Jorge Porcel: “Cuando digo que soy artista me miran con cierto paternalismo desdeñoso”

Texto: Lucas Villamil / Fotos: Mariano Mascotto

 

Es una noche de martes, la carne ya está en la parrilla y Jorge Porcel de Peralta rompe el silencio. Tres años después de su inolvidable raid televisivo vuelve a modular sus verdades y hay polémica para todos y todas, lo que quería ser una entrevista se transforma en una catarsis descarnada. Porcel apela a la honestidad brutal, derrocha nostalgia mientras sana sus heridas, se ríe de sí mismo y, fiel a su esencia, dispara definiciones a mansalva.

-No me gusta ser cronologista, pero creo que sí cronológico. Mi primera vocación fue ser artista, siempre. Un poco por impulso de mi madre pero sobre todo por una compañera del colegio, Nancy, que estudiaba con Briski, y eso me impulsó a estudiar teatro con Lito Cruz en el 92. Yo estudié en el Sarmiento de Libertad entre Juncal y Arenales, un secundario con orientación en periodismo y publicidad. Desde ahí el destino estaba sellado: lo creativo. Estudiar con Lito Cruz, por las experiencias sociales que tuve, fue como la facultad.

-¿Experiencias sociales?
-Aprendí a desarrollar la máscara social. Creo que a esa edad de los veinte años empezás a definirte en la sociedad.

-Pero tu exposición a la sociedad fue desde niño.
-Exacto, por los temas de mi viejo. Y eso fue muy traumático, antes era gordito, morrudito, y desde esa primera exposición empecé a aumentar de peso.

-¿Sufrías esa exposición?
-Qué se yo, yo sufría más verla sufrir a mi vieja. Cuando vos sos chico, lo que queres es que tus padres estén unidos. Y bueno, uno después amargamente entiende el mundo de los adultos, pero el sufrimiento de cuando no lo entendías lo tenés, es paradójico. O sea, vos tenes el sabor de boca amargo de un niño que no entiende, aun siendo adulto y entendiéndolo, se yuxtaponen las dos cosas. Tema hablado en terapia, ¿no?

El trauma en cuestión data de 1975, cuando Porcel era un niño y su madre, Norma de Mauricio, reclamaba que el famoso actor Jorge Porcel -a quien había conocido años antes en la pizzería El Cuartito- lo reconociera como hijo.

“Mi primera vocación fue ser artista, siempre”

-Medio que mi viejo no quería que se supiera que él tenía un hijo, por imagen, por la razón que fuere… Según lo que yo me enteré, Carmen Barbieri quería que me reconociera públicamente. Yo el apellido lo tengo, todo bien. Pero… cada uno no asume su rol. Mi viejo no se dio cuenta que es medio difícil tener una amante, que era mi vieja, tener una novia y tener un hijo a la vez, sin que se armara un quilombo. Hay que retrotraerse a una sociedad que era mucho más conservadora y careta que la actual, y recordar que mi papá tenía el poder, la fama y la influencia pública que ahora puede tener Tinelli, por ejemplo. Todo eso genera un cóctel muy explosivo. A su vez mi madre no se dio cuenta que era una amante, o un amor de mi padre, y no la pareja oficial, entonces está el síndrome de ser la otra. En todo ese quilombo yo tenía cinco años y venían fotógrafos, periodistas, mi vieja lloraba y yo decía: qué carajo estoy viviendo.

-¿Cómo superaste esa primera etapa complicada?
-La actuación me abrió todo un mundo nuevo. Lo que tiene el arte es que es el mundo lúdico de los adultos, es la parte donde el adulto se permite algunas atribuciones de la niñez: el juego, la fantasía, el voy a hacer de… Entonces era una manera de seguir siendo niño en una actividad legitimada por la sociedad. Es un poco eso el artista, quiere seguir siendo un niño. Aunque seas un artista de la San Puta. Uno está más cerca de lo lúdico y creo que por eso el porteño medio no lo valora tanto. Somos muy caretas. Ahora está de moda ser artista, es muy cool, pero cuando decis que sos artista te miran con cierto paternalismo desdeñoso.

Las pocas pausas que hace Jorge Porcel cuando habla son para tomar un trago de Coca light. “Esta es mi droga”, dice.

