Camila Sosa Villada: “La fiesta es llevarle la contra al mundo hasta hacerlo retroceder»

Texto: Cecilia Alemano / Fotos: Fabiana Casco

 

Ponerle algún adjetivo a Camila Sosa Villada sería como querer hacer pasar un elefante por un ojal. ¿Inmensa? ¿Original? ¿Provocativa? ¿Conmovedora? Es infinita. Catalogarla sería otro error: ¿Escritora, travesti, dramaturga, poeta, actriz, cordobesa? Ella es un misterio. En sus manos, las palabras pueden ser caramelos que se derriten con una tristeza lenta. O cuchillos recién afilados que destellan al sol. Camila tiene el don de decir. Lo que escribe – o lo que diga – resulta de todo menos indiferente. Y su voz, al igual que su escritura, conmueven.

Sus libros son de lo más precioso que dio la literatura reciente. Como La novia de Sandro (Caballo Negro), un poemario basado en su blog homónimo, cuyo primer poema arranca: “Soy una negra de mierda, una ordinaria una orillera, una cuchillera, el mundo me queda grande, el tiempo me queda grande, las sedas me quedan grandes, el respeto me queda enorme, soy negra como el carbón, como el barro, como el pantano, soy negra de alma, de corazón, de pensamiento, de nacimiento y destino”.

O ese pequeño y poderoso ensayo llamado El viaje inútil (Ediciones DocumentA/ Escénicas), donde la escritura y el travestismo se amasan juntas, como harinas del mismo costal. Como si escribir no fuera más que travestirse en signos gráficos. (“Hasta hoy no sé si me sucedieron esas vidas para que las escriba o yo las sucedí para poder escribirlas”).

O Las malas (Tusquets), ese viaje – hiperreal por momentos, surreal por otros – al corazón de un grupo de travestis que de noche, en el Parque Sarmiento, se enfrentan a lo más áspero del mundo y de día se repliegan entre las paredes rosadas y la vegetación exuberante de la pensión de la inolvidable tía Encarna.

-Dijiste, al igual que Claudia Rodríguez (escritora chilena, referente del movimiento trans latinoamericano), que las travestis tienen un modo “cruzado” de expresarse, por momentos confuso y hasta ilegible para quien no esté habituado.
-Sí. Nuestras formas de expresarnos no están teñidas de esa educación de mierda que por lo general tienen las personas cis. Son muy claritos, muy contundentes, muy elegantes, para no decir nada. Nosotras estamos por fuera de esa educación de la forma y como todo lo que hacemos, lo hacemos como podemos, con las pocas o muchas herramientas que hemos construido a partir de nuestra marginación.

-¿Existe una literatura trans?
-En mi caso me sirve nombrar así a esa escritura que está íntimamente ligada a mi travestismo. No en sus temas o en sus anécdotas tan sólo, sino en su gestación. Comencé a escribir y a travestirme al mismo tiempo, podría decir, y esa experiencia, intransferible para vos o para cualquier lector de la revista, es lo que yo nombro como una transescritura.

-¿Cómo es?
-Una escritura que se traviste, que deja los modos correctos de la literatura prostática (¡Ay! ¡Lemebel!) y comienza a transgredir, transformar, lo que se presenta como una práctica muy clara de cómo hay que escribir bien. Se debe hacer esto, esto, esto y esto. A los personajes se los construye así, a los hechos se los cuenta así, a la atención de lxs lectorxs hay que mantenerla así.

