Daniel Orsanic: “El tenis me enseñó a lidiar con el error”

Por Alejandro Duchini / Fotos: prensa Planeta

 

 

Suele ocurrir que cuando un equipo deportivo es campeón, quienes sobresalen son los jugadores. Sobre todo, en uno con tendencia individualista y hasta elitista como el tenis. Pero el 27 de noviembre de 2016, al momento en que Juan Martín del Potro, Federico Delbonis (ganó el último punto de la final ante el croata Ivo Karlovic por 6-3, 6-4 y 6-2), Guido Pella y Leo Mayer levantaron la Copa Davis por primera vez para Argentina, se destacó nuestro quinto Beatle: Daniel Orsanic, el capitán.

Orsanic es un ex tenista, hijo de un profesor de tenis y de una profesora de gimnasia a los que admira y de quienes, dice, aprendió los valores que ahora aplica en la conducción de grupos. Futbolero de chico, a los 17 se inclinó por la raqueta. Fue profesional desde 1989 hasta 2002, cuando se retiró tras una carrera silenciosa y se dedicó a entrenar jugadores. José Acassuso, Lucas Arnold y Mariano Hood, entre ellos. Desde 2015 es el capitán del equipo de Copa Davis, uno de los torneos más anhelados (y esquivos) del deporte argentino.

Un año después de aquel logro en Croacia -la tierra de su papá, Branco- tiene asegurado un lugar importante en la historia deportiva del país. Es que la Davis no era sólo un capricho. Era/es el título que caló en el sentimiento popular, el Vietnam deportivo de los egos: Vilas-Clerc, del Potro-Nalbandian. Pero ya está: Orsanic dirigió en silencio y escuchando a un grupo de estrellas que, con bajo perfil, renovó nuestro tenis.

-En el libro “Así ganamos la Davis”, editorial Planeta, destacás la importancia de la palabra. ¿Qué es la palabra?
-La palabra es una de las vías que usás para transmitir lo que querés. O lo que deseás. Pero más que en la palabra creo en los hechos, en las acciones. Obviamente hay que decir y hablar, pero creo más en el hacer. Si lo que digo no lo respaldo con la acción, la palabra se desvanece. En cambio, los hechos no. Los hechos demuestran si lo que dijiste se condice con la realidad. Soy consciente de que por mi función hay que contar o explicar lo que uno quiere. Y escuchar, escuchar la palabra de otro. Eso es lo que buscamos: que la comunicación sea la mejor posible, lo más abierta posible. Que más allá de que estemos de acuerdo o no con un jugador podamos hablarnos a la cara. A eso le doy mucha importancia.

Dice Orsanic desde el silencio del bar del CENARD. Habla pausado y bajo. Piensa cada respuesta antes de contestar. Se toma su moderado tiempo y a medida que hilvana frases parece calcular cada palabra que soltará. Se lo nota tranquilo. Una tranquilidad zen, parece. Hace que uno también se relaje. Y que escuche.

-Es más difícil saber escuchar que saber hablar. Me parece que hablar es fácil, pero a veces queremos tapar algo con la palabra. Queremos tapar cierta inseguridad, cierto vacío. Le tememos a determinado silencio o pausa: “si al otro no le digo nada va a pensar que no sé qué decirle, que tengo miedo”. Como entrenador de tenis creo que se puede hacer un mejor trabajo si se consigue sacarle al jugador lo que piensa, lo que quiere; y si sabés escucharlo, si sabés preguntarle. Lo que le quieras decir al jugador está bueno, pero me parece más importante lo otro. El jugador muchas veces sabe qué le vas a decir. Y se guarda mucha información. Ganarse su confianza es lo que ayuda a hacer un mejor trabajo. Hay que escuchar. Fuera del tenis es lo mismo: escuchar al otro, generar empatía, contención, es fundamental. Hay gente que piensa que siempre que dice algo tiene que dar una solución, una palabra justa. ¡Y hay cosas que no tienen solución! Hay situaciones en las que la mejor opción es estar ahí, acompañar, sin decir nada. Muchas veces si decís algo la embarrás. También me pasa seguido que me preguntan algo y mientras respondo me hablan. Hago silencio, vuelvo a hablar y me hablan otra vez encima de lo que digo. En esos casos me pregunto si quieren que les conteste. Si están interesados en que les responda a lo que me preguntan. No es que estoy imponiendo algo, estoy respondiendo. Eso pasa mucho. Genera irritación, una tensión. Si vos me contás algo y yo encima tuyo te empiezo a contar lo que me pasa a mí… eso no es escuchar. En una convención alguien me preguntó si me preparé para liderar. Empecé a contestarle y por encima me hablaba de lo que él hizo. Yo pensaba: “¿para qué me pregunta, si en realidad tiene más ganas de contarme lo suyo que de escucharme a mí?”. Que tus hijos y tus amigos sientan que les ponés la oreja y los escuchás y te interesás por ellos es más importante que ir con una fórmula mágica. Que el otro sienta que te tiene a disposición, a full, es un arma espectacular.

