Chang Sung Kim, un coreano argentinizado a puro fútbol y teatro

Texto: Facundo Baños / Fotos: Rodolfo Schmidt

 

Empezamos hablando de fútbol porque el fútbol fue muy importante en la vida del actor Chang Sung Kim. Pero no en un sentido deportivo o folklórico, sino en ese sentido esencial que brilla en los bordes de la supervivencia. Un barco carguero lo dejó en el puerto de Buenos Aires cuando tenía 7 años y sus padres treinta y pico -y un par de guerras encima-. Ninguno de ellos tenía idea de lo que había detrás del puerto. Fue como correr el telón de un decorado y asomar la cabeza de golpe, a ver qué forma tenía este lugar llamado Argentina. Se apostaron en el Bajo Flores, trinchera sur de la ciudad, barrio pobre y potrero-escuela para aquel coreanito guerrero que tuvo que rebuscárselas con lo puesto.

-Llegaste acá sin tener idea de lo que era el fútbol.
-No lo conocíamos. No existía en Corea. Mi primer contacto con el fútbol fue en el barco: viajaban dos muchachos que yo supuse que eran holandeses, porque eran altos y rubios, y después estábamos nosotros que éramos todos chiquitos coreanos. Imaginate que había más de sesenta familias a bordo. Y un día nos agarran esos dos y nos enseñan a armar una pelota con un montón de papeles, bolsas de plástico y cintas, y nos pararon diez de un lado y diez del otro. Todo con señas. Y ahí descubrí el fútbol. Nosotros, que no teníamos idea de nada, gritábamos todos los goles, a favor y en contra. Felicidad total. Cuando llego al Bajo Flores, me doy cuenta de que había chicos jugando a la pelota desde la mañana y hasta que se ponía el sol. Era una maravilla, ¡y yo quería ser parte de eso! No tenía ganas de estar todo el tiempo con nenes coreanos.

-¿Cómo eran esos potreros del barrio?
-Los potreros eran enormes. Entraban cuatro o cinco partidos en cada baldío. Entonces, la cosa era así: yo me ponía al costadito de esas líneas imaginarias de la cancha, a mirar, y sabía que en algún momento me iban a llamar. Alguno siempre se cae y se lastima, o viene una mamá y lo llama para adentro. Entonces, yo esperaba: “¡Ponja! ¡Entrá!”. Y entraba, ¡y corría! No sabés cómo corría. Mirá, hay un tema que tiene que ver con el inmigrante, y más con el coreano, un pueblo sufrido, que es la supervivencia. Instintivamente, yo aprendí algunas cosas: me di cuenta que los chicos de mi edad lo primero que preguntaban era “¿cómo te llamás?” y lo segundo “¿de qué cuadro sos?”. Yo no tenía ningún cuadro, por supuesto, pero veía que muchos tenían una camiseta azul y amarilla y supe que era la de Boca. Entonces, un buen día respondí “Boca”, ¡y me abrazaron! Me decían “¡grande, Ponja!”, y yo feliz. “Era fácil”, pensé.

-Y también te habrás dado cuenta de que tenías que dejar de gritar los goles que le hacían a tu arquero.
-Eso lo entendí rápido. Y también empecé a ver que valía más el corredor que el habilidoso. Todos querían ser Maradona, pero yo no, porque no tenía dotes naturales para ser un habilidoso. Yo sabía correr, y ellos comentaban: “¿El Ponja? ¡Sabés lo que corre! Te sigue hasta abajo de la cama”. Una vez que me conocieron, me hacían entrar siempre. Y después agarré el timing, siempre fui muy tiempista, llegaba bien a los cierres.