-¿Quién sería una referente en este tipo de escritura?
-Si tuviera que decir una gran trans-escritora diría el nombre de Marguerite Duras que no era travesti y sin embargo siempre atendió a SU escritura, sin importarle lo que un puñado de boludos célebres pudiera opinar de sus escritos. Por otro lado, la experiencia de leer escritoras trans es una experiencia común con el lenguaje. Susy Shock, Marlene Wayar, Naty Menstrual, Claudia Rodríguez, Luisa Paz, Sayak Valencia…

-En El viaje inútil se relatan a la par el descubrimiento de tu cuerpo, tu identidad, tu sexualidad y el de la escritura. ¿Creés que se incidieron mutuamente?
-Yo a veces no entiendo cómo las personas pueden vivir las experiencias selectivamente. Es decir: mi identidad la viví de tal manera, la escritura la viví de otra, fragmentando las consecuencias de vivir en cuartos bien diferenciados. Por supuesto que todo incide en todo. Es un misterio cómo se atiende a esta afirmación como si no fuera lo más natural del mundo. Es un solo cuerpo que escribe su propia historia, a los ponchazos, a machetazo limpio, pero es un solo cuerpo. No sé cómo quitarle el tonito de «obviamente» a esta respuesta, porque considero que es lo más obvio del mundo.

-La figura de tu padre, en ambos libros, es como la de una sombra ominosa, y sin embargo en El viaje inútil aparece ese resquicio de luz, en que él te enseña las letras, las palabras, los números. ¿Qué sentís hoy al recordar ese regalo que te dio?
-Pero la figura paterna es ominosa, como lo es la materna, como lo es la familia. No sé qué tipo de paternidad han vivido los demás, pero yo los veo escindidos, castigados, prometidos, amenazados, torturados por sus padres. ¿Por qué la figura paterna en mis dos libros, que por otro lado, no es la de mi papá, la de don Sosa, es destacable en ese sentido y no otras? Ni yo misma me atrevo a buscar a don Sosa en mis libros, es un personaje escrito y ya. ¿Por qué habrían de buscarlo los lectores? Lamento decepcionarlos pero ustedes están hurgando en un libro detalles morbosos para no prestar atención a otras cosas. ¿No hacen eso los padres además? ¿No enseñan a escribir y a leer? ¿A tomar los cubiertos? ¿A atarse los cordones? ¿No enseñan a robar, a despreciar, a hacer el pan, el arroz con leche? ¿Por qué debería atenderse a «la figura ominosa» de mi padre en mis libros?… Recomiendo leer el libro como si lo hubiera escrito una persona cualquiera, uno de sus tantos escritores favoritos… aunque eso no los lleve más que a una enorme decepción.

“Comencé a escribir y a travestirme al mismo tiempo, podría decir, y esa experiencia, intransferible, es lo que yo nombro como una transescritura”

-¿Cuál es la diferencia que encontrás entre escribir dramaturgia, poesía y prosa? ¿Dónde te sentís más cómoda?
-El hecho de escribir es siempre incómodo, ya desde el puro hecho de tener que permanecer en una posición incómoda frente a la computadora, la máquina de escribir o el cuaderno y la lapicera. Es incómodo para el culo, para la espalda, para la vista, para las manos. Después de años de escribir en la compu mis manos me duelen, las articulaciones crujen. Escribir es una experiencia incómoda. ¡Afortunadamente!

-En Las malas hay pinceladas de poesía que se incluyen con total naturalidad en una trama por momentos brutal. Como El brillo, como la lobizona, como la mujer pájaro. ¿Fue una decisión explícita o salió así? ¿Cómo hiciste para que se lean como parte de un relato tan autobiográfico?
-¡Yo jamás escribí un relato autobiográfico! No sé de dónde salió eso. No sé si fue la editorial, o el primer lector del libro que fue el editor, no sé quién cometió semejante imprudencia de comunicar el libro de esa manera obligándome a mí a dar respuestas que a otres escritorxs no les piden. Cómo se atreven, me pregunto yo. Cómo se atreven a hablar de mi vida con tanta soltura, dejar caer opiniones con tanta liviandad respecto a mi escritura. Sólo diré que repitiendo eso arruinan toda la magia que escribí, toda esa irreverencia por una palabra tan tonta como «autobiográfico».

