Ana Frenkel: “El pensamiento de unidad psicofísica está poco desarrollado”

Texto: Lucas Villamil / Fotos: Xavier Martín

 

Ana Frenkel acaba de pintar las paredes de su casa y en la entrada cambió el blanco por un verde suave. Diría que es verde helecho. Tranquilidad, armonía, eso es lo que transmite. Me recibe un viernes a la tarde con un té negro y galletitas. Es bailarina desde que nació, con la compañía El Descueve inventó su propio lenguaje escénico que logró llevar la danza hacia nuevos límites, y en los últimos años se convirtió en una de las profesoras de movimiento con más alumnos de Buenos Aires. Si, de movimiento. Yo fui uno de sus alumnos y en cierta manera lo sigo siendo. Pero cuando nos sentamos en la mesa de la cocina para empezar a charlar, el primer tema que sale no son las clases ni la danza, sino su opción por el budismo.

-Practico el budismo de la Soka Gakkai, el budismo de Dichiren Daishonin. La Soka Gakkai es la organización mundial que reúne a todos estos budistas, es un budismo japonés que ahora ya es del mundo. Nam-myoho-renge-kyo es el título de un sutra. Practico este budismo desde los 19 y ahora tengo 48, o sea que podría decir que es toda mi vida adulta. Arranqué porque mi mamá empezó a hacer la práctica y yo justo estaba en un momento crítico de la vida, no entendía bien quién quería ser, o hacer, y agarré la práctica y de algún modo me ayudó a entender cuál era mi esencia, mi parte más esencial en la cual yo podía desplegarme, sobre la cual montarme para realizarme, en primer lugar en lo profesional, en la carrera. Me gustaba Medicina, me gustaba Filosofía… Pero justamente esta práctica budista trata de desarrollar el potencial que uno tiene como ser humano en la vida, elevar el estado, y eso hace que uno encuentre cuáles son sus deseos más profundos, moverse en la vida de forma más adecuada a uno. Si uno sabe qué fruto es, se desarrolla con más potencia.

-Si tenés un objetivo claro todo se simplifica.
-Los objetivos aparecen cuando uno va entendiendo hacia dónde quiere moverse. Pero lo más esencial de la práctica budista es que uno eleva el estado de vida con uno y con los demás. En la organización de la Sokka Gakkai trabajamos para la paz mundial haciendo lo que llamamos la revolución humana. Es decir, hacemos nuestra propia revolución para generar revolución en los humanos, que desarrollen su potencial de estado dual, que es su amor compasivo. La Sokka Gakkai se creó en 1930, en Japón, en medio de la guerra del Pacífico, pero en cada lugar se desarrolla potencialmente con lo que son, con los mismos valores pero llevados a cada cultura. El budismo trata directamente sobre la paz, es una especie de equilibrio dinámico con uno y con los demás. En mi profesión fue todo el tiempo una guía porque empecé con eso.

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-Dijiste que en los comienzos te gustaban la medicina y la filosofía. ¿Cómo fue tu recorrido hasta llegar a la danza?
-Siempre me gustó bailar, desde que nací. En mi familia no tengo antecedentes, mi mamá en algún momento hizo expresión corporal, pero ellos eran más intelectuales. A mi mamá le gustaba la psicología, los temas sociales, estaba metida en política, y mi padre es economista. Pero a mi desde que tengo uso de razón me gusta bailar, los primeros recuerdos que tengo de chiquita son bailando. Pero después yo quería ir a danza clásica y no me mandaban, mis padres eran medio hippies y no querían que me formaran muy rígidamente.

-¿Cuándo empezaste a formarte en la danza?
-A los doce empecé con la danza contemporánea y enseguida empecé a bailar en el escenario. Bailar es algo que siempre hice. Pero en la adolescencia bailaba y no entendía que esa iba a ser mi profesión. Como que también había que seguir una carrera intelectual… También me gustaba mucho los asuntos del cuerpo a nivel medicina, la salud. Pero empecé filosofía y me di cuenta que tenía que estar mucho tiempo sentada, y que no tenía mucho que ver conmigo algo que tuviera que estar tanto tiempo quieta, asi que dejé la universidad y empecé a bailar.