-Esos muchachos del barco, entonces, te hicieron el gran favor de mostrarte el fútbol antes de tocar suelo argentino.
-Me abrieron un universo. Seguramente que no sabían lo importante que iba a ser para mí, y para muchos de esos nenes que viajaban conmigo. Ellos lo hicieron para pasar el rato, ahí, en el barco. El fútbol es maravilloso. Funciona en cualquier parte del mundo, sino mirá lo que está pasando en China, que ahora quieren aprender a jugar a toda costa: se dieron cuenta de que a la gente le gusta y, como son una potencia económica, se les metió en la cabeza que quieren armar un buen equipo. Pero allá no conocen el potrero, entonces, por más que se lo propongan, es difícil. Hay una rebeldía que no tienen: el jugador oriental le hace reverencias al técnico. La obediencia de vida es cultural. Pueden llegar a ser un equipo duro pero no creo que puedan ponerse a la altura de las potencias.

El fútbol fue su puerta de entrada a la argentinidad, pero los quiebres vitales vendrían más adelante. Promediando los 30, Chang rompió su vida. Ya tenía dos matrimonios sobre el lomo, había sido padre de un varón y había vivido un tiempo en Brasil. Así y todo, colgó la pilcha del empresario textil en el que se había convertido y se puso a laburar en eso que había empezado como un juego y que lo terminó atrapando: el teatro. “A diferencia de los muchachos que estudiaban conmigo, yo era grande y muy estructurado”, dice. Nada de eso impidió su affaire con las tablas, un trabajo amoroso que le dura hasta hoy y que en 2012 le valió un premio Tato como revelación por la serie televisiva Graduados. Al recibirlo, Chang dijo que el mérito no era suyo porque para lucirse hace falta tener buenos compañeros al lado.

-Mientras decías eso yo te imaginaba en el campo de juego, con la camiseta chivada, respondiendo a lo futbolista con el casette puesto. O sea que el fútbol y la actuación no son tan diferentes.
-Cualquier actividad grupal que hagas, es eso antes que nada: grupal, colectiva. No es posible de otra manera. Mirá que nosotros, los actores, tenemos ego, pero una de las cosas que a mí me acercó al teatro fue que era comunitario. En un grupo, todos somos igual de importantes, directores, productores, actores, sonidistas, y todos colaboramos en todo, dentro de lo que podemos. Ese trabajo grupal me encanta. Yo considero que la vida se hace en equipo, pero de verdad, no como se dice ahora: es más una forma de vida que otra cosa. Haga lo que haga, me gusta estar con buenos compañeros, con gente que me inspire. Si estás haciendo una obra de teatro y tu compañero no te devuelve la pelota al pie, difícilmente puedas hacer una gran jugada. Es una pared constante. En teatro hay un ejercicio clásico, que es la cachetada: yo hago el movimiento de la mano, pero el que recibe el golpe es el que fabrica el dolor y le da credibilidad a eso que estamos haciendo. Yo puedo ponerle toda la garra y hacer mi parte a la perfección, pero si mi compañero no me sigue el juego, el engaño queda en evidencia.

“Cuando llego al Bajo Flores, me doy cuenta de que había chicos jugando a la pelota desde la mañana y hasta que se ponía el sol. Era una maravilla, ¡y yo quería ser parte de eso!”

-Una vez dijiste: “No estoy haciendo una carrera porque no tengo dónde llegar”.
-En ningún aspecto, no solo con la actuación. ¿Cuál es la meta? Hay gente que lo tiene muy claro, pero yo realmente no lo sé. No sé qué es llegar. Ni en la vida ni en el teatro. Hago un oficio que me tiene aprendiendo todos los días. La estamos pasando mal en este momento, como actores y como argentinos, pero intentamos ponerle buena onda. Yo me dedico a entretener, a hacer reír, y eso es una gran responsabilidad porque es maravilloso poder hacerles bien a otras personas. La gente es muy agradecida conmigo, me lo hacen saber. ¡Mirá vos! No es solo un pasatiempo lo que hago, es más importante que eso.

