Rodrigo Alonso: “Acá no existe un curador estrella”

Texto: Nicolás de la Barrera / Fotos: Karin Idelson

 

En este momento, el trabajo curatorial de Rodrigo Alonso se exhibe al público en tres puntos de la Ciudad, en tres instituciones de arte y cultura distintas. Pero que su nombre aparezca en simultáneo en varios lugares a la vez no resulta una novedad. A los 51 años, da la sensación de que Alonso tiene un ritmo de trabajo bien aceitado, o muchas ofertas laborales, o probablemente ambas cosas, y entonces es habitual cruzar una curaduría suya en los principales museos o centros culturales porteños.

La cita con el curador argentino más reconocido se pacta en una cafetería de la zona de Recoleta que, en su interior, tiene un mural original de Marta Minujín. Un detalle de color, si se quiere, para una charla con un especialista en arte contemporáneo. Sin embargo, ocurre una casualidad más grande porque, a su vez, un importante coleccionista local y Marta Minujín hablan lo más tranquilos en otra mesa. Rodrigo Alonso llega puntual y el saludo entre las tres figuras del arte es el de quienes ya se conocen hace rato y se ven cada dos por tres. Se podría decir que no hay mucha sorpresa en el encuentro, que pasa rápido, porque Alonso se presta de lleno al diálogo.

Hace pocos días inauguró Pensar en abstracto, la muestra que abre la temporada en el Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires (Macba), y que reúne obras de artistas como Rogelio Polesello, César Paternosto y Martí­n Pelenur, entre otros. Al mismo tiempo, y desde diciembre, su exhibición El museo de los mundos imaginarios, en el Centro Cultural Recoleta, sigue dando que hablar. Allí se cruzan los dibujos de Harry Potter, una pintura de Xul Solar, una hermosa instalación de Marcela Cabutti y las sirenas de Marcos López y Susan Consorte, entre otras 70 obras de 30 artistas.

“Es una exposición que pensé originalmente para el Museo de Arte Contemporáneo de Mar del Plata, que está muy pensado para turistas, para gente que va a pasear, entonces es una exposición que desde el comienzo fue pensada para que fuera atractiva para el público en general y que no fuera exclusivamente para el mundo del arte. De ahí surge un poco la idea de mezclar obras de artistas muy reconocidos, muy consolidados, con otras obras de artistas menos conocidos. Entonces están los dibujos de Harry Potter, pero al lado está Xul Solar o Gyula Kosice, que son como artistas de la historia del arte. Todas las obras tienen su metáfora pero la idea es que tengan una primera lectura inmediata.”


– Actualmente en el CCK también hay otra muestra con tu curaduría, pero de performance.
– Dentro del mundo del arte me dediqué, podríamos decir, a los medios no tradicionales. Empecé con el video, con el arte electrónico, con las nuevas tecnologías, y después me interesé mucho en performance, que era algo muy marginal dentro de las artes. Como la conozco a Marta (Minujín) hace 200 años -fui su asistente en los 90- ahí me vinculé mucho con el tema de la performance. En el año 99 hice una exposición grande sobre la historia de la performance en la Argentina, en el Museo de Arte Moderno. Para la muestra del CCK me convocaron para hacer algo que tuviera que ver con la performance, y pensamos en esta idea del movimiento, de distintas formas, algunas más ligados a lo teatral, otras más performáticas y otras más ligados a la danza. Entonces fue buscar diferentes apariciones del movimiento en el arte contemporáneo, más mucho video, fotografía, todas cosas de rápida lectura. Así es como un poco surgió la exposición.

– Los actores dicen que antes de salir a escena, en el estreno de una obra tal vez sienten un cosquilleo. A vos, antes de estrenar una muestra, ¿te pasa algo parecido?
– Hace bastante que trabajo en esto, por lo cual no me pasa mucho eso y estoy presente en lo que hago pero no físicamente. Me gusta ir a las inauguraciones pero si no fuera me daría igual. Lo interesante es que es el momento en que todo cierra, en que todo finalmente está terminado.

– En otra entrevista remarcaste la importancia de las relaciones públicas en el mundo del arte, pero recién comentabas que no te interesa ir mucho a las inauguraciones.
– Sí, es verdad, soy medio raro porque entiendo perfectamente el mecanismo del mundo del arte y sé que es importante la relación pública, pero por otra parte soy bastante… no tímido, porque no soy tímido, pero le huyo a los grandes tumultos de gente. O sea, me gustan las cosas más tranquilas. Las inauguraciones siempre son con mucha gente y todo el mundo viene y te habla, y yo le huyo un poco a las inauguraciones, aunque son parte del mundo del arte. Sí me junto con los artistas, con los críticos, con los curadores, hago ese trabajo, pero de forma bastante tranquila, aunque creo que hoy en día, sobre todo para la gente más joven, toda esa parte se hace cada vez más importante. Yo no le doy mucha bolilla porque creo que no tengo muchas más aspiraciones a nivel profesional. La verdad que no estoy interesado en llegar a lugares mucho más altos, ni conseguir determinados espacios donde trabajar. Trabajo bien en todos lados, y considero que estoy bastante establecido. Como empecé en un momento en que había muy pocos curadores, que no se sabía qué era la curaduría, tuve la suerte de estar vinculado con la gente correcta en su momento, que me lo hizo más fácil.