Primero con Carlitos Casella, que es mi compañero de toda la vida, hicimos una obra, y después a estudiar, estudiar, porque para bailar hay que estudiar, hay mucha técnica y tenés que entrenar mucho, es un instrumento difícil de tocar.

 “Si uno sabe qué fruto es, se desarrolla con más potencia”.

-Después vino El Descueve y una época muy interesante y también muy conocida. Pero hagamos un salto al presente. Como alumno tuyo te escuché hablar, durante las clases, de anatomía, psicología, de los procesos internos… ¿Cuál es tu objetivo cuando das una clase?
-Lo encaro desde la posibilidad de descubrir, de encontrar un conocimiento de cómo nos movemos, de cómo nos pensamos en movimiento. En movimiento estamos siempre, más o menos conciente, desde que estás respirando hasta que estás asintiendo con la cabeza, mirando, moviendo las manos. Pero lo que a mi me gusta es un proceso de desarrollar conciencia acerca del movimiento y del funcionamiento, investigar esa unidad psicofísica que somos. Eso siempre fue así, recuerdo que cuando era chiquita quería enseñarle a la gente cómo moverse mejor. Yo veía que la gente se movía torpemente. A los ocho años les daba clases a mis tías abuelas, las hacía caminar… Al margen de que siempre me dio placer bailar, y el escenario y el hecho artístico, había una idea del movimiento y el desarrollo vital. De hecho bailar es un estado anímico, trotar es un estado anímico, contemplar y estar en el piso tirado es un estado anímico. Entonces la idea es ser consciente y decidir sobre esas cuestiones, y hacer todo un trabajo de investigación del uso de la estructura psicofísica, desde lo fisiológico al pensamiento y a la conciencia de ese uso. Toda esa investigación la hice más que nada en estos últimos diez años.

-¿Te pusiste a leer y estudiar conocimiento que ya existía o se trata de investigaciones propias?
-En realidad siempre lo investigamos, inclusive con El Descueve como directora, porque la expresión artística, el ánimo en el escenario, el tono muscular, está ligado. Pero… es interesante, en un momento me tuve que operar las cervicales, tuve una operación grande, tuve que dejar de bailar y moverme como me movía, y empecé a hacer una técnica de reeducación específica que se llama técnica Alexander. Ahí me sumergí en una cuestión divina que Alexander estudió, y sobre la que estoy haciendo la formación, que es el uso de uno mismo. Alexander es un señor australiano de 1930… todo lo que sigo es de 1930, parece que es una época interesante.

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-¿Y por qué te tuviste que operar?
-Tenía dos lesiones grandes entre las vértebras. Bailé mucho y muy intenso. En general, mi estar en el escenario era intenso. Sacudí mucho mi cuerpo, la pasé re bien pero me pasé un poco de rosca. También por eso me interesó cómo movernos sin lastimarnos. Claramente pasé el límite que tiene el cuerpo y me lastimé un lugar re importante que es la médula espinal, la médula nerviosa. Fue peligroso y por eso me tuvieron que operar. Fue como esas cosas de la vida que te marcan un antes y un después.

-Tuviste que desaprender algunas cosas… ¿Eso es algo que también intentás transmitir?
-La idea es poder despojarnos de formas de movimiento y de respuesta que fuimos creando a través de la vida y que están muy arraigadas, y que son mucho más limitadas que la capacidad inherente que tenemos de movernos, estructuralmente. Al movernos de una sola forma, todas las otras no se desarrollan. Por equis razones, usas menos movilidad que la que podrías tener. Entonces, en vez de pensar que tengo que aprender cómo se mueve, tengo que deshacer, porque el organismo potencialmente ya sabe cómo. Uno, lo que hace es intervenir en el proceso natural, porque llevamos una vida que para lo orgánico del cuerpo es bastante limitada a nivel movilidad. La idea de las clases es deshacer, soltar eso que ya conocemos y ponernos a investigar cosas muy básicas, como usar los ojos para moverte. En general usamos poco los sentidos, el uso de extremidades está bastante limitado. Esto a mí se me une con la práctica budista, la idea de que el humano tiene potencialmente una movilidad enorme, mucha capacidad. Por una cuestión se usa muy limitadamente y tenemos que hacer a través de la conciencia un trabajo para poder darnos cuenta de todo ese potencial. En vez de castigarnos porque es así, tenemos la oportunidad del uso conciente. El sistema nervioso tiene una capacidad para responder inmediatamente, y tiene la capacidad de no responder, del mismo modo. Y en esa no respuesta hay toda una información del organismo que resetea, reestructura y vuelve a informar que podría haber otras respuestas. Pero esa no respuesta que está en el sistema está poco entrenada.