-¿No concebís que un actor se haga el distraído con las cosas que pasan a su alrededor?
-El teatro es un oficio social. Cuando estamos arriba del escenario contamos historias: historias nuestras, de la humanidad, de los momentos históricos. Cada obra, cada una de esas historias que contamos, tiene que ver con un contexto, con una realidad, y el personaje que uno interpreta está transitando ese momento. Después de contar tantas cosas, una vez que bajás del escenario, ¿cómo hacés para vivir recluido? Me parece contradictorio. Respondiendo a tu pregunta: no, no concibo que un actor diga que le chupa un huevo lo que pasa alrededor suyo. No me entra en la cabeza. Si estás en ese lugar, si estás de verdad, es con conciencia. Yo me siento un privilegiado porque hago un oficio que me da la oportunidad de mejorar mi entorno cuando anda mal. No importa cuán pequeña sea esa chance.

“Nosotros, los actores, tenemos ego, pero una de las cosas que a mí me acercó al teatro fue que era comunitario. En un grupo, todos somos igual de importantes: directores, productores, actores, sonidistas. Yo considero que la vida se hace en equipo”

-Sos muy agradecido.
-La gente que va al teatro paga la entrada antes de ver la mercadería. Ya sé que es normal, que se hace así, pero es algo que no me deja de sorprender: salir al escenario y que haya personas que no conozco que pagaron para ver lo que hacemos. ¿Entendés lo que es eso? No pierdo esa inocencia. El público siempre es más generoso que uno, por eso soy agradecido. El tipo o la muchacha que se viste bien, sale de su casa y viene hasta el lugar donde yo presento mi obra, es más generoso conmigo, siempre. Yo pongo lo mejor que puedo para devolver esa gratitud.

-Hablame un poco de la filosofía de las artes marciales.
-Tendríamos que hablar de lo que significan esencialmente las artes marciales, porque ahí está la filosofía. Hoy se practican de manera tal que están más cerca de un ejercicio de aerobic que de su raíz oriental. Los grandes artistas marciales, los samurai, eran guerreros: sabían usar la espada, y además sabían artes marciales. No se practican para pelearse ni para vencer al otro. Se trata de saber proteger y protegerse, pero un artista marcial jamás ataca primero: sabe el poderío que tiene y trata de evitarlo por todos los medios. Evitar la violencia, de eso se trata.

-Hay un proverbio antiguo que dice “esperar lo mejor, prepararse para lo peor”.
-Exacto. Estar bien entrenado y bien de la cabeza garantiza una seguridad interior que hace que no sea necesario demostrar nada. Ahora, si me ponés entre la espada y la pared, sé lo que tengo que hacer. En karate, se imita el comportamiento de la rata: frente al peligro, la rata huye, pero, si se siente acorralada y no tiene escapatoria, es capaz de matar. Las artes marciales toman muchos elementos de la observación de los animales y de la naturaleza. De niño yo fui muy peleador, y pensaba que cuando supiera artes marciales iba a ganarle a cualquiera. Después, cuando aprendí, ocurrió todo lo contrario: rompía un ladrillo, quebraba una tabla, incorporaba técnicas, y a la vez pensaba: “¿Cómo le voy a pegar a otro chico?”. Te trabaja la cabeza, te hace persona. Tiene mucho de meditación y de contemplar la naturaleza, y de sentirse parte del universo. Lo que pasa es que este mundo es muy injusto, y eso empuja al arte marcial a hacerse más combativo en determinadas circunstancias. Pero, filosóficamente, su fin es el opuesto.

“¿Cuál es la meta? Hay gente que lo tiene muy claro, pero yo realmente no lo sé. No sé qué es llegar. Ni en la vida ni en el teatro”

Pivoteando entre el fútbol y las artes marciales, entre la realidad y la ficción, Chang parece cómodo. Pero nada fue siempre tan simple para él, que no deja de ser un inmigrante, un coreano argentino. Por eso atesora en su memoria los momentos y las personas que lo ayudaron a crecer y a ir encontrándose consigo mismo.

-Soy un agradecido porque soy un privilegiado, y mucho tienen que ver los maestros que me tocó tener. Me pasaron cosas que son de cuento. Lo de Telma, mi maestra de primer grado, fue muy especial porque fueron seis meses, solamente, y conmigo hizo cosas que se salen del libreto: ella me pasaba a buscar los domingos y me llevaba a pasear por la ciudad para que yo pudiera entender lo que me estaba pasando. Un día me llevó a Ezeiza, otro día al puerto, y así me hablaba de los chicos que eran inmigrantes como yo. Mientras tanto, me mostraba la ciudad. Aparte de eso, me protegió en el cole y evitó que mis compañeritos me discriminaran. Un chico coreano, solo, llegado a mitad de año, era carne de cañón. Yo no era extranjero sino muy extranjero, porque no era que venía de Bolivia o de Perú: venía del otro lado del mundo.