– ¿Cómo fue que te decidiste por la curaduría cuando era una carrera y un trabajo bastante poco habitual?
– Creo que en realidad no me decidí, sino que me hicieron decidir. Nunca pensé en ser curador. Estudié historia del arte, y pensé que me iba a dedicar a la investigación, sobre todo a la docencia, y tal vez a escribir en algún diario. De hecho estudié arte pensando que iba a ser crítico de cine, porque no entré por las artes plásticas sino por el cine. Mi idea estaba muy puesta en, por un lado, escribir y por otro lado en dar clases. Lo que empezó a pasar es que me empecé a interesar por el video, el arte electrónico y la tecnología. Como era de los pocos que sabían sobre eso, me empezaron a llamar de las instituciones para pedirme que haga exposiciones. O sea, nunca fue mi intención ser curador, más bien empecé porque me pidieron hacer esas cosas.

– ¿Entonces cuándo fue que te diste cuenta que en eso había algo?
– Ahí empecé a hacer muestras y en las primeras pasaba un poco lo de los actores: mucho nervio, mucho desconocimiento, porque todo era como prueba y error. He hecho muestras, que no te voy a decir que me arrepentí, porque en verdad no me arrepiento de ninguna, pero visto en retrospectiva me doy cuenta que hay exposiciones que hice que fueron medio naif, medio inocentes. Hoy las haría de otra manera. Entonces mis primeras muestras creo que están bien, pero que todas adolecen de algún problema, que me sirvieron para no cometerlos en el futuro.

– ¿Cómo transitaste esas primeras experiencias?
– Al principio hacer exposiciones un poco lo sufría. Después empecé con todo esto de las relaciones públicas, a relacionarme mucho mejor con la gente, pero al principio era como más tímido. Ahora existe el mail, pero cuando empecé no, y la única forma de comunicarse era hablando por teléfono, y odiaba eso de hablar con gente que no conocía, me daba mucha vergüenza.

– ¿Alguna vez te pasó de llamar a algún artista y que no te dé atención?
– No, en general los artistas quieren mostrar, entonces si vos hacés una propuesta más o menos seria no te van a cortar el teléfono. Pero me daba un poco de vergüenza sobre todo si llamaba a algún artista consagrado, que no me conocía. Me pasaba de preguntarme “¿por qué estoy haciendo esto?”. Al principio me costaba mucho, luego me di cuenta de que tenía capacidad. Hoy me tiro a la pileta, si tengo que hacer algo lo hago, no tengo miedo y soy serio para trabajar.

– ¿Dentro de tu carrera como curador hay alguna muestra que haya sido como un punto de inflexión?
– Sí, hubo una muestra importante para mí, en el 2009, que se llamó El futuro ya no es lo que era. Me llamaron de OSDE para hacer una muestra de tecnología y yo les contra propuse hacer una sobre el futuro, que no tenia casi nada tecnológico. Esa fue una muestra muy interesante porque fue la primera en donde hice lo que hago hoy todo el tiempo, que es mezclar cosas que no tienen nada que ver. Antes, en las exposiciones, era como que todo tenía más relación. Eran muestras cronológicas, podríamos decir que tenían una estructura muy clara, las podría haber hecho cualquiera. Esta muestra era sobre el imaginario de futuro, sobre cómo la gente se lo imaginaba en distintos momentos de la historia argentina. Ahí, por primera vez, junté cosas que no tenían nada que ver, de distintos lugares, que es lo que hago ahora.

– Lo tecnológico está bastante presente en tus muestras. ¿Tuviste en tu infancia o adolescencia películas o libros que creas que te llevaron por ese camino?
– Antes de estudiar arte, yo venía de la ciencia, estudié química y trabajé en eso durante mucho tiempo. De chico tenía esos juegos de químico y siempre me gustó mucho el cine de ciencia ficción. El tema de la tecnología, tiene mucho que ver conmigo, me interesa, soy bastante optimista, a pesar de que veo películas de ciencia ficción. Y respecto a los autores, me gusta todo lo clásico. Creo que me interesa el cine de ciencia ficción porque es muy reflexivo, es un cine que piensa mucho la sociedad actual y la proyecta hacia adelante.

– Pero cambio de la química al arte, ¿cómo pasó?
– Fue una cosa medio rara. Estudiaba química en la UBA y en un momento sentí que necesitaba hacer algo que tuviera más que ver con lo humanístico, porque la ciencia era muy abstracta, muy absorbente. Hice la secundaria en un colegio técnico, soy técnico químico y después estudié la licenciatura en química, aunque no terminé. Mis únicos amigos eran todos mis compañeros de estudio y hablabas de química y no hablabas de otra cosa. Pero en un momento empecé a sentir la necesidad de conectarme con algo más, de relacionarme con la gente de otra manera. Empecé con el cine y fue a través de él que llegué al arte. Ahí descubrí otro mundo, el de las artes plásticas, que no lo conocía hasta que no entré en la universidad.