-En el ámbito deportivo parece que hay que hablar y hablar. ¿Garpa más la verborragia que el silencio?
-El que habla demasiado, el que lo hace de manera autoritaria o el que no escucha al otro, para mi esconde una inseguridad. Inseguridad que se refleja en esa necesidad de demostrar que sabe. Hay momentos para todo. Momentos para hablar de lo que se sabe, otros para escuchar y otros para intercambiar opiniones. Cuando veo a alguien que habla de todo, qué opina de todo, no sólo me cansa o me aburre. También me hace sentir que esconde cierta inseguridad. Me gusta la persona medida, aquella a la que si le pregunto me responde, que se ubica en el tiempo, en el momento. Si yo veo que alguien sale de un partido enojado, pateando todo, no le puedo pedir que esté tranquilo. Porque le estaría pifiando al momento. Si yo sé que esa persona no está tranquila, decirle que se calme en medio de su enojo es pifiar el momento. Quizás a un jugador conviene hablarle un rato después del partido y a otro apenas salió del partido. Si le pifiás a eso, no le va a interesar lo que le digas. Lo va a tomar a mal. Y uno no logrará el resultado que pretende. Hay que respetar los silencios. Hay jugadores que necesitan que se les hable menos, por ejemplo. Ahí está la habilidad del entrenador: en saber qué necesita cada jugador.

“Ganar la Davis fue un premio a lo que veníamos haciendo. Tuvimos victorias, más allá de lo deportivo. Como el reconocimiento a nuestro comportamiento, en Londres, donde nos compararon con Australia y Estados Unidos. Nos reconocieron por la amabilidad y educación con que nos comportamos. Eso es un logro enorme”

-¿Cómo te formaste en estas ideas?
-La educación de casa fue clave, por el tema de los valores y de respetar al otro. Mis padres siempre nos inculcaron eso a mí y a mis hermanos. También está el hecho de cómo miraba los deportes: le prestaba atención además de al juego en sí a la reacción del deportista. Desde chico me gustaba eso. He leído bastante sobre esa temática, y libros de autoayuda, de inteligencia emocional. Libros que me han dado muchas pautas que después he comparado y vivido tras tantos viajes y tiempo solo. Además, aprendí de conocer gente que es muy buena en algo y muy limitada en otro aspecto. A veces me pregunto cómo alguien puede ser tan genio en algo y tan limitado en otra cosa. Y conocí gente a la que no se puede respetar en ningún sentido. Conocés de todo, viajando.

-¿Por qué el tenis?
-Como preparación, siempre me tomé al tenis como un camino para desarrollarme. No sé si porque nunca creí que sería un número 1, pero siempre me tomé al tenis como una vía de desarrollo, un camino para crecer como persona. Más allá de que ganara, aunque perdí más de lo que gané, creo que pude crecer como persona gracias a la vida que llevé con el tenis. También trabajé con psicólogos, con entendidos en programación neurolingüística, e hice yoga. Y hay costumbres que te quedan, maneras de comportarte, de tratar a la gente, que se hacen hábito. Creo que en mi función es algo importante.

