“El cannabis es la mejor droga complementaria que existe, la menos tóxica”

Texto: Franco Spinetta / Fotos: Emiliano Chico

 

“El ser humano que sufre tiene el derecho de aliviar su dolor y nada debería impedírselo”. El mensaje de Marcelo Morante y su hermana, Mariela, es una declaración de principios frente a la medicina (ambos son doctores) y también frente a la vida: la búsqueda imperecedera del bienestar, más allá de los supuestos conocimientos preestablecidos.

Así está escrito en el libro Sin Dolor, que los hermanos confeccionaron en conjunto para contar el giro imprevisto que tuvieron sus vidas hace diez años, cuando Mariela desarrolló una compleja enfermedad autoinmune conocida como Lupus.

Los Morante describen un universo muchas veces dejado de lado por la medicina: los dolientes, aquellos pacientes que viven una vida atormentados por los cócteles pastilleros y las secuelas de enfermedades que atrapan el cuerpo hasta retorcerlo.

La búsqueda por aliviar el dolor los llevó hasta el cannabis medicinal, en una trama que incluyó algo de suerte –encuentros fortuitos o no tanto- y la obsesión de Marcelo por devolverle una fracción de vida a su hermana que estaba postrada, deprimida y pensando sólo en la muerte.

De alguna manera, esta historia tiene un capítulo que cierra con el libro y la ley que acaba de aprobar el Congreso de la Nación, que regula el uso terapéutico de la marihuana. “Tarda en llegar, pero al final, al final hay recompensa”, dice Mariela, parafraseando la canción Zona de Promesas de Soda Stéreo; canción que, además, recomienda escuchar mientras se lee este artículo. En especial, la versión de Gustavo Cerati junto a Mercedes Sosa. “Me moviliza mucho”.

Desde hace un tiempo, Marcelo se convirtió, como investigador de la Universidad de La Plata especializado en tratamiento del dolor, en una referencia a la hora de hablar de cannabis medicinal. Sin embargo, su acceso al conocimiento estuvo atravesado por su propio dolor como hermano, el empirismo más acérrimo y la reformulación de los preceptos de la academia medicinal: la posibilidad de que la sabiduría no emane sólo desde su lugar de médico, sino de quienes practican una solución que da resultado.

“En 2007 sabía que algo andaba mal conmigo”, arranca Mariela.

-¿Cómo llegaron a diagnosticar el Lupus?
– Marcelo: Trabajábamos en el mismo hospital. Un día le digo que vaya a ver un paciente y que después nos encontrábamos en un café a charlar sobre aquello. Pero no bajó. Entonces empecé a buscarla y la encuentro recostada al lado del paciente y hablando con él. Una actitud… humana, pero demasiado confianzuda. Empiezo a advertir comportamientos raros. Le pregunté si le pasaba algo.
– Mariela: Quería hacer las recetas y no sabía qué poner, no sabía… venían los residentes a preguntarme cosas de medicina y no me acordaba nada.

Marcelo se detiene a explicar cómo actúa el Lupus. El cerebro, como estructura eléctrica, se bloquea. Deja de funcionar y empiezan las fallas en el habla, los pensamientos y la memoria. “La mirada… le noté algo en la mirada”, dice. Ese día, Mariela hizo convulsiones, pero no quedaba del todo claro qué tenía: era una médica sin diagnóstico. Cientos de análisis y nada.

Hasta que dieron con el Lupus, una enfermedad autoinmune que se manifiesta de muchas maneras. A Mariela le afectó la concentración, su ánimo mutó en depresivo, comenzó a sufrir aceleraciones del ritmo cardíaco. Y convulsiones.

“Hubo algo que la gatilló mal. La inmunidad tiene un gran componente emocional”, explica Marcelo. “Estábamos saliendo de la enfermedad de mi vieja, que tuvo un tumor de cerebro a los 54 años. Quizá fue eso”, reflexiona.

Tiempo atrás, habían leído un artículo sobre cannabis medicinal en un curso sobre medicina del dolor. No le dieron demasiada trascendencia, hasta que Marcelo reaccionó: “El primer tumor que responde al cannabis es el tumor cerebral, lo que tuvo nuestra vieja. Y luego la epilepsia refractaria y el dolor crónico, lo que tiene Mariela. Ahí empezó la búsqueda a través de la marihuana”.

