacer eso? El Estado. Eso no significa una intervención a la soviética. No. Es saber que los empresarios no tienen margen de ganancia, no van a invertir. Si los trabajadores pierden poder adquisitivo, no van a consumir. El que diga que ese arbitraje lo puede hacer el sector privado, se equivoca. Esto no quiere decir que cada vez que el Estado arbitra, las cosas terminan bien.

-Si uno ve el cuadro general previo a la dictadura de 1976, es decir antes de la instauración de políticas neoliberales, los índices de desocupación y de pobreza que tenía el país en ese momento eran mucho menores, ¿no hay un retroceso desde entonces?
-En términos comparativos, sí. Pero hasta ahí. A partir de los años 70, hay una caída o estancamiento del salario real, pero a nivel mundial. Esto fue en consonancia a la instauración de políticas neoliberales. E implica que todo el crecimiento del producto fue a parar al -por poner un término marxista- capitalista y no al sector trabajo. Argentina no escapa a esa tendencia. Lo que sí pasó acá, es que tras cada crisis, como el Rodrigazo, la hiperinflación, en los 90, se fija un escalón más bajo en las condiciones socioeconómicas de la población. Los 12 años del kirchnerismo intentaron torcer esa tendencia, con resultados variados, desde ya. Sin embargo, al día de hoy, si vos ves el flujo migratorio de la región, a la Argentina llegan más personas de las que se van. El único motivo por el que ocurre eso, es porque el mercado laboral del país alcanza para ofrecer trabajo al inmigrante. Ese flujo no se ve hacia otros países. Es decir, en la región, el piso es más bajo que el de la Argentina. Las mejoras de las últimas décadas en los países de la región son innegables, pero el piso es más bajo. Nuestro país tiene un PBI más grande y no sólo vinculado a recursos naturales, como es el caso de Chile o Bolivia y Perú: Argentina tiene diversidad en los sectores productivos.

«Los flujos anuales de dólares que salen del sistema financiero son un condicionante que, cualquier gobierno, lo tiene que tener en cuenta. Si uno desregula y piensa que se va a revertir, por más blanqueo, repatriación, tengas el color que tengas, te equivocás. Es un problema tan estructural que atraviesa a todos los sectores, pequeños ahorristas y grandes empresarios»

-¿No hay también una limitación por cómo está distribuida, por ejemplo, la propiedad de la tierra?
-Bueno, veamos a Brasil que tiene una distribución muchísimo peor que la nuestra. Tenés ejemplos, como el de Corea del Sur, que es “el” ejemplo de desarrollo económico, que cuando empezó su proceso de crecimiento, incorporando tecnología, partió de la base de producir algas… tenía una producción primaria híper básica e hizo una reforma agraria. Eso, muchas veces no se menciona cuando se habla del milagro coreano. La distribución inequitativa de la riqueza en la Argentina está reflejada en la distribución de la propiedad de la tierra, también de la renta. Otro ejemplo: en Japón, hay un impuesto muy alto a la herencia. Está calculado que en dos generaciones, la herencia familiar se evapora porque hay un impuesto que, en algún momento, fue del 80%. Estamos hablando de Japón, no de la Unión Soviética. Los países escandinavos, más allá de la presión tributaria que es muy elevada, tienen una concepción de la política económica y social que, cuando uno nace, no hay una diferencia respecto al que nació al lado: todos tienen acceso a los mismos servicios y a la misma calidad, independientemente de su estatus económico.

-Entonces, ¿sos optimista con el futuro argentino?
-Jaja. A ver, soy optimista en la medida que los economistas heterodoxos podamos tener los mismos espacios que los economistas liberales. Y soy optimista en que la decisión está en nuestras manos, que el presente puede cambiar, más allá de que sea necesario hacer un control de daños.

-Participaste del gobierno anterior, ¿qué balance hacés de la política económica del kirchnerismo?
-Se fracasó en el intento de hacer un cambio estructural en la economía, vinculado a desmaterializar la producción de la actividad primaria. Sin duda que la agroindustria es fundamental, es tonto pensar que no debería existir, pero eso no tiene que opacar a las demás. Ahí hubo un fallo.

-Imagino que debe ser bastante complejo hacer eso, ¿no?
-Complejísimo. Son procesos muy largos en el tiempo. Creo que se intentó, pero también están los intereses en el medio, de adentro y de afuera. Son muchos años de batalla.