-¿Vivimos en una cultura en la que sólo importa ganar?
-No lo creo. Hay un montón de gente que piensa como yo. En Argentina hay gente con sentido común, que valora el esfuerzo, que le gusta llevarse bien con los otros, gente que es respetuosa. Esa frase “¡viste cómo somos en Argentina!” a mí no me va. Es una generalización con la que no estoy de acuerdo. Hay mucha gente con sentido común que está de acuerdo con lo que hacemos, gente que más allá de ganar o perder lo que resalta es lo que ve: el trato. Acepto el exitismo. Entiendo que por haber ganado la Davis hoy me escuchan más. Lo tengo clarísimo. Pero en ningún momento pensé en ganar para transmitir, sino al revés. Transmitamos, contemos, tratemos a la gente, a los entrenadores, con respeto; respetémonos entre todos… Esa era la idea. Y si ganamos, mejor. Pero si perdemos, al menos generemos un buen ambiente, que es lo que queda. ¿Y qué pasó? Al generar un buen ambiente, estos animales que entraron a la cancha ganaron partidos increíbles. Es mérito de ellos. Pero en el ámbito que generamos se sintieron cómodos. Y si no ganábamos la final, para mí era igual en cuanto al trato con el jugador: admiración, respeto y estar a su servicio. No pasa sólo por ganar. Pasa por potenciar al equipo, poner contento a tu equipo. El entrenador que te diga que te garantiza un resultado, ya la pifió. Que garantice que va a trabajar, es una cosa. El resultado no lo controla nadie.

-¿Cómo se maneja a un grupo de figuras internacionales?
-Si te sentás a hablar con estrellas, posiblemente sea más complicado. Si les hablás a las personas, a estos pibes, con respeto, son todos iguales. Son gente muy simple, referentes que se sintieron cómodos hablando cara a cara, diciéndose las cosas. No están todos de acuerdo desde el minuto uno. Pero hay que hablar cara a cara, mostrar una manera de actuar. No tengo una, pero ni una pregunta que no pueda contestar. Porque no tengo nada que ocultar. Eso es porque hablé cara a cara con cada jugador y su entorno.

-Antes referías a lo que aprendiste en tu casa. ¿Qué recordás de tu crecimiento en familia?
-Más allá de los valores, con mis hermanos crecimos viendo los sacrificios que mis viejos hicieron por nosotros. Destaco la libertad de decisión que siempre me dieron. Mis padres son las dos personas más buenas que conozco. Priorizaron una manera de pensar, valores, por sobre intereses personales. Resalto su fidelidad a su manera de ser y pensar. Eso lo vi. Por ser fieles a eso dejaron muchas veces de tomar trabajos más remunerativos. Mi padre fue profesor de tenis durante más de cuarenta años en club Arquitectura, donde una cancha tiene su nombre, un homenaje en vida. Mi madre, profesora de educación física con más con treinta años en el colegio Misericordia, es una persona muy querida. Eso se lo ganaron por ser ellos mismos, por ser simples. Lo único que tengo son palabras de agradecimiento. Para mí son las personas más buenas. Personas que no sólo tengo la suerte de tenerlos vivos a mis 49 años, sino que siempre sentí que estuvieron ahí, pero que tampoco molestaron: me dieron libertad pero estuvieron al pie del cañón ante cualquier necesidad. Un equilibrio fundamental. Te puedo hablar de simpleza, de nobleza.

-Solés hacer hincapié en la libertad…
-Vivimos en un país en el que probablemente no le demos el valor que realmente tiene la libertad, porque es algo normal para nosotros. Sin embargo, hay un montón de partes del planeta en las que darían cualquier cosa por vivir como vivimos nosotros. Está la libertad de acción, la libertad de pensamiento. Sentí que desde chico me acompañaban, pero respetaban mis deseos y decisiones. Por ejemplo, dedicarme un par de años al tenis y ver qué pasaba. O dejarme irme a vivir solo cuando quise. Pero siempre mostrando incondicionalidad: “estamos para lo que necesites”. Esa libertad de pensamiento, de no sentir que mis padres estaban todo el tiempo preguntándome o invadiéndome… Los padres, casi en su totalidad, quieren lo mejor para sus hijos. Sólo que a veces le pifian en las formas. Mis padres nos transmitieron valores y a partir de ahí, como que nos dijeron “manejate”. Nos dieron libertad de acción para manejarnos después en la vida. Nos dieron las herramientas.