 

“El cannabis logra modificar una ruta habitual de conocimiento, una ley básica que indica que los médicos decimos qué es lo que hay que hacer”

Ellos nunca, jamás, habían fumado un porro. Y mucho menos habían visto una planta.

“El cannabis logra modificar una ruta habitual de conocimiento, una ley básica que indica que los médicos decimos qué es lo que hay que hacer. El cannabis hace el camino inverso: el hijo lo busca para el padre, una mamá lo busca para la hija. Eso para mí, es muy atractivo”.

-Se modifica la relación médico-paciente.
– Marcelo: Una cosa que pasa habitualmente es que el tipo que tiene dolor viene a verme para que yo le diga lo que hay que hacer, dándome el poder a mí. Y yo lo que siempre digo es: “Loco, ¿qué haces vos por el dolor?”. Yo puedo colaborar. Lo interesante que tiene cannabis es que el paciente se lo plantea antes del médico. A un tipo que tiene 20 años de profesión, que ha visto pasar negociados, drogas que no sirvieron, que está todo vendido, que desconfía de la supuesta evidencia, lo tiene que hacer reflexionar: ¿no es esto una medicina más lógica? Es un planteo sensato.

-Todo lo demás está atravesado de tantos intereses.
– Mariela: Además yo estaba usando morfina y otros opioides, que tienen muchos efectos adversos. Esto (el cannabis) no genera efectos adversos, pero uno como médico no puede indicarlo. Pero si le hace bien, ¿por qué se lo vas a sacar?


Paulino, el curandero

Los Morante son oriundos de General Lamadrid, un pueblo ubicado en el centro-sur de la provincia de Buenos Aires.
“Nuestro abuelo, Paulino, era curandero y adoraba el aloe vera. Cualquier cosa que te pasara: ponete aloe vera. Tocaba el acordeón y tenía todos los dedos deformados por la artrosis. Pero antes de tocar, se embebía las manos de aloe vera y después arrancaba, si no, no podía tocar”.

Marcelo y Paulino tenían encontronazos por el rumbo que había tomado la medicina. “Él andaba a los 86 años en bicicleta y me decía: ‘cuando tu medicina haga andar a los viejos en bicicleta, hablamos. Por ahora la que funciona es la mía’. No se dejaba tocar. Cuando mi vieja se enferma con un tumor de cerebro, él hace un tumor de pulmón porque no se banca la historia. Sólo pude escuchar cómo me reprochaba que yo no podía salvar a mi vieja. Me tuvo un año así. Me enfocaba a mí como la medicina tradicional”.

Paulino y Emilia (la mamá de Marcelo y Mariela) se murieron con una semana de diferencia.

Para ese entonces, Marcelo estaba trabajando como médico rural en La Colina, un pequeño pueblo de 350 habitantes. Había llegado ahí por un pedido de su madre. “Fui a trabajar allá porque ella me lo pidió. Había estudiado en España, había logrado renombre en La Plata. Pero mi vieja me bajó de un hondazo: ¿por qué no podés ser médico de nosotros? Tenía razón”.

En paralelo, Mariela desarrolló el Lupus. “Tenía convulsiones, alucinaciones… estaba sedada todo el día. Tomaba cuatro anticonvulsivos, llegué a tomar 18 comprimidos por día. No existía. Pastillas para el Lupus, para las convulsiones, para la depresión”, cuenta.

Con la enfermedad ya diagnosticada y en franco avance, la principal preocupación era cómo sostener el tratamiento en el tiempo: “La medicación a largo plazo es una segunda enfermedad”.

Y entonces apareció la casualidad.

Cuando Marcelo estaba trabajando como médico rural en La Colina, conoció a un canadiense (de nombre Jack) que tenía un haras, donde criaba caballos de polo. Se juntaban a comer los martes a la noche. Un día Jack le cuenta que en una prestigiosa clínica francesa le habían diagnosticado un problema coronario. Marcelo desconfió del diagnóstico. Al día siguiente Jack lo llamó para contarle que no podía mover el dedo gordo del pie. Le hicieron una resonancia en General Lamadrid y Marcelo dio con el problema: tenía una lesión en la médula.
“Andate ya para Francia y operate porque podés quedar parapléjico”, le dijo Marcelo.