-Descubrí la noche más bien tarde, porque empecé a salir a los 21 años. La noche de los ochenta era muy violenta, muy intensa. Me perdí el underground de los ochenta pero me perdí una época bastante brava, porque la cana era jodida. Yo fui nada más que a dos lugares: Cemento, porque quería ver el culo de Katja Alemann en directo -cuando se lo conté a Chabán nos cagamos de risa estentóreamente-. Y después me quería hacer el guapo en Paladium, que eran todos new romantic, con los pelos parados, y yo ahí estaba re cagado, pero cagado mal. Lo bueno es que yo era lo que era y no lo que pretendía ser. A veces, no lograr las cosas está muy bueno. Pero también empecé a ir fiestas caretas, la primera fue en Caix. Yo cuando empecé a descubrir la noche, a principios de los noventa, estaba como el pibe de New York City Boy, el video de los Pet Shop Boys, que el pibe está deslumbrado.

-¿Ibas con Nancy, tu compañera del colegio?
-No, Nancy tenía otro perfil social, o sea, mina de barrio que estudia teatro. En cambio yo tenía una proyección más conchetita, ¿entendés? Un poco por la educación de mi vieja y otro poco porque veía que los mejores culos estaban por ahí. O sea, lo que yo aprendí es que si vos queres un buen culo tenés que ir a un lugar careta. Si vos queres gente de verdad tenés que ir a un lugar no careta.

3-¿Y vos preferías un buen culo?
-Cuando tenía los parámetros de un pendejo, porque ahora, con los años, vos ves no solo el culo, las gambas y las tetas, el bronceado, la pilcha, toda la puesta en escena o lo sexy que pueda ser, sino que ves la persona. Hoy me calienta una conversa, una actitud, uno se va volviendo más sofisticado y más hinchapelotas.

-¿Cómo fue tu iniciación artística?
-Gracias al teatro y gracias al casting de una amiga, Patricia Camponuovo, a quien le debo mucho, quedé en una película de Jorge Polaco, La Dama Regresa. Con Jorge fue la puerta al mundo del arte y la cultura de Buenos Aires, al underground, al mundo gay y un montón de mundos top. O sea, la sofisticación. Jorge Polaco fue para mí como una tía judía, con preguntas como ¿che, no tenés frío? ¿Comiste bien? ¿La estás poniendo? Y a la vez fue un artista brillante, quizás como Borges, como Marta Argerich, demasiado grandes para este país de cabotaje. Y bueno, ahí empecé a conocer El Dorado, El Morocco, Ave Porco… todo un mundo donde nadie me jodía, no había que poner cara de nada, nadie te miraba de reojo por ser gordo. No había ni los culos ni las tetas que yo ansiaba tanto, pero la pasaba bomba.

-¿Te sentías más a gusto con las mujeres de esos lugares?
-Ahí no sé si la ponías rápido pero tenías muchísimas más chances de ponerla, porque tenías de qué hablar. Aparte, por mi obesidad y mi manera de ser, yo era como un outsider, nunca calé para el modelo careta de sociedad de clase media. Por ejemplo, yo empecé a usar jeans a los 23 años. Yo era como un Woody Allen gordo, me vestía como un tipo grande. Usaba zapatos blancos, porque me gustaba usar zapatos blancos, ¡entonces iba a Morocco con los zapatos blancos y era un rey! ¡Ni en pedo iba a la Costanera, al Cielo con zapatos blancos, me iban a cagar a trompadas! Pero yo iba a Ave Porco con zapatos blancos, pantalón pie de pool y un bremer, y estaba con Polaco ¡y era Gardel! Podías ser lo que vos fueras, y cuanto más raro y más exótico y más fuera de lo convencional, mejor. Y ahí empecé a ser feliz realmente. Ahí apareció la música electrónica, que me fascinó. La buena música electrónica, como Kraftwerk, como Underworld, como el brasileño Gui Boratto. Y una onda muy Adidas, muy deportiva, y esa estética me compró. Esa fue mi tribu. Yo estuve en una fiesta de Chanel, que ahí cumplí el sueño de haberme cogido una modelo muy conocida. Dije: no me baño por dos meses.

“Fui a Cemento porque quería ver el culo de Katja Alemann en directo, cuando se lo conté a Chabán nos cagamos de risa estentóreamente”.

