Aldo Sessa: la lluvia, la luz y tres millones de fotografías

Texto: Luz Carou / Fotos: Xavier Martín 

 

Esperamos. Nos encontramos en un ambiente amplio, despojado, con techos altos e iluminación cálida. Las paredes son blancas, muy blancas. Hay varias gigantografías colgadas a lo largo y ancho del espacio, y hay una pintura. También hay una mesa a tono con el piso de pinotea, seis sillas blancas, una pantalla plana, libros de fotografía dispuestos de manera precisa sobre algunos estantes y silencio; no hay ventanas. En verdad, las únicas dos grandes ventanas están cubiertas por blackouts, también blancos. No hay adentro ni un rastro del frío ni de la lluvia que cae desde hace días sobre el empedrado del Pasaje Bollini, en Recoleta, pero sí hay una puerta -también blanca- que en minutos será abierta.

Respetando al silencio, esperamos. Recorremos con la mirada las fotografías, la mayor parte en blanco y negro. Sin saber si estará bien o no, bajamos casi en puntas de pie unas escaleras y la sensación es la de estar ahora en una galería de arte. Hay un sillón sin respaldo en el centro de la sala, como los que están en los museos para hacer un alto y apreciar las obras, hay colgadas varias gigantografías más, hay cámaras de pie antiguas en dos esquinas, hay una vitrina con cámaras de fotos de 1850 en adelante y hay, cerca del techo, una única ventana tipo ojo de buey a través de la que se ve cómo cae la lluvia. En el instante en que comenzamos a sentirnos como si fuese nuestra propia casa, la puerta se abre y el fotógrafo Aldo Sessa entra con absoluta puntualidad, a las 12:30, en escena.

Sessa se acerca, saluda amable, casi con afecto. Su presencia impone respeto y calma. Sin demasiado preámbulo, con entusiasmo, marca el ritmo: la entrevista no podrá extenderse más de una hora porque los días de lluvia tienen para él la mejor luz, y tiene todo listo para ir a sacar fotos a La Boca. Con suerte, también intentará fotografiar el eclipse de luna llena. “No sé si se ve, si no se ve, pero tengo todo preparado y lo quiero a hacer. Estoy con garra, es una pasión”, comenta.


Un mes antes de la entrevista, el fotógrafo cerraba en el Museo de Arte Moderno la ambiciosa muestra Aldo Sessa 1958-2018: 60 años de imágenes, y ya piensa en los próximos 60. Se trató de una selección de 700 fotografías -en su mayoría inéditas- de entre más de 800.000 de su archivo personal (aunque más tarde dirá que son cerca de tres millones de fotos). La directora del MAMBA, Victoria Noorthoorn, lideró la tarea de selección y curaduría junto a un equipo de diez personas que trabajaron de sol a sol durante cinco meses en el estudio de Sessa. El diseño del montaje fue creado por la escenógrafa y cineasta brasileña Daniela Thomas, y quien visitaba los 450 m2 de la sala principal del subsuelo se quedaba sin aliento: organizada en nueve secciones, la muestra recorría la Buenos Aires de las décadas de 1950 y 1960, los años de fotoperiodismo de Sessa, el detrás de escena del Teatro Colón, sus retratos a reconocidos artistas, políticos y escritores, la visión de New York –su segunda casa desde 1962-, y sus viajes por el mundo.

“Un fotógrafo está regido por la imagen, por lo que tiene enfrente, por lo que quiere capturar y tener, y desea ser poseedor de todas esas cosas, de la gente, de los países; querés tener todo ese panorama en tu bolsillo”

“Cuando entré por primera vez me resultó perturbador, porque desde el punto de vista de un fotógrafo, me encanta observar. Yo veo la foto, quiero tener una copia en la mano y observarla, pensarla, encontrarle su encanto, sus defectos, su particularidad. Entonces, numéricamente, 700 es una cantidad apabullante. Hay una que te atrapa el ojo, mirás ésa e, inmediatamente, todo lo que está alrededor no lo ves, o te confunde. Pero el balance, el conjunto, fue un hallazgo. Fue una exposición muy insólita y con el público funcionó, nunca tuve una reacción como ésta, jamás en mi vida. También fue una acción que no conocía a nivel internacional, en la que un museo con su equipo técnico invade tu vida, tu lugar, tu espacio, tu intimidad y tu archivo. La frutilla del postre fue que me rompí el hombro en seis pedazos en una caída al día siguiente de haber entrado ellos”, recuerda.

