Alfonso Barón: “Lo único que me hace tomar decisiones son los deseos”

Texto: Lucas Villamil / Fotos: Xavier Martin

 

“En el equipo de rugby yo siempre era el personaje que los hacía cagar de risa a los otros, y todos me decían ‘vos deberías hacer teatro’, pero nunca les di bola. Y después caí solo a eso, porque la sentí. Cuando estaba terminando el secundario me acerqué al teatro El Taller, en mi barrio, en la quinta sección de Mendoza, y toqué timbre. Me atendió Miranda. Nunca me voy a olvidar de su cara. Es una mujer muy guapa, particular, con piercings y un look loco de teatro… Me dijo: venite los sábados”.

Alfonso Barón conserva la tonada y los modismos cordilleranos. Descorcha un Pinot Noir y mientras lo sirve en amplias copas comenta: “Es bastante liviano y es rico, es una cepita así… distinta”. Pasaron pocos años desde que dejó las canchas del Mendoza Rugby Club, pero a sus casi 33 ya construyó una carrera artística que lo hizo pisar escenarios de la Argentina y el mundo. Hizo, entre otras obras, Grandes Amigos, con Mayra Bonard, La idea fija, de Pablo Rotemberg, Los posibles y Duramadre, con la compañía KM29 dirigida por Juan Onofri, y junto al actor Luciano Rosso y el director Hermes Gaido lleva nada menos que ocho años presentando Un poyo rojo, una obra de teatro físico tan simple como efectiva que los llevó de gira por el planeta y que ahora motiva la mudanza definitiva del trío a París. Pero antes de llegar a este presente lleno de promesas vale la pena volver a los momentos previos a la primera mudanza, al principio mismo de una transformación personal.

-Terminé la secundaria y tenía tres carreras en mente: música, psicología y teatro. Un poco por presión de mi viejo me tiré más a la psicología y empecé a cursar los sábados, por lo que tuve que dejar el taller de teatro. Perdí un espacio que me estaba cambiando literalmente la vida, con juegos grupales y cosas de desinhibición y comunicación… Y enseguida sentí que me faltaba algo. Yo, que soy muy inquieto, empecé a estudiar mucho, a leer, leer y leer -que me fascina-, pero el cuerpo me pedía otra cosa. Al final lo reconocí, dije: es teatro.

-¿Tuviste resistencia?
-¿Con mi viejo? Por supuesto. Mi mamá es una reina, como madre que es me dijo “quiero que seas feliz, te banco a morir”. Ella tiene toda una parte artística, es ceramista e historiadora del arte… Mi viejo es comerciante, labura en la calle, tiene una empresa de maderas con mi abuelo y tenía las preocupaciones que tienen los padres con los hijos, ¿viste? Si te corrés de esas carreras más convencionales sos un loco.

“Mi viejo me dijo en un momento: “¿Vas a estudiar teatro? Si son todos putos y drogadictos”. Y yo: bueno… ¡qué planazo! ¡Vamo a ver que pasa!”

Cuánto riesgo, de qué vas a vivir… Me rebelé contra mi padre y le dije: si no me dejás estudiar lo que yo quiero me voy de casa. Y me fui de mi casa, me fui unos días a vivir a lo de mi profe de teatro. Al rato volví. Entonces tomé una decisión radical que fue dejar de hacer deporte. Vendí mis tablas de snowboard y skate y dije oficialmente que no jugaba más al rugby, y a mi viejo le dolió mucho más eso que la psicología o la guita, porque él jugó al rugby toda su vida y yo era la excusa para seguir yendo al verde, a la cancha.

-Te tiraste de cabeza, ¿siempre sos de decisiones radicales como esa?
-Sí, cuando siento algo así… no soy una persona muy mental ni muy intelectual, soy mucho más animalito. Como de sentir, olfatear, soy muy intuitivo, voy a lo que siento, no a lo que pienso, y esto era innegable, era una cosa que me estaba tomando. Es impresionante lo que me hace el teatro. Yo tengo un antes y un después de esto que te estoy contando, mi vida cambió para siempre.