-¿Qué es más difícil, ser hijo o ser padre?
-Ser padre. Cuando sos hijo, todo lo que te viene parece normal. De acuerdo a cómo te educan, y los límites que te pongan, uno dice “esto no puedo”, “aquello tampoco” y “esto sí”. Pero cuando sos papá, cuando creciste, decís “¡qué bueno no haber podido esto y aquello!”. Tanto a nivel material como en los hechos. Esos límites, entre lo que está bien y lo que está mal, qué se puede y qué no, aceptar que no se pueden hacer determinadas cosas más allá del deseo que se tenga de pibe… Cuando uno es chico hay cosas que duelen un montón, y hasta te querés matar. Pero cuando crecés te das cuenta de lo bueno que fue que no te permitan hacer todo lo que quisiste. Si vos a tu hijo, con ánimo de que esté bien, le das todo, y… me parece que después vienen carencias del otro lado. Hay que ser cuidadoso. Como padre es difícil. Nunca sabés hasta qué punto estás ayudando y hasta dónde malcriando.

“Esa frase ‘¡viste cómo somos en Argentina!’ a mí no me va. Es una generalización con la que no estoy de acuerdo. Hay mucha gente con sentido común que está de acuerdo con lo que hacemos, gente que más allá de ganar o perder lo que resalta es lo que ve: el trato”

-¿Cómo viviste este año que pasó desde que se ganó la Davis?
-Con algunos llamados, invitaciones a programas. A lo largo de este año recibimos cariño de colegas y de gente que está fuera del ambiente deportivo. En lo personal, sigo haciendo foco en cómo se logró la Copa y no sólo en el resultado en sí. El día del aniversario (27 de noviembre) fue uno más de esos lindos que tuve durante 2017. Te pudo hablar de un año. No sé si toda la vida será así. Pero sí sé, y sin dudas, que el logro es algo que ya queda. Lo lindo ahora es trabajar buscando otros desafíos, otras emociones.

-¿El día en el que ganaron la Davis cómo fue?
-Ese día estaba muy mentalizado en cómo hacer mi trabajo, en qué quería transmitir. Ganamos y seguí igual, en el mismo estado: súper contento, pero no exploté. Estuve calmo. Ese mismo día había mucho pero mucho requisito de la prensa. Hasta que llegamos al hotel y hablamos nuevamente en ronda. Cada uno dijo lo que le parecía. Después dormimos sólo un par de horas y salimos para Londres, donde tuvimos ocho horas de espera, y luego partimos hacia Argentina. Estaba cansadísimo. Pero me lo tomé con calma. Mi mayor satisfacción ya la había tenido: qué imagen daba el equipo. Ganar la Davis fue un premio a lo que veníamos haciendo. Tuvimos victorias, más allá de lo deportivo. Como el reconocimiento a nuestro comportamiento, en Londres, donde nos compararon con Australia y Estados Unidos. Nos reconocieron por la amabilidad y educación con que nos comportamos. Eso es un logro enorme.

-¿Qué te enseñó, finalmente, el tenis?
-El tenis me enseñó a lidiar con el error. Se puede jugar un gran partido, pero igual se comenten errores. El tenis enseña que no tenés mucho tiempo para hacerte mala sangre, porque enseguida hay un nuevo torneo. Por el mismo motivo tampoco te deja disfrutar demasiado. Aprendí muchísimo en cuanto a mí mismo gracias al tenis. Me enseñó cómo reaccionar frente a distintas situaciones. Eso creo que fue lo mejor, lo máximo que saco del deporte. Yo también le di al tenis. Lo más importante es saber qué quiere hacer uno en el deporte. Con este grupo logramos ser una parte destacada de nuestro deporte y de la historia del tenis argentino. Lo que es un orgullo.

-¿Te gusta transmitir lo aprendido?
-Me gusta dar charlas. Me siento cómodo en ese rol. Genera adrenalina, ¿viste? Porque uno está ante gente que no conoce y que también quiere aprender, conocer una experiencia, que es la experiencia de uno. Está buenísimo. Por eso escribí el libro. Porque quería registrar lo que viví y cómo lo encaramos a nivel individual y grupal. Es un libro que, humildemente, tiene herramientas que me sirvieron y que espero les sirvan a otros.

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