-El hecho de ser “muy extranjero” quizá te puso en un lugar que excedía el sentido común de los chicos, que suele ser más dañino con los extranjeros de por acá nomás.
-Tiene que ver con la singularidad. Si en el grado hubiéramos sido diez coreanos, tal vez hubiera habido problemas. Pero era yo solo, un bichito, algo pintoresco. ¿Cómo me iban a discriminar? Además, hoy existen las cargadas a los orientales, por los almacenes chinos y otras cosas, pero en ese momento casi no había antecedentes. En mi escuela nunca habían visto a un pibe como yo. Fui el primero. ¿Con qué me iban a cargar?

A poco de haber llegado a esta tierra ya se sintió afortunado. Para sus hermanas, en cambio, las cosas fueron más complicadas. A ellas sí las discriminaron, incluso algunas maestras. Y no encontraron un juego como el fútbol, que las acercara a las demás chicas del barrio.  “En reuniones familiares, hace poco, vine a enterarme de todo lo que habían sufrido. No lo podía creer, porque nunca lo había sospechado. Tampoco es que ellas venían llorando a casa: se la bancaban, como si fuera algo que es así y punto. Pero, sí, la pasaron mal. Una maestra que te discrimina te deja una marca fea”. Chang recuerda también a sus padres, que llevan diez años viviendo en Los Ángeles.

-Nunca disfrutaron de tener que irse de Corea. No es fácil dejar tu país, por más que después te vaya bien. Hay un lugar que nunca termina de llenarse. Yo, por ejemplo, mirá todo lo que te estoy contando de lo bien que me ha ido -no de guita sino humanamente-, y sin embargo tengo como una tristeza que no podría poner en palabras: es algo que viene conmigo. Tiene que ver con esta historia de haberme ido de un lugar e insertado en otro, más allá de haber podido integrarme y de que siempre me han tratado bien, desde niño.

“Yo me dedico a entretener, a hacer reír, y eso es una gran responsabilidad porque es maravilloso poder hacerles bien a otras personas”

-Volviste a Corea hace dos años. A la tuya: Corea del Sur.
-Por primera vez. Nunca había vuelto a ir. Fui a filmar un documental. Lo necesitaba, pero no para cerrar nada, en todo caso para abrir otras cosas. Emocionalmente, sentía que tenía que hacerlo. Estuvimos casi un mes, con un equipo de compañeros, filmando mucho. Pude volver a mi pueblo y sentí que un poco también pertenecía a algunos de esos lugares.

-¿Cómo lo describirías a ese pueblo?
-El recuerdo que tenía de mi infancia era que todavía se andaba en carretas. También, de un riacho que había cerca de casa: en verano jugábamos mucho ahí. Corea tiene eso: en verano hace mucho calor y en invierno mucho frío. Nieva mucho y ese riacho se congela, entonces todo el mundo sale a patinar en el hielo. No encontré ningún rastro de lo que recordaba, salvo el riacho, que sigue ahí. Todavía no lo sacaron. Ahora el pueblo se asemeja a las grandes ciudades de Corea. Se preserva solamente el casco histórico, el resto son edificios: allá todo es edificio porque no hay lugar para tanta gente. Se crece para arriba. Imaginate que Corea del Sur tiene una superficie de 100 mil kilómetros cuadrados -es grande como Chaco-, y viven alrededor de 55 millones de personas. Acá, te alejás 200 kilómetros de Buenos Aires y empezás a ver los campos y las praderas interminables. Eso sí, Corea es un país rico hoy. Todo es tecnología: los edificios son muy modernos, la iluminación. Son cosas que me impresionaron. No es Las Vegas porque no hay una cartelería tan contaminante, pero sería como Manhattan.