-¿Tu viejo al final lo aceptó?
-Con el tiempo se le pasó un poco toda la angustia de que iba a dejar de hacer deporte porque yo le dije que estaba muy convencido de lo que quería hacer. Nunca me voy a olvidar una frase que me dijo en un momento: “¿Vas a estudiar teatro? Si son todos putos y drogadictos”. Y yo: bueno… ¡qué planazo! ¡Vamo a ver que pasa! ¡Jajaja! Me pareció clave mi actitud de enfrentar y de nunca apichonarse en relación a lo que uno siente, porque me pasó de tener un montón de pares como yo con deseos muy claros en cuanto a algo que no pudieron llevarlos a cabo por el temor al padre, al qué dirán, a Mendoza, que es una de las provincias más conservadoras del mundo…

Cuando habla de su padre, a Ponchi se le escapa media sonrisa y se le ilumina la mirada a la vez que se le tensan los bíceps. Cuenta que tras esa primera decisión, mientras esperaba para hacer el ingreso a la carrera de teatro, empezó a hacer todos los cursos que encontró: dramaturgia, composición… Después empezó a estudiar y al poco tiempo entró a los elencos de la Universidad Nacional de Cuyo y del teatro “El Taller”.

-La convicción que tenía automáticamente tuvo una respuesta. Todo el engranaje empezó a funcionar y no pasaron muchos años hasta que lo convencí a mi viejo de que eso era un planazo. Me fue viendo en los escenarios, no se qué, hasta que llegué al máximo teatro que tenemos en Mendoza, el Independencia, y cuando llegué ahí mi papá dijo, ah…

Un poyo rojo es re simple, por eso la gente flashea tanto. Hay muy poco vestuario y escenografía pero se cuenta algo que nos mueve a todos, que es el amor; todos buscamos el amor”

-¿Qué obra era?
-Una adaptación de Carmina Burana, de Carl Orff, con orquesta en vivo. Eso ya era super físico porque me metí en una compañía de danza teatro que hay en Mendoza que se llama El Árbol, una compañía referente que dirige Vilma Rúpolo y que organiza un festival llamado Nuevas Tendencias, que tiene como quince años. Entonces bueno, ahí mi viejo, que me esperaba todos los partidos de rugby con un Gatorade, cuando salí del teatro Independencia todo chivado después de haberlo dado todo me estaba esperando en el hall con un Gatorade en la mano.

Y no dijimos nada. Nos miramos, nos pegamos un abrazo re fuerte que jamás voy a olvidar, me dio el Gatorade y entendí, con ese gesto, que me estaba dando la aprobación oficial de “te banco con el arte”. Un capo. Le costó, pero yo no di el brazo a torcer y me lo gané, siento que me lo gané a mi padre, que es un montón.

-¿Cómo decidiste mudarte a Buenos Aires?
-Con la compañía El Árbol fuimos a compartir una obra al festival de teatro de Rafaela, donde van obras de todo el país, y me encontré con un montón de compañías porteñas que la rompían, y ahí lo conozco a Juan Onofri, a Nico Poggi, a un montón de grosos así que los vi bailar y me les fui al humo. Yo cuando veo a alguien que me parece groso, en vez de tenerle envidia digo loco, quiero ser tu amigo, qué estás haciendo, dónde entrenás, compartamos.

-Y finalmente viniste a Buenos Aires.
-Sí, tardé como dos años porque tenía que terminar algunas cosas en Mendoza, seguir formándome un poco, y tomé la decisión. Plan A, el taller del San Martín, que son tres años y es gratuito y es excelente. No entré, yo ya tenía como 21 años y me dijeron que estaba grande. Plan B, el Instituto Universitario Nacional del Arte (IUNA). Entro al IUNA a estudiar danza teatro y al otro año entro en su compañía, que dirige Roxana Grinstein.

“Yo visualizo algo y voy y lo busco, tengo un nivel de convicción que me quedó del deporte, no me importa nada lo que hay alrededor”

 Y un año después de que no me dejaron entrar al San Martín me fui directamente con los más capos a dirigir una obra en ese teatro como asistente de coreografía, con Gabriela Prado, y Mauricio Wainrot, que era el director, me invitó a quedarme en la compañía. Les hice así (#X#) a todos los que me dijeron “estás grande”, con esas cosas que tiene la danza que te cagan la vida. La danza es muy puta. Yo tuve una novia que era bailarina del Colón y viví muy de cerca lo que es realmente ser un bailarín de ballet, y te enferman la existencia si no sos una persona coherente con vos mismo.