-La muerte ronda en Las malas. Todo el tiempo. Cuando llega hay que recibir al niño que una fue, decís, es un pasaje bellísimo. Preparar la casa. ¿Cómo te relacionás hoy con la muerte? ¿Creés que se aprende a morir?
-Me acuesto con la muerte. Le hago el amor, la masturbo, la lamo, muerdo sus pezones, sus huesos mal rebañados, me siento sobre su pene y me balanceo con los ojos en blancos hasta que siento sus espermas muertos prender en las paredes de mi intestino. Luego nos dormimos abrazadas, como quien no quiere la cosa y al amanecer me da un beso en la boca, me trae el desayuno a la cama y se va a trabajar. Hay tanto muerto vivo suelto que llega cansada. Por eso soy amorosa con ella.

«La figura paterna es ominosa, como lo es la materna, como lo es la familia. No sé qué tipo de paternidad han vivido los demás, pero yo los veo escindidos, castigados, prometidos, amenazados, torturados por sus padres»

-Hiciste el papel principal en la película Mía, junto a Rodrigo de la Serna. ¿Qué te dejó haber filmado esa película? ¿Hay algo que cambiarías si la volvieras a filmar? ¿Harías otra?
-Mía fue una experiencia grandiosa. Sobre todo del buen trato. Por parte del director, Javier, que puso la vara muy alta respecto al resto de directores con que me crucé en esta vida. Éramos muchas travestis en el set y el clima de respeto era tal que los pájaros venían a comer de nuestro escote. Un director que para hacerte una marcación te habla al oído, te lleva de paseo por el set para hacerte una sugerencia. Esa fue la experiencia, además de componer un personaje como Ale, alguien de tamaña humanidad pero también de una esperanza tan devastadora, la de pertenecer a la sociedad. Lo cierto es que maté al Platón que llevaba dentro mío hace un tiempo y no me pregunto qué hubiera hecho sí, qué cambiaría en caso de… fue así, lo viví así, con los aciertos y desaciertos de una piba de esa edad, la que tenía cuando filmé la película, sin experiencia, con escasa formación, etc. Está bien lo que hice.

-Las malas se refiere a un gran periodo de prostitución al que acudiste como más del 80 por ciento de las travestis. ¿Qué pensás en torno a la prostitución como trabajo?

-Yo pienso del trabajo. Yo pienso que el trabajo es una mierda. Cualquier trabajo. Que nos inventamos excusas, como decir: amar el trabajo, amar lo que haces, pero que definitivamente es una mierda. Ocupar el tiempo que podríamos dedicar a dormir, a comer, a besar, a pensar, a escuchar música, en trabajar me parece espantoso. El trabajo dignifica, dicen también. Qué brutalidad, qué espanto de lugar común. Respecto a la prostitución, no creo que sea peor que ser periodista en la Argentina. Creo que con las travas hay un disciplinamiento en el hecho de que sólo podamos trabajar como prostitutas. Una reglamentación del estado, de la sociedad toda, de nuestras familias, de nuestrxs amigxs, para que las travas sólo podamos ganar dinero parándonos en las esquinas en condiciones paupérrimas de salubridad, seguridad, contención, etcétera. Ahí hay una alerta, es decir, no es un trabajo, es una imposición. Pero esto no es ninguna novedad, no creo que vos o cualquier lector de la revista no sepa quiénes y por qué son los responsables de nuestro destino como víctimas de la trata legitimada por el estado. Entonces acá yo me detengo y digo que no es un trabajo. Lo que no quita que las mujeres cis puedan decir: es mi trabajo, elijo hacer dinero con esta parte de mi cuerpo, con estas habilidades mías. Yo no puedo decir entonces que eso no sea un trabajo y que como tal, no merezcan todos los derechos que merece cualquier trabajador.

-¿Ser travesti es, como decís por ahí, una fiesta?

-La fiesta es la fuga, la fiesta es ser quien se te antoje ser y vestirte de la manera que se te cante y nombrarte de la manera que se pegue la chingada gana. La fiesta es llevarle la contra al mundo hasta hacerlo retroceder sobre sus propios pasos. La fiesta es no dejar que apaguen tu alegría.

-¿Y ser escritora?
No, ser escritora no es ninguna fiesta.

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