-¿Te empezó a ir bien con las mujeres?
-No, fue de pedo. Una de las cosas que yo aprendí es que ellas eligen. Yo he estado hiper bañado, hiper afeitado, hiper vestido, vamos a coger, vamos Argentina, vamos a salir a ganar el partido y no pasa una mierda. Y de repente un domingo a la noche, que estoy con la barba, y de repente una pendeja te mira en el locutorio y pasó de todo. Ellas deciden, las que mandan son ellas.

En eso somos bastante conservadores, hay un machismo con espejo, tenemos que tener la iniciativa nosotros.

-¿Vos te considerás machista?
-En absoluto. Menos aun feminista, me parecen un asco las dos posturas.

-¿Tuviste alguna relación duradera?
-En el amor me fue para el orto, mal.

-¿Lo buscaste?
-Se me presentaron las ocasiones y nunca fue correspondido. La verdad es que es para hacer un gran tangazo, para ponerse a escribir un amargo tango.

-¿Te has enamorado?
-Sí, pero me cuesta mucho enamorarme. Siempre minas bastante no convencionales, pero creo que siempre la obesidad me cagó, o mi modo de ser también. Ahora, para garchar… o sea, en lo sexual he tenido momentos brillantes. Pero te reitero, tuve suerte y también aprendí que la suerte hay que salir a buscarla. En la medida que vos maduras en lo social, relacional, sexual, aprendés a ver la oportunidad. Ves ese gesto, esa actitud donde decís: gordo, tirá el pelotazo. A veces, en otras épocas donde había menos miedo, menos violencia, se me han tirado encima.

-¿Cuál dirías que es tu arma de seducción más fuerte?
-Estar concentrado. Tenés que estar concentrado. Unánimemente, y esto lo he hablado con amigas, no ser pajero, no ser baboso, cosa que sí era cuando era pendejo y me iba muy mal porque veía esos culos y esas tetas y me derretía como manteca en el horno. En cambio, el buen jugador, el buen soldado, sabe bancarse las balas y en esa balacera ir con la bayoneta. La seducción es como un juego de poker.

-Para la conversación pareciera que sos bueno.
-¡Y… si a los 45 años no tengo una conversa más o menos es para tirarse del primer obelisco que uno encuentre, viste! Pero yo no soy el que sería si yo no hubiera elegido el camino del teatro, el camino del underground. Cuando vos estás en un medio más o menos culto, vas a la casa de la gente y hay libros. Yo cuando estaba en ámbitos caretas he ido a casas donde han habido todos los electrodomésticos y todas las mostazas adentro de las heladeras, pero no hay un puto libro, boludo. ¡Hay gente que no tiene un puto libro! No hay una inquietud. Hay gente que no le interesa una mierda de nada y vive del boludeo, y hay gente que tenemos conciencia, y la conciencia creo que viene del conocimiento, y el conocimiento de la experiencia, y la experiencia de la búsqueda, y la búsqueda creo que del deseo interno, y el deseo interno creo que en gran medida viene de la educación.

-Hablando de libros. ¿Estás leyendo algo que te esté movilizando?
-Ahora el libro que quiero leer es el de David Grossman, Vida y destino, lo que pasa que está a 700 mangos. ¡Y Borges! Como decía el gran Pancho Ibañez, todo tiene que ver con todo. Hace poco encontré la Historia Universal de la Infamia. Cuando era pibe a mi me gustaba mucho la poesía.

“Hoy me calienta una conversa, una actitud, uno se va volviendo más sofisticado y más hinchapelotas”.

Típico de la adolescencia, de la primavera alfonsinista. Yo vengo de la primavera alfonsinista, una época en que la cultura estaba de moda, quizás con ciertos tics progres que son bastante pelotudos, medio mafalderos, ¿viste?

-¿Medio mafalderos? ¿Qué quiere decir?
-La cosa del progre pelotudo, escuchar a Serrat todo el tiempo… ¿Entendés? Los tics de la cultura de izquierdas que ya están muy perimidos porque las situaciones sociales y la vida misma te exigen que seas más abierto, más original, menos dogmático. Yo también tuve esa onda, fui trosko durante un tiempo… ¡Jaja! ¡Las pasé todas! También un poco intentando ver donde la ponía, ¿viste? Y las troskistas no, nada que ver, todo el tiempo con cara de orto, tenías que leer a Lacan para poder llegar a… ¡Jaja! Yo me río de ese Jorge que andaba alzamendi todo el día. Bueh…

-O sea que yendo detrás de las mujeres has tenido un recorrido interesante.
-Lo bueno de esos culos es que me iban sacando del lugar de comodidad.