Todo el mundo quiso operar a Sessa. Pero como la fractura había quedado en su lugar exacto, por fin, un médico le dijo: “Tenés mucha suerte porque todo esto no está fragmentado. Si a vos se te soldara así, quedás con el hombro nuevo”. Con varias opiniones en contra y dos voces a favor, la suya y la del galeno que le prometía el milagro, Sessa decidió ponerle “una fe enorme al hecho de que se soldara”. Y se soldó. En paralelo a la faena para la muestra del MAMBA, debió hacer dos viajes a los Estados Unidos, continuar trabajando en la publicación de un libro que debía ser enviado a una editorial en China y luego volver a presentarlo. “A un brazo nunca lo podés neutralizar”, sostiene el fotógrafo que ahora, como si fuese un águila, despliega sus brazos, sonríe y afirma: “La fe funcionó”.

“A los 17 años tenía mucho miedo de la matemática de la fotografía. O sea, las ecuaciones, la fotometría, el diafragma y la velocidad creía que eran algo marciano para mí”

No sólo la fractura del hombro fue un bemol para los preparativos de la muestra. “Ví mi vida a través de la cámara”, cuenta Sessa. “Es algo que te sorprende, te afecta, porque a mí, por ejemplo, ver cosas del pasado a nivel familiar, me hace tomar una consciencia de cómo crecieron mis hijos, mis nietos. Voy viendo todo lo que pasó en la vida, en muchos años, 60 en este caso, y entonces me da mucha nostalgia. No me gusta. No es algo que disfruto, sino que sufro”, revela, pero asegura que sintió placer por reencontrarse con imágenes que hacía tiempo no veía. “Me acuerdo de cada momento, de la luz, de quién estaba, quién no, quién es quién. Me resultó muy interesante y, efectivamente, importante. Un fotógrafo está regido por la imagen, por lo que tiene enfrente, por lo que quiere capturar y tener, y desea ser poseedor de todas esas cosas, de la gente, de los países; querés tener todo ese panorama en tu bolsillo.”

Sessa, que nació en Buenos Aires en 1939, cien años después del nacimiento de la fotografía, vivió una infancia rodeada de arte. Su abuelo materno había fundado en 1928 los laboratorios cinematográficos Alex, y su abuela y su madre sabían revelar. De niño asistía con su mamá a las clases de escultura de Lucio Fontana. “Fue un muy buen intercambio entre la vida que yo hacía, si se quiere, burguesa, con el arte, que me apasionó de entrada. Tenía muy buenos diálogos con mi madre, que era muy artista y muy creativa, y eso me ayudó muchísimo”, recuerda.

A los diez años comenzó a explorar el dibujo y la pintura en el taller de Marcelo de Ridder, expuso a los doce y siguió hasta los 17. “Seguí pintando hasta el año 90, muy activamente. Cuando dejé la pintura había hecho 200 exposiciones en todo el mundo. Pero a los 17 años tenía mucho miedo de la matemática de la fotografía. O sea, las ecuaciones, la fotometría, el diafragma y la velocidad creía que eran algo marciano para mí. Nunca estudié matemática, fui un alumno desastroso en el colegio. Pero un día le pedí a un amigo que tenía una Leica si me la prestaba para dar una vuelta a la manzana. Le dije ‘poneme la luz’. Tac, midió, salí y saqué un rollo”. En ese rollo hubo una foto, la última, en la que se veía a la madre del amigo de Sessa. Llevaba puesto un sombrero de paja y estaba de espaldas, con el fondo fuera de foco. “Y me encantó”, subraya y se le enciende la mirada. Fue amor a primera vista. “Ahí me re copé con la fotografía. Mi madre me financió en La Casa del Fotógrafo, en cuotas, una máquina que no era buena, pero estaba muy bien para empezar, y bueno, seguí, pero luchando entre la pintura y la fotografía hasta que a la última no la pude parar más”, cuenta.

Para Sessa no fue fácil, pero sí natural el pasaje de la pintura a la fotografía. Tenía entrenamiento encima porque, como pintor, tenía resueltos la composición, el volumen, la observación de la luz, la sombra, la caída de la sombra, los reflejos. “Estuve muy concentrado en la pintura a partir 1972, cuando me contrató la Galería Bonino, de Buenos Aires y tenía que pintar para exposiciones en todos lados, vivía encerrado. Ahí sentí el agobio de la soledad. Me levantaba a las tres de la mañana, había pintado todo el día, subía al estudio de mi casa, miraba el cuadro, agarraba el pincel, tocaba una cosa. Inmediatamente que tocás algo tenés que compensar otra, y me quedaba en el estudio. No me podía despegar. Cuando iba a reuniones sociales, estaba totalmente fuera de la realidad. El no sentir los ruidos del tráfico, el no ver el sol, no caminar, no hablar, todo eso se te mete adentro y te sentís un tarado porque estás perdido en tu mundo. Cuando me mudé a otro estudio que estaba cerca del Botánico, lo visitaba o me iba al zoológico a probar máquinas, y me quedaba dos, tres horas, y ahí recuperaba mucha energía. Fue una lucha de qué primaba de las dos cosas, hasta que dije ‘basta’”. El resultado ya lo conocemos.