“Sacudí mucho mi cuerpo, la pasé re bien pero me pasé un poco de rosca. Por eso me interesó cómo movernos sin lastimarnos”.

 -La costumbre te lleva a no alejarte de esa respuesta inmediata… ¿Todo esto tiene un correlato en lo psicológico? ¿Vos cuando ves un cuerpo captás lo que le está pasando a la persona?
-Bueno, en ese momento. Si, sobre todo podría decir que capto cómo se está usando en ese momento, dónde hay compresiones… Culturalmente estamos acostumbrados a dividir lo físico de lo psíquico, y en realidad es una división particular, porque no hay tal.

Somos una cosa, ¿no? Entonces en realidad lo que uno aprecia es una totalidad, que la apreciás por la vista, por el tacto, por la impresión que a uno le causa… Entonces, yo no es que tenga una capacidad particular sino que entreno una observación que también puede estar supeditada a mi estado.

-¿Somos cómo espejos?
-Eso, espejos. Uno de los trabajos conscientes es tratar de poder distinguir, observar al otro sin irte encima, sin pegarte, sin querer corregirlo. Pero volviendo a lo anterior, creo que todos observamos algo de esa totalidad, y uno de los trabajos que me parece interesante es no evaluar ni hacer un juicio inmediato de eso que uno observa, que con un alumno también es tentador, porque hay mucho más para seguir mirando. Muchas veces no sabés cómo el alumno va a hacer su proceso, no es muy directo, te sorprende.

-Más allá de que los procesos son todos diferentes, me imagino que con la gimnasia vas viendo cosas que se repiten. ¿Qué ves cuando caminás por la calle? ¿Hay algún patrón recurrente?
-Yo veo algunas cosas, pero son mis ideas. Noto mucho el uso de la computadora. Hace un par de años fui a la playa y tenía mucho tiempo para mirar cuerpos que no vienen entrenados. Y observé que los chicos de 16 a 30, toda la generación que se crió con el teléfono, el Ipad, qué se yo, los cuerpos tienen mucho menos tono, es bastante fuerte, se ven las columnas mucho más dobladas… No quiero armar terror, pero se ve. Y no lo digo de modo apocalíptico, pero el modo de vida se expresa. Antes no estabas nunca sentado o tirado en la cama más que para dormir, ahora hay un montón de movilidad menos, y yo lo veo. Es algo para tener en cuenta.

-¿Cómo ves a la educación?
-Me parece que el mundo lo que necesita es un desarrollo consciente del ser, porque sigue habiendo guerras, sigue habiendo hambre y mucha desigualdad, eso expresa que el ser humano evidentemente no sabe que somos una unidad con los demás y se sigue desarrollando como un individuo único, como si pudiera desarmarse de la humanidad. El pensamiento de unidad psicofísica está poco desarrollado. En oriente ya hay otras maneras de pensar a la unidad psicofísica como el ser. Me parece difícil hablar de educación porque desde mi posición privilegiada tengo una noción bastante pequeña en general. Pero desde la práctica budista, que le llega a toda la gente de distintos niveles sociales, la idea es unirnos para también sumar conciencia de las diferencias. Vivimos muy sectorizados, como en compartimentos, y lo que necesitamos es empatizar o abrir el corazón a los otros seres humanos, tratar de conocernos más. Por eso en las clases hacemos mucho trabajo de dúo, creo que tenemos que trabajar el contacto con los demás, dejar de pensar que somos como una cápsula y que los otros te entran o te salen.