“La conciencia creo que viene del conocimiento, y el conocimiento de la experiencia, y la experiencia de la búsqueda, y la búsqueda creo que del deseo interno, y el deseo interno creo que en gran medida viene de la educación”.

 -¿Cómo fue el recorrido en el sentido de la búsqueda artística?
-En los 90s hice un poquito de tele con Jorge Rial, hacía sketches. Fue una época muy breve pero muy divertida. Ojalá hubiera más Romays en esta época. Había elementos de actuación. La pasé bomba. Después hice cine con Raúl Perrone, que es como el padre del cine independiente. Después la película de Polaco, el underground de la música electrónica, y empecé a fines de los noventa a ser un espectador sistemático de las artes visuales, y me enamoré, me enamoré. El 4 de julio del 2002 hubo una gran muestra en el Malba, y ese día dije: voy a ser artista.

Entonces estuve con el grupo Venus y todo fue bien hasta que se murió mi viejo, porque ahí empezó todo el quilombo de la sucesión, empecé a conocer en carne viva el siniestro mundo de los abogados. Creo que la silla eléctrica para mi tiene un destino claro en la Argentina, estoy de acuerdo con la pena de muerte para los abogados. Creo que no cualquier forro tendría que tener acceso a la carrera de derecho. Paradójicamente, en la universidad pública las carreras que están llenas son las que no tendrían que estar llenas: derecho y medicina. O sea, vos estás jugando con la vida, los bienes, la salud… debería haber un hincapié en lo ético.

-¿La muerte de tu viejo te cortó la buena racha?
-Poco antes había empezado la grieta kirchnerismo antikirchnerismo. Yo fui, soy y seré antikirchnerista, pero no por un tema ideológico sino por un tema conductual, porque de hecho fui trosko. Pero uno puede ser de izquierda, puede ser progre, pero no podés ser un sorete, o una persona que tenga absoluta intolerancia y violencia para el que piensa diferente. Yo siempre creí en la democracia y en los derechos humanos de verdad, no como curro. Y en el mundo del arte, mucha gente como Roberto Jacobi, que fue mi gran formador, fue mi primera desilusión intelectual y personal. Nos peleamos mal, las redes sociales fueron un campo de batalla. El kirchnerismo fue particularmente intrusivo en el mundo cultural. Y bueno, muchas amistades se fueron al carajo, fue duro. Esta grieta empezó a cagarme la felicidad que yo tenía. Era muy opresivo, estábamos al borde de la democracia. Y yo pienso que en gran medida, el ataque que yo tuve en los medios de comunicación formó parte de una estrategia de persecución política del kirchnerismo hacia mi persona. No lo descarto pero lo sé. Eso destruyó mi vida, porque a los dos años de todo ese escándalo mediático murió mi vieja. Yo no me debería haber expuesto, pero igual creo que que alguien se exponga no da derecho al que tiene el poder de ejercerlo de una manera cruel. Fue realmente una cosa stalinista.

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-¿Por qué te metiste en los medios en ese momento?
-En el 2000 tuve mi primer raid mediático porque las cosas no estaban bien con mi viejo y yo las quería resolver, estaba en una postura reclamera. Sufrí mucho con eso, la televisión ya era muy hija de puta. La televisión anduvo bien mientras la manejaban grandes liderazgos, como Eurnekian, como Romay, como Simonsini en Telefé. Cuando empezaron a entrar las corporaciones empresarias, chau, fue el reino del marketing y empezó a venir gente muy ignorante del mundo del capitalismo salvaje, porque creo que hay un capitalismo bueno, conozco empresarios que tienen un sentido ético. Y en el 2012 tomamos con mi vieja el craso error de ir a la prensa, y fue como una bomba. Nos metimos porque mi sucesión no iba ni para atrás ni para adelante y los medios empezaron a tirar eso de que yo era vago, vago, vago… Yo soy una persona que tengo depresión crónica, soy discapacitado y tengo una obesidad complicada. Yo no quería victimizarme en los medios, yo realmente nunca fui un vago, siempre trabajé de lo que me gustó e hice de todo en mi vida. Pero ya ese vago venía de mis peleas con los kirchneristas en las redes sociales. Lo que lamento es que mi vieja haya quedado en el tendal como una víctima mortal de toda esa persecución. Estoy analizando legalmente responsabilidades al respecto. Estoy muy enojado con los medios de comunicación, sobre todo con el pretendido periodismo del espectáculo. Quisieron poner a la gente en contra mio, fue una discriminación mientras otros hijos de actores son privilegiados y son unos inútiles. En el plano simbólico y en el plano real, parafraseando a Lacan, estoy convencido de que soy castigado por ser gordo. En eso la sociedad argentina es cruel y absolutamente incomprensiva. La Argentina nos debe a los obesos un mejor trato, mejor acceso al trabajo, a la salud, a la consideración personal.