“Disfruté todo y he sido realmente muy feliz. Es una vida tan rica que, cuando alguien me habla de edad -yo tengo ahora 78 años, en breve 80-, siento que he vivido 160, no 80. En gran parte, gracias a Borges”

Sessa observa. Respira de manera pausada. Pareciera, en verdad, que respira a través de la mirada. “Yo te voy a dejar que hagas las fotos que quieras. Vos estás detrás del visor, que es lo que manda tus sensaciones y sentimientos”, le dice al fotógrafo de Almagro Revista, quien carga ahora con su cámara el desafío de fotografiarlo.

“Creo que lo más importante es la mirada, el ojo, ser muy observador, estar muy atrapado por la luz, hay que observar la luz, y para eso tenés la mejor del mundo, que es el sol, pero no para usarla como dice Kodak, sino para saber cómo va a evolucionar durante el día. Si estás frente a algo, te orientás con el sol y decís ‘esto va a estar mejor a tal hora o tal otra’”, recomienda Sessa, y concluye: “La fotografía te dinamiza, te alienta, podés resolver cosas. Yo ahora resolví unas fotos de (Daniel) Barenboim en una sola foto, extraordinaria, que es rara, muy rara. Quedó fantástica. Entonces eso me da mucha energía creativa, porque ya estoy pensando en la próxima. Esa dinámica te atrae mucho y te mantiene despierto, vivo y latente.”

Además de la pintura y la fotografía, Sessa colaboró en libros con Jorge Luis Borges, Manuel Mujica Lainez, Silvina Ocampo y Ray Bradbury. El primero, con Borges, fue el libro Cosmogonías. “Disfruté todo y he sido realmente muy feliz. Es una vida tan rica que, cuando alguien me habla de edad -yo tengo ahora 78 años, en breve 80-, siento que he vivido 160, no 80. En gran parte, gracias a Borges. Cuando presentamos el libro con él nos quedamos sentados para unas fotos que sacaban. Detrás nuestro había un cuadro que había pintado yo, llamado Antes del Principio. En ese momento, Borges me dice: ‘Usted hoy avanzó 10 años en su carrera’, y agregó: ‘Estamos unidos por la misma vocación, el arte’. Yo respondí: ‘Sí, claro’. Y mudo, nada más. Con el tiempo decidí nunca más vivir un año de 365 días, decidí que había que trabajar más. O sea, ha sido una vida intensa, muy fructífera, muy interesante, sobre la que tengo una memoria de elefante y me acuerdo de cada situación: del olor del aire, de los lugares, de los momentos, porque hay miles de historias, miles de tramas que se tejen.”

Llega el momento de las fotos. “¿Vieron ahí afuera?”, pregunta Sessa, que ahora abre la misma puerta blanca por la que había entrado. Llueve un poco. “La luz está linda, es la mejor que hay”, le dice al fotógrafo, como buscando aprobación. Estamos ahora en un patio, en una antigua entrada de carruajes, con mucha vegetación, pequeñas esculturas, estatuas de piedra, un cartel en lo alto en el que se lee Fiat Lux (en latín, “que se haga la luz”), una lucarna de la vieja cervecería Quilmes que, cuando la trajeron y descargaron, le aplastó el auto, y hay también otra puerta, la entrada al corazón de la casa: el estudio de Sessa.

Sessa no puede evitarlo. Por un momento, parece haber olvidado la media hora de más que lleva ya la entrevista, al equipo listo, a la lluvia, a La Boca y al eclipse de luna llena. Entre foto y foto, saca su iPhone del chaleco, y con cierto disimulo prepara la cámara y dispara. Enfrentados los fotógrafos, se divierten, juegan, felicita al colega, lo alienta. Respetuoso, también hace sugerencias, y va en busca de una Leica II. “¿Vieron qué estuche más lindo? Es una belleza esta máquina. Nunca me saqué una foto con ella”, dice. Mientras acerca la cámara a su oído, con la mirada perdida en la luz del cielo, acciona el obturador, suspira y dice: “Escuchen, escuchen… Beethoven.”

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