-Pero vos hiciste un recorrido dentro de la danza que iba por otro camino.
-Por supuesto. Yo ya venía con una información del deporte que nunca me la saqué de mi cuerpo. A través del teatro me enamoro del arte en general y conozco la danza. Pero no suelto el deporte, no suelto el teatro, me empecé a formar muy potentemente, y me vengo a Buenos Aires a hacer una carrera de danza. Cuando empecé a bailar aprendí muy rápido porque tenía un cuerpo muy educado, la información me entraba mucho más rápido que a otros. Yo empecé a estudiar a los 22 y en menos de dos años ya me llamaban para bailar. Aprendí con el oficio y con el estudio al mismo tiempo, que eso es muy latinoamericano. En Europa eso no existe, la gente hasta que no se recibe no se sube a un escenario. Acá mientras estudias vas armando una varieté, no sé qué… Allá nada que ver, no mueven el culo si no tienen un subsidio… Acá somos unos freaks, hacemos y después vemos, eso es maravilloso.

Al momento de la entrevista faltan solo días para que Barón se suba a un avión con un puñado de proyectos muy claros. En París lo esperan nuevas transformaciones. Las valijas ya están hechas pero en su departamento de Palermo el movimiento es el de siempre. El vino, las flores, sus amigos…

-¿Tenés ansiedad? ¿Miedo?
-En general el trabajo, en mi vida, lo tengo muy bajo control. Tengo mucho miedo respecto a los afectos. Soy una persona muy cariñosa y mis problemas son más bien afectivos. El arte lo tengo muy bajo control, vamos a hacer funciones con Un poyo rojo, giras por todo el mundo como venimos haciendo hace tres años, vamos a producir un espectáculo nuevo, voy a seguir con mis clases, doy seminario en muchas partes… Y tenemos el deseo de abrir una escuela de teatro físico en París. Allá están la escuela de Lecoq y la de Philippe Decouflé, entre algunas otras, pero son escuelas con información del mil ochocientos. Nosotros tenemos una data mucho más novedosa, más actual… de mixtura, porque los argentinos somos unos atrevidos.

-¿Cómo describirías lo que hacen ustedes?
-El lenguaje que trabajamos nosotros es super popular. No es elitista, para entendidos. Viene el chino del super de enfrente y la pasa bomba con su mujer. Es bastante concreto, a mí me gusta que las cosas se entiendan, la abstracción medio que me hincha las pelotas, yo no soy un intelectual, soy más cabeza.

-Muchos de los proyectos en los que estuviste duraron mucho tiempo en cartel, y con Un poyo rojo están hace ocho años. ¿Cómo hacés para no aburrirte?
-Justo ese espectáculo tiene unas magias maravillosas que es que trabajamos con una radio en directo. Entonces la radio es local en cada ciudad del mundo a la que vamos. Sale el audio de la radio a pilas. Si estamos en Ucrania sale en ucraniano, si es en Rusia sale en ruso, estamos en London y sale en english. Entonces ahí te acercás mucho al público porque la gente reconoce las publicidades, salen las noticias locales del momento, a nosotros nos refresca mucho el material. Y por otro lado, los primeros veinte minutos del espectáculo son improvisados, hacemos como una especie de competencia a ver quién tiene la pija más grande: yo hago esto, entonces yo hago no sé qué… Y todo eso es un juego delirante que con Luciano lo vamos cambiando, y el director dice “hey, eso que hiciste es una bomba, guardatelo un rato”. Entonces me lo guardo, lo pulo bien, me voy creando una fantasía, “una fanta”, como dirían los pibes. Hay una composición instantánea que tenés la posibilidad como artista de ir jugandotelá. Si vos me decís que estoy haciendo Othelo hace doce años, que tenés un texto a rajatabla… Nuestra dramaturgia física la vamos reescribiendo todo el tiempo.

-¿Hay algo que siempre tiene que pasar sí o sí?
-Sí, tiene eso, hay un changüí de improvisación pero hay un montón de elementos que tienen que estar sí o sí, además de algunas coreografías y momentos exactos que no se pueden modificar. Tiene una dirección clara, es la historia de amor entre dos seres que pueden ser un gato y un perro, un hombre y una mujer… justo se da la casualidad que son dos hombres. Es como todo lo que sucede previo al primer beso, todo lo que uno hace para conquistar al otro: le mostrás lo que hacés, lo que no hacés, lo escuchás un rato, le competís, todo el coqueteo previo hasta llegar al amor. Es re simple, por eso la gente flashea tanto. Es volver a las bases. En un mundo tan globalizado, con tecnología y cosas, volvemos a lo primario y primitivo. Hay muy poco vestuario y escenografía pero se cuenta algo que nos mueve a todos, que es el amor; todos buscamos el amor.