-¿Todo esto te hizo crecer?
-Hay dos maneras de crecer en la vida: con algún camino de conocimiento espiritual, esotérico o intelectual, de manera intensiva con gente sagaz, teniendo experiencias constructivas, viajando o haciendo bien para los demás; o sufriendo. O un mix de todas esas cosas. Y yo sufrí mucho, crecí brutalmente. La denigración que hicieron los medios de comunicación con mi persona no se compadece en la medida que yo me hice exponer. Creo que ni yo ni mucha gente se mereció la persecución política en pleno sistema democrático por una parcialidad política que boquea de los derechos humanos.

-¿Ya estás superando la muerte de tu madre?
-Sí, el duelo tiene sus etapas. Este año creo que la dejé partir a mi vieja. Mi vieja no mereció morir, y menos de esa manera. El precio fue muy caro, pero crecí. Hay vida después de la vieja. Le debo todo a mi psiquiatra, le debo todo a Cormillot. En medio del caos que es este narcoestado estoy creciendo, soy feliz. Yo practicaba el budismo y volví al catolicismo porque en medio de la agonía de mi madre me di cuenta de que soy occidental y cristiano, pero no por una posición sino que porque soy esa hechura cultural. El budismo ayuda muchísimo pero no tenés esa noción de Dios, que es la manera de ver la conciencia cósmica con ojos humanos. El budismo te ayuda a estar bien vos y a compartirlo con otros, pero no hay esa exigencia moral que tiene el cristianismo de pedir ayuda, tener derecho a pedir ayuda y tener la obligación y la diligencia de ayudar al que está mal, el compromiso ético con el prójimo. Yo estuve muy peleado con el catolicismo, pero creo que el Papa Francisco, más allá de que sea argentino, realmente puso un cambio de actitud brillante. Ahora hay curas que realmente son seres humanos.

“Yo fui, soy y seré antikirchnerista, pero no por un tema ideológico sino por un tema conductual, porque de hecho fui trosko”.

 -Pareciera que estás teniendo un exorcismo de toda la bronca por medio de la espiritualidad.
-¡Y el arte! Estoy pintando. Este año me sucedieron dos hechos muy movilizantes. Primero, la muestra de Malevich en el Proa, donde todos estábamos llorando como nenes, pero no un llanto de pena o de emoción, un llanto como de éxtasis amatorio. Vayan a verla, se los pido por favor.

Eso me impulsó a hacer obra. Yo no estaba haciendo obra por mi depresión y porque los artistas somos jodidos. Hay artistas que tienen una cosa más elaborativa de disciplina y sacan obras como panes del horno, y hay otros, que somos los más auténticos, que tenemos un poco de conflictividad con el hacer. No es fácil, pero cuando es, es. Y la otra cosa movilizante es releer a Borges. ¡La reputa madre! ¡Qué pingaso que hemos tenido!

-¿Escribís?
-Sí. Lo que pasa es que tengo un par de ideas y yo no se si hacer cuentos o aventurarme a la novela. Voy a ser muy sincero, yo leí mucha historia, muchas biografías, autobiografías, mucho ensayo, poesía, pero la novela nunca fue mi fuerte. A la vez soy crítico cultural en la web de Rodrigo Cañete, la revista Canecalon, la revista DMAG…

-¿Cómo definís el presente?
-Estamos convalecientes de una época negra, y a la vez estamos en un presente new age, pelotudo, de coachismo.

-¿Y en cuanto a la política cultural?
-Muy fácil, la anterior era de intrusión, sometimiento y control para ganar poder. La de ahora es una paja donde acabás en una botella de cepita en una fría mañana de junio en plaza Constitución mientras te mira una vieja loca.

 

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