“Se fue hasta allá sólo para decirles que un médico con cara de indio había dado en la tecla con el diagnóstico. Se peleó con todos y me llamó para decirme que se iba a operar acá”.

Agradecido, Jack le prometió: “Cuando necesites algo, avisame”.

-Entonces sucedió lo de Mariela
– Marcelo: Claro, cuando surge lo de Mariela, lo llamo. Me consiguió una reunión con la gente que más sabe de cannabis en el mundo, en Toronto. Me contacté con un profesor de la Universidad de McGill, Canadá.

“Si hay un paciente que se vaporiza mucho tiempo, se vuela. Entonces yo les pido disculpas… y los tipos te miran… y te dicen: ¡qué me pedís disculpas!”

 -¿Cómo fue esa reunión?
– Marcelo: Me llevaron a ver plantas. Venden flores para inhalar. Me imaginé una clínica, pero me encontré con mil plantas de cannabis. Te vestís para quirófano, pero ves plantas. Al principio, lo que me generó fue un rechazo. Después me di cuenta de que lo que yo tenía no era rechazo, sino ignorancia. Si no sabés, lo primero que decís es: esto es una boludez.

-Te sentías atrasado
– Marcelo: Llegué al hotel y empecé a leer mucho. Era el 2014 y ellos tenían estudios desde el 2001.Tenía varios años de atraso, claro. Cuando me llevaron a ver pacientes dije: “Listo, es esto, hay que vaporizar”. Cuando volví a la Argentina, me echaron flit. Allá vi cómo pacientes que sentían dolor, vaporizaban y ¡se le pasaba la dolencia! Casos jodidos, como cáncer de páncreas.

-¿Te encontraste con más resistencia de la que esperabas?
– Marcelo: Me preguntaban que quién te va a aceptar vaporizarse. Yo les contestaba: vos porque no tenés dolor, si tuvieras cáncer de páncreas, sabés cómo vaporizas en dos segundos. Yo los veía a tipos tronados, que vaporizaban y les cambiaba la mirada… La mamá de Josefina (N. de la R: Laura Alasi, una de las impulsoras del cannabis medicial) me dijo un día que ella hacía medicina mirando a los ojos. ¡Y es así! El cannabis los pone en órbita.

-Esa es una gran diferencia con la connotación habitual de la marihuana, más relacionada con el cuelgue, la desconexión.
– Mariela: Acá es la gran diferencia con el uso recreacional.
– Marcelo: Si hay un paciente que se vaporiza mucho tiempo, se vuela. Entonces yo les pido disculpas… y los tipos te miran… y ¡qué me pedís disculpas! Como médico estoy preocupado por mí y el tipo me agradece que lo haya sacado del plano del dolor para que imagine boludeces. ¿Qué te moleste tanto que yo vuele?

-¿Cómo llegaste a plantearle a ella lo del cannabis?
– Marcelo: Volví de Canadá con la idea de hacer el tratamiento con ella, pero sabiendo que hay una familia, un esposo, un marco.
– Mariela: Hay mucho prejuicio, no en mí, pero sí en mucha gente.
– Marcelo: Acá hay una herramienta. Pero esto es la Argentina y está prohibido, venía de Canadá donde se podía hacer todo legal. En un momento apareció un aceite… de un cultivador, que lo entregó de buena onda.
– Mariela: ¡Se lo tomó él!
– Marcelo: Sí, esto no es Canadá. Tenía que saber qué le iba a dar a mi hermana, si tenía algún efecto negativo. Es decir, no tenía prueba de laboratorio como para saber.
– Mariela: El Lupus no se cura, yo sé que el aceite de cannabis no me va a curar. Pero el aceite me iba a mejorar otras cosas. Yo hice el tratamiento que “corresponde”, con inmunosupresores, seis horas con el bracito inyectándome. Con Marce tenemos una conexión… él vino y me dijo que había tomado un mes el aceite y me dijo que había dormido bárbaro. Yo una de las cosas que más sufrí fue no poder dormir bien durante la enfermedad. Me dio el aceite a escondidas de todos. Nadie hubiera aceptado que tomara una cosa más… lo tomaba de noche y la verdad… un sueño genial. Fui bajando el clonazepam. Se me armó el quilombo cuando se enteró mi esposo. ¡Conejito de india, no!