-¿Y cuáles son las formas de pobreza que uno puede encontrar en un país rico como Corea?
-En principio, es todo muy limpio. Olvidate de ver basura en las calles, por ejemplo. Cuando yo era niño ni siquiera había cloacas, todo se hizo después. Lo que me pasó ahora, estando en un hotel céntrico de Seúl, fue que no veía un solo indigente: nadie pidiendo en la calle, nada. ¿Sabés qué pensé? Que quizá los echaban a algún suburbio más alejado, para que el turismo no los viera. Después, un día que salimos a caminar con tiempo, vimos que algunas avenidas formaban túneles: entonces bajamos, y ahí nos encontramos con un grupito de indigentes. Eran cuatro o cinco, no más. Tenían su mantita, porque dormían ahí, pero también tenían celular. Es bien distinto. Lo que yo percibí es que era una decisión de esa gente, como si fueran outsiders.

“Es increíble cómo se expresan algunas cosas que tienen que ver con carencias o necesidades.(…) Como especie, estamos en un proceso constante de aprendizaje. Siempre estamos en el mientras tanto”

-Me interesó algo que te oí decir sobre el tango: que en Oriente funciona porque es una excusa para poder tocarse y liberar esas tensiones sin culpa.
-Todo tiene un porqué. Mirá, ahora está pegando la salsa, y eso no hubiera podido pasar si no habría llegado primero el tango. ¿Un ritmo caribeño como ese, tan despojado? No hubiera sido aceptado. El tango es sensual también, pero tiene una cosa de mucho respeto que encaja con el machismo de allá: el hombre lleva y la mujer se deja llevar. Ahora, ¿qué es eso de que una mujer pueda abrazar a un hombre que no es su pareja? “Bueno, no sé, viene de allá, pregúntenle a los latinos”, te dicen ellos. Es increíble cómo se expresan algunas cosas que tienen que ver con carencias o necesidades. Si nos ponemos a hacer números, fijate que todavía hay mucha más gente en el mundo que vive bajo las normas de esas costumbres y que no se tocan libremente: orientales, musulmanes, africanos, ¡empezá a contar! Lo que pasa es que las religiones se basan en principios represores. Yo creo que, como especie, estamos en un proceso constante de aprendizaje. Siempre estamos en el mientras tanto.

-Ya hablamos de tu pueblo de Corea, hablemos del Barrio Rivadavia en el Bajo Flores.
-Yo fui feliz ahí. Admiro a toda la gente noble que vive en ese lugar. Gente que labura por dos mangos, que muchas veces es discriminada de distintas maneras y que no pierde la sonrisa. Gente buena. Yo, que me creo buen tipo, pienso que si tuviera que hacer la vida que hacen ellos saldría a matar a todos, ¡sabés el resentimiento que tendría! Seguramente que no podría entenderlos si no hubiera ido a parar ahí cuando llegué. O sí, pero sin haberlo vivenciado, que no es igual. Yo me crié y me formé ahí, para mí Argentina es eso. ¡Sigue siendo eso! El teatro me lleva a un montón de lugares del interior, y es eso, es Barrio Rivadavia y Bajo Flores, y no tanto Saavedra ni tanto Barrio Norte. Yo ya no vivo en el Barrio Rivadavia pero conozco ese lugar emocionalmente. Tuve el placer de formarme ahí, ni siquiera es una pose ideológica, es parte mía. Ahí me hice los primeros amigos, ahí aprendí el idioma y ahí me hice de Boca. Todas las cosas que me gustan me pasaron ahí por primera vez. Podés estar mejor, podés crecer, pero hay lugares y momentos de la vida que te marcan. Yo, por mi temperamento, siempre estoy abierto, nunca digo “esto es para siempre”. Ese temperamento fue también el que me permitió dedicarme a la actuación de grande, probar, decidir que eso era lo que me gustaba. Pero el día de mañana, sinceramente, no sé. Ni siquiera pienso que vaya a morirme arriba de un escenario, ¡qué sé yo!

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