-¿Y ahora están en proceso de creación de una obra nueva?
-A diferencia de Un poyo rojo, que es muy minimalista y está diseñada para viajar, vamos a hacer una obra totalmente contrapuesta donde vamos a ser como siete artistas en escena y vamos a usar twitter, skype, facebook, instagram, traductores de idiomas, vamos a hacer la música nosotros, en vivo… Estoy aprendiendo a usar una loop station, que es una maquinola grande con un montón de efectos, y quiero rapear y cantar, porque me gusta hinchar las bolas. Nos compramos pelucas, tacos, con Luciano… vamos a hinchar las bolas jodido.

“Mi amigo Ale me dijo: “Todo esto que tenés acá es tuyo, anda a buscarlo, agarralo y no le temas a eso”. Pero por momentos es un montón, me agarra culpa todavía”

 -¿Ya saben dónde la van a hacer?
-Todo, todo. Nosotros trabajamos con varios productores. Acá tenemos a Laura Rauch, pero también están Maxim y Jonathan, de Timbre 4, que nos mueven una parte del mundo y… otras partes del mundo, y nuestros productores franceses -Quartier Libre Productions- se ocupan de toda la parte francófona.

-Vos cuando te vas a dormir a la noche, de repente… ¿reflexionás? Tengo dos productores moviendomé por el mundo…
-Yo no lo puedo creer, te lo juro que no lo puedo creer. Cuando me empiezan a pasar todas estas cosas de que tengo productores, y que puedo vivir de lo que hago, y tomo decisiones, soy mi propio jefe… me suceden dos cosas: una, tengo un poco de miedo, desconfianza, “todo esto es genial pero, ¿en qué momento algo va a salir mal?”. Y otra, la culpa. Me empezó a agarrar culpa. ¿Por qué me tratan tan bien? A mí me pasa algo muy loco y es que yo acá vivo con Ale, que es un amigo que yo quiero mucho, y él tiene una vida espiritual muy rica: es reikista, meditador, se define como turista de prácticas religiosas. Un capo. Se mete con los krishna, hace prácticas con ellos, todo lo que le gusta se lo guarda y se va con los budistas un rato. Les roba una data, divino, entonces después se va a meditar con los nosequién. Y Ale me dijo algo re lindo, que todas las cosas que a uno le suceden son de uno. “Todo esto que vos tenés acá es tuyo, anda a buscarlo, es tuyo, agarralo, agarralo y no le temas a eso…” Pero por momentos es un montón, me agarra culpa todavía.

-Pareciera que la convicción es la clave para que te pasen muchas cosas…
-Yo visualizo algo y voy y lo busco, tengo un nivel de convicción que me quedó del deporte, no me importa nada lo que hay alrededor, voy con el machete y hasta que no lo agarro no paro. Es la seguridad. Pero hay otra palabra que me encanta y también viene del deporte, que es la humildad. Nuestro entrenador de rugby todo el tiempo nos enseñaba a agachar la cabeza e ir a entrenar… A mí lo que me moviliza son los deseos, lo único que me hace tomar decisiones son los deseos. Cuando yo deseo algo lo escucho mucho. A veces es difícil saber qué querés hacer, pero cuando tengo claro qué es lo que quiero, soy imparable, no hay absolutamente nada que me pueda correr de lo que yo deseo. Imaginate, me le paré de manos a mi viejo, me cagué en toda la high society mendocina…

La entrevista podría terminar acá. Sería un buen cierre para una charla que terminó en el jardín con una sesión de fotos en la que fotógrafo y entrevistado festejaban cada toma saltando y riendo como niños. Pero queda un dato suelto que no se puede dejar pasar. Un día antes de la entrevista, Alfonso Barón terminó de filmar su primer rol protagónico en cine.

-Ya había hecho algunas películas con Santiago Mitre (Los Posibles) y Hernán Guerschuny (El Crítico). Ésta la dirige Marco Berger, es una película de temática gay, y es un planazo. Somos dos protagonistas, Gastón Re y yo.

-¿Te gusta el cine?
-Me encanta el cine, boludo, quiero ser actor de cine para siempre. Y si digo eso, agarrate. ¡Jajaja! No, me encanta el cine, es re distinto a lo que vengo haciendo y me parece una forma de ir creciendo respecto de la actuación. Seguir sumando material y hacer algo nuevo. Como actor, es medio el sueño del pibe.

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