-Claro, nadie quería que sumaras una medicación y menos de prueba.
– Marcelo: Para todos era agregar un quilombo más. Yo de lo que estaba convencido es que la planta es tan noble que mal… no va a hacer. Pero decir esto en una sociedad que piensa lo que piensa sobre el cannabis es complicado. De las drogas que he visto yo es la mejor droga complementaria que existe, la menos tóxica. Siempre le buscan el lado para tergiversar.
– Mariela: Yo estaba súper triste, no podía estar sola con mis hijas, siempre acompañada. Un garrón. No podía mirar tele, no podía leer, no podía ejercer la medicina. Una mierda, una cagada lo que me estaba pasado. Tenía un humor… de tristeza. Empecé a tomar el aceite y comencé a despertarme con ganas de hacer cosas. Empecé a pintar cuadros, a hacer collares. Me agarró por el lado del arte.
– Marcelo: A veces los cultivadores piensan que la planta es milagrosa y que cura. La verdad es que no. Lo que hay que pedirle es que ella tenga buen apetito, que pueda dormir, que no tenga dolor.

-Y que pueda evitar algunas drogas.
– Mariela: Cuando se me arma con mi marido, Nacho, le digo de llamar a la neuróloga. Le cuento que había empezado a tomar aceite de cannabis y le pregunto si podía sacar uno de los anticonvulsivos, que era el que me generaba unas alucinaciones súper agresivas. Ella me dijo que no tenía ni idea, pero me dijo que si me hacía responsable junto a mi hermano, como médico, de lo que íbamos a hacer, entonces que fuera para adelante. Lo fui retirando de a poco.
– Marcelo: Si yo te pongo 6 miligramos de clonazepam, te mando a la cama. Después te pregunto por qué no tenés pilas. Yo lo que dije fue: vamos a recuperar a mi hermana para que pueda ser mamá. Yo no quiero que sea médica, si no puede. Yo tenía una calentura… el cannabis cae así a escondidas, ella se recuperó pero aun así seguía triste porque no puede ejercer la medicina. Entonces llegó el libro. Era la vuelta de tuerca que faltaba.

-¿En qué momento llegó esa idea?
– Mariela: Yo tenía ganas de morirme, no tenía ganas de vivir: ¿para qué iba a vivir? No lo expresaba nunca, pero a él no se lo podía negar. Dos días después vino y me dijo: hagamos un libro. ¿Cómo iba a unir palabras si ni siquiera podía hablar coherentemente? Pero era la única forma de hacer medicina, ¿me entendés? Él venía y me contaba sobre los pacientes que había tenido, los grababa y me los hacía escuchar. Entre el cannabis, la medicación que fuimos retirando y el estímulo del libro, me fui levantando. Estaba rodeada de gente que me quería y me daba fuerza.

-¿Cambió tu percepción médica del dolor?
– Mariela: Por supuesto. Me di cuenta de que mi dolor no sólo era por la enfermedad, sino por tener menos de 40 años y estar tirada en una cama sin poder de hacer nada.
– Marcelo: Yo soy científico y me habían convocado para escribir una guía americana del cannabis. Pero me parecía que eso no iba a aclarar el tema. Si hay que hablar de dolor, tenemos que hablar del propio dolor. No es el libro que esperaban en la Facultad de Medicina, pero tampoco los cultivadores, que creen que yo quiero hacer un monumento al cannabis.
– Mariela: Es la medicina desde el afecto. Vos podés medicar un montón de cosas, pero si no te sentás a escuchar qué le pasa al otro… es la medicina que falta.
– Marcelo: El gran ausente es el médico. Cuando se está muriendo alguien, es el gran ausente. A los residentes míos les digo: “Ojo con no golpear esa puerta y no entrar”. Ahí es cuando más te necesitan. Hay que aceptar que hay algo mucho más por encima de todos, que no podés controlar.

2 comments

  1. Mabel

    Maravilloso relato, yo tengo LLC en actividad y tomo cannabis y logre bajar los globulos blancos de 48000 s 28000 en menos de un mes, es decir es efectivo

  2. Pingback: La marcha silenciosa de los cultivadores solidarios – Relincho

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