-¿Un mal ejemplo fue Tierra del Fuego?
-Sí, exactamente. En este proceso, es necesario replantearse el concepto de industria. ¿Qué es hoy la industria? Ya no es más esa fábrica en la que por un lado entran los insumos y por el otro sale el producto final. Hoy está atravesada por las cadenas globales de valor, son dinámicas globales contra las que hay que enfrentarse. Si la Argentina quiere ser líder en la producción de autos, tiene que competir contra una dinámica industrial desparramada por varios lados… literalmente es imposible. Se intentó mucho entrar por ahí, pero es necesario repensar el concepto de industrialización.

-Que además implica un cambio de política educativa y de formación laboral…
-Indudablemente va a haber un proceso de reconversión laboral, vinculado a la automatización del trabajo. Eso ocurrió siempre en la historia del mundo, desde la Revolución Industrial se destruye trabajo. Pero así como se destruye, la incorporación de la tecnología genera un incremento de la productividad. Eso hace que crezca el tamaño de la torta. Entonces, por ahí uno puede compensar esa pérdida de puestos laborales, que ya no es un pronóstico: está ocurriendo. Todos los organismos internacionales lo están relevando. Se evalúa incluso la posibilidad de cobrar impuestos por robot. La cuestión tiene un impacto distributivo fenomenal, pero no podemos negarnos a eso, rechazarlo, porque después eso te pasa por encima y es peor. Hay que ver cómo esas ganancias de productividad que da la mecanización y automatización, inciden en un crecimiento de la economía y discutir cómo distribuir para morigerar el impacto de la pérdida de puestos de trabajo. Los procesos de reconversión laboral son de largo aliento.

-Te propongo un ejercicio contrafáctico. El gobierno anterior ordenaba la cuestión financiera internacional y salía a tomar deuda. ¿Qué hubiera pasado?
-Yo soy de la idea de que todos los problemas de la Argentina están relacionados con el sector externo. El endeudamiento ha sido un palo en la rueda para el desarrollo económico. Siempre se dice que la deuda no es buena ni mala, depende para qué se use. Bueno, en la Argentina siempre fue mala.

-¿No será porque siempre se acude a la deuda cuando estás tocando fondo, en vez de ir a buscar plata cuando estás en la cresta de la ola?
-Bueno, eso lo decía Aldo Ferrer, negociar cuando estás de rodillas, no es una negociación. A ver, la deuda es parte de una dinámica mundial. Todos los países viven endeudados. Más allá de la posibilidad que haya tenido el gobierno anterior de ir a buscar deuda, de poner el cepo o no, hay algo estructural en la economía argentina, que es la fuga de divisas. Ha tenido diversos nombres a lo largo de la historia: bicicleta financiera, tablita, seguros de cambio, etcétera.

-¿Quiénes son los que fugan?
-Creo que nadie está exento.

-El que compra 100 dólares y el compra un millón.
-Si los ponés abajo del colchón, es fuga. Ahora, ¿yo te voy a criticar por eso? Y no, la verdad que no. Porque vos tenés que resguardar tu ahorro. El comportamiento en manada, genera un impacto. Nunca podría decirle a nadie que no resguarde su ahorro.

-¿Y por qué pasa eso?
-Es parte de la sucesivas crisis que tuvimos. Argentina tuvo una clase media que estuvo bien, y hay una memoria colectiva de eso.

-¿Es la fuga el principal problema estructural?
-Sí. Y la solución no es el cepo, sino una regulación que puede apretar más o menos, dependiendo de la coyuntura económica. Los flujos anuales de dólares que salen del sistema financiero son un condicionante que, cualquier gobierno, lo tiene que tener en cuenta. Si uno desregula y piensa que se va a revertir, por más blanqueo, repatriación, tengas el color que tengas, te equivocás. Es un problema tan estructural que atraviesa a todos los sectores, pequeños ahorristas y grandes empresarios. Y la economía no se resiente más porque es bastante fuerte y tiene un colchón sobre el que amortigua.

-¿El empresario no tiene un poco más de responsabilidad?
-No lo hacen de malos. No es el malo de la película, fuga porque es un comportamiento. Si tenés una legislación permisiva, ¿por qué no lo vas a hacer, dado el historial de crisis del país? Estaría mal si no lo hiciera.

-Hay un mensaje recurrente, incluso en el gobierno, de que ese flujo hacia afuera se mueve por cierto temor al peronismo.
-Todo el gasto que se haga en planes sociales, no tiene comparación con el nivel de fuga. El dólar está alto porque hay fuga, no por los planes sociales. El dólar está alto porque existe una legislación que permite llevarse la plata afuera. Hay inflación porque hay problemas estructurales, vinculadas también a que el dólar está caro, no por los planes sociales. Cualquier persona que venga con ese argumento, le pido que pare y piense en lo que se fuga todo el tiempo: el dólar a $40 es por la fuga de divisas, no por los planes sociales.