-Como maestra ¿qué te gustaría tratar de cambiar?
-Si te digo un sueño, me gustaría que los chiquitos trabajen corporalmente antes de entrar a las aulas. Todas las secundarias me parece que tendrían que entrar directamente al campo de práctica de deporte para hacer algún trabajo de movimiento, bailar, no sé… Se canta el himno, se baila, se hace contacto, se estira y después te sentás a estudiar. Porque por ejemplo un pibe de trece, con el nivel hormonal y de adrenalina que tiene, lo tenés cinco horas sentado en una silla y es imposible que le interese algo, lo único que quiere es tener sexo ya, o correr, o huir. Y lo tenés ahí metido… Eso siempre me impresionó. Y los nenes también… yo no pondría sillas hasta cuarto grado. Que se tiren, escriban en el piso… Me dan ganas de hacer esas cosas, pero si me decís andá a la escuela tal, hay quinientos pibes… No sé, las situaciones sociales no son tan ideales, por ahí hay cosas antes.

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-Pasemos a la danza. ¿Se puede aprender a bailar?
-La danza como lenguaje tiene un montón de técnicas que estudian mecanismos de movimiento. Por ejemplo, la danza clásica, que estudié muchos años, trabaja mecanismos que te llevan a una forma particular. Si una persona se pone a investigar, baila, elige algunos mecanismos y de eso hace una técnica. Yo hice muchos años kung-fu, que para mí es la más integradora de todas.

-¿El kung-fu es una danza?
-Es un arte marcial pero tiene mucho de danza, de hecho tiene danzas dentro de la técnica. Después están los estilos de danza, pero si vos estudiás los mecanismos de movimiento después podés estudiar cualquier estilo. Es como aprender a tocar la guitarra, y después podés tocar jazz, clásico…

-¿Tu búsqueda artística actual por dónde va?
-Me metí mucho en el teatro últimamente. Tengo como dos vetas. Me gusta juntarme con amigos dramaturgos y mezclar el lenguaje del movimiento con teatralidad, que ya con El Descueve lo hacíamos. Y del movimiento más poético, más abstracto, me gusta investigar con los intérpretes y crear la danza que surja a partir de la investigación. Es lo que más me gusta, el movimiento que sale más genuino del intérprete, que es lo que siempre hice. Nunca me fue muy bien con las técnicas.

-Como consumidora de arte y espectáculos, ¿qué cosas te inspiran?
-De todo, es muy amplio. Me parece que tocan distintas fibras los distintos modos de arte. Me gusta el arte mezclado, no solo en la élite. Seguro no me voy a quedar con algo que sea muy cerrado, aunque me puede llegar a gustar.

 -¿A la danza le cuesta llegar al público masivo?
-Mirá, ¿viste Fuerza Bruta? Es danza, son cuerpos en movimiento. Pero es verdad que a la gente le decís danza y piensa en Tinelli. No está mal, por lo menos eso… Por suerte, Fuerza Bruta es un espectáculo de danza, poético, abstracto que es bastante popular.

“Me gratifica y siento que estoy más acorde con lo que quiero si el espectáculo llega a cualquier tipo de gente”.

-¿Quisieras que los espectáculos tuyos tengan una llegada más amplia?

-Sí, a mí me gusta que sean populares, me gusta que lo vea diversa gente, pero no se ni siquiera por qué. No es el objetivo en sí, pero a mí particularmente me gratifica y siento que estoy más acorde con lo que quiero si el espectáculo llega a cualquier tipo de gente. Pero no digo que eso esté mejor que otra cosa. Yo a veces veo cosas que son re chiquitas y me recontra pegan, me recontra emocionan. Yo no podría componer eso, pero entiendo que es hermoso.

-¿Hoy dónde está puesta tu energía?
-En este momento hice un paréntesis en la creación porque estoy estudiando para ser maestra en la técnica Alexander. Estudio muchas horas por día, voy a una escuela. Mi energía está muy puesta en la enseñanza y en el aprendizaje para enseñar. Pero tengo ganas de seguir abriendo… es como una intriga qué voy a crear. Estoy como suspendida. Hay proyectos que aparecen, se disuelven… A veces me da ansiedad, pero también entiendo que son momentos. Te tenes que dar tiempo. A mí me gusta mucho estar en la sala de ensayo, horas de investigación. Eso es tiempo, y se que lo voy a hacer, pero en este momento estoy bastante encantada con dar clases y además le encuentro un canal artístico.

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