-¿El planteo de que los dólares no llegan si no se pueden ir es errado?
-Parcialmente. Si tenés un condicionante para enviar a la casa matriz las utilidades, las empresas lo consideran, pero no es un factor determinante. Los capitales se mueven hacia los países, a mi modo de entender, en la medida en que puedan mostrar una economía fuerte, con crecimiento para la demanda de los productos.

-Pero eso no es lo que hace Cambiemos.
-No, bueno, ellos creían que con la desregulación, por sí sola, iban a atraer inversiones. Detrás está la idea del “primero invierto, después crezco, entonces no tengo que consumir porque tengo que invertir”. Y en la realidad hay muy pocos casos en la historia mundial en los que la inversión crece, pero el consumo no. Las dos van de la mano. No es que hay que consumir menos, para invertir más. Inversión sin consumo, terminás siendo un país que exporta toda la producción, no sé si son casos interesantes de copiar…

-Te sobra gente.
-¡Claro! Había una apuesta del gobierno: desreguló el mercado de divisas, los exportadores pueden liquidar sin pasar por el Banco Central… eso por sí solo, y no digo que no sirva, no alcanza para generar las inversiones. Si tenés una economía en crecimiento, y además liberás ciertos controles, y sí, vas a tener inversiones. Eso, a su vez, va a tener un impacto en la economía.

«El palo en la rueda del desarrollo es el sector externo, la deuda argentina. Hay déficits que son sustentables a largo plazo y otros que no. Argentina chocó muchas veces con déficits insustentables. La respuesta no es bajar el gasto o achicar el Estado, disminuir la inversión pública, ajustarse. La respuesta viene por el lado del crecimiento, incorporar más tecnología a la producción, el valor agregado. La sostenibilidad de la las finanzas o la deuda no pasa por el lado de gastar menos. Esa es una visión muy dura, ortodoxa de la economía. La evidencia misma comprueba que la forma de reducir el déficit no es achicando el gasto, sino haciendo crecer la producción»

-¿No creés que el kirchnerismo debería haber liberalizado un poco la economía?
-Hubo un intento de liberalización, mediante la compra de divisas, previo a una prueba fiscal. Había mesas de discusión con las empresas para discutir cuánto podían repatriar de utilidades, cuántos dólares necesitaban para importar maquinaria y bienes de capital. El tema es que el mercado ya castigaba a la Argentina, entonces salir a endeudarse era muy caro y también venías de un momento de mucha acumulación de reservas por el alto precio de las commodities… Argentina venía muy castigada por el default del 2001, el mercado nunca recuperó la confianza, a pesar de las tasas de crecimiento, la seguían castigando, aparecieron los juicios de los fondos buitre. Se le complicaba tomar deuda en el exterior. Ese siete por ciento, los holdouts, estaban atentos a cualquier emisión de deuda.

-A los holdouts se les terminó pagando…
-En el gobierno de Macri. El miedo de pagarle estaba en que todos los que habían aceptado el canje, tenían la posibilidad de hacerte un juicio. Los cálculos que hacíamos, nos daban que nos podía costar un PBI…

-Así y todo, Cambiemos le pagó a los holdouts y tomó más de 100 mil millones de dólares deuda, llevándola del 40 al 80% del PBI.
-No son valores tan locos, pero la deuda se tomó para financiar la fuga. Si tomás deuda para financiar gastos en pesos, es un problema. Estás confiando en que esos dólares van a generar más dólares. La cuestión, en el fondo, es cómo arbitrás intereses, y acá lo digo como si fuera algo fácil, gobernar es eso y es lo más difícil.

-Todos se sienten perjudicados.
-Exactamente. Muchas de las cosas que plantearon los empresarios, al comienzo del gobierno de Macri, los terminaron perjudicando. Creo que no lo hicieron de mala fe, pero ahora se están dando cuenta. Acá tenemos industrias pobres con industriales ricos y empresas con rentabilidades buenísimas, pero de baja inserción en la cadena. Hay empresarios que exportan, y tienen buena rentabilidad, pero no alcanza para insertarnos de manera inteligente en el mundo. Y bueno, eso es arbitrar intereses. En Corea lo hicieron metiendo en cana a los empresarios… son casos extremos, que nunca ayudan. Pero fue así. ¿Cómo hacés que ese péndulo se deje de mover? Es lo más difícil de todo.

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