– Estás en contacto permanente con artistas, ¿hay alguien que te haya marcado?
– Bueno, Marta Minujin, por muchas cosas, no solo por su obra. Es una persona que me abrió muchas puertas y conecté con muchísima gente gracias a ella. Hay algo que sucede con los curadores y es que uno va creciendo con los artistas, entonces hay muchos artistas de mi generación de los cuales me hice amigo, pero no tengo mucho más allá de eso.

– Bueno, pero tal vez de alguno que hayas incorporado algún aprendizaje…
– De todos vas aprendiendo mucho porque no podés hacer una muestra si no tenés artistas. El artista es un interlocutor necesario, y tenés de todo tipo, desde el más insoportable hasta el más divino, y con todos tenés que hablar y negociar. Tengo una buena relación con los artistas, me he relacionado mucho y han sido muy importantes en mi vida. No solo por mi trabajo sino para decidirme y dedicarme al arte. Me ayudaron mucho a decidir dejar la química y a encontrar realmente mi vocación. Pero no es que hay un artista en particular, aunque si tuviera que elegir te diría Marta, porque es con quien más vínculo tuve en un momento importante, que fue cuando estaba empezando.

“Al principio me daba un poco de vergüenza sobre todo si llamaba a algún artista consagrado, que no me conocía. Me pasaba de preguntarme ‘¿por qué estoy haciendo esto?’. Al principio me costaba mucho, luego me di cuenta de que tenía capacidad”

 

– ¿Qué recuerdos tenés de ese momento?
– Uno de los recuerdos más importantes es cuando viajamos a Londres, que la habían invitado a hacer una performance en el Instituto de Arte Contemporáneo. Todavía trabajaba en química y yo era su asistente en ese momento. No porque necesitaba trabajo, de hecho ni siquiera cobraba, Marta me regalaba cosas…

– No sé si eso habla muy bien de Marta…
– No, no tiene que ver con Marta, en realidad. En los últimos años se profesionalizó mucho el mundo del arte. Incluso en esos años los artistas no cobraban honorarios. Ella necesitaba un asistente y Laura Buccellato, que en ese momento estaba en el Centro Cultural de España, me decía “vos nunca vas a aprender tanto como al lado de un artista. Lo que te puede enseñar estar al lado de un artista no lo vas a aprender con nadie más”. Me dijo que Marta necesitaba un asistente y yo decidí ser su asistente. Marta me regalaba cosas, una serigrafía, un catálogo de Basquiat… Para mí era muy importante estar al lado de ella, le llevaba el archivo, le respondía las cartas, buscaba las cosas que me pedían…

– Volvamos al viaje a Londres.
– Resulta que la invitan, y me pide que la acompañe. Bueno, me voy con ella, y eso fue cuando hizo la famosa obra de la doble de Margaret Thatcher que resuelve el conflicto de Malvinas con los choclos. Fue un viaje extrañísimo, porque era la primera vez que hacía un viaje importante con ella, y me vinculaba con una institución y con curadores internacionales importantes. Estoy hablando del año 96, todavía no era curador, y Laura tenía razón, se aprende mucho en esas situaciones. Eso no te lo enseña un libro ni un profesor. Hasta que no estás ahí realmente no entendés el funcionamiento de una institución, del arte contemporáneo y de cómo se hace una exposición.

– Supongo que así como conociste el costado más profesional de los artistas también llegaste a conocer su lado b, tal vez en algunas fiestas, con algunos excesos…
– Sí, esa era una época complicada de Marta, de todos. Lo más curioso es que vivimos a una cuadra de distancia y yo soy muy nocturno, y aunque ahora cambió muchísimo, ella en esa época también lo era, y me llamaba a las dos o tres de la mañana, para que fuera a la casa, para hablar de cualquier cosa, o arreglar cosas para el dia siguiente. Era muy raro, porque estaba en mi casa a las dos tres de la mañana, me sonaba el teléfono y era Marta Minujín que quería que me cruzara. Fue un momento fantástico.

– Al momento de armar una muestra, ¿cuánto tenés en cuenta la opinión del artista y en qué momento ponés un límite?
– Yo tengo una especie de lema de trabajo y es que para mí las obras las hacen los artistas. O sea, nunca le voy a intervenir en la realización de una obra. Hay curadores que llaman al artista y le dicen “yo quiero una obra sobre tal tema”. Pero yo jamás lo hago porque creo que no hay que decirle al artista lo que tiene que hacer. Como curador, mi trabajo es poner una obra en un espacio y en relación con otros artistas o en todo caso en relación con un espectador. Donde yo sí pongo mis límites es en las ideas que estoy articulando en la exposición, porque muchas veces a un artista le pido tal obra para tal muestra, y me dice “uh, no esa obra no me gusta, ¿por qué no mostrás tal otra?”. Si tiene que ver con lo que estoy pensando no tengo problema, pero si no tiene que ver, le digo “no, mirá quiero esa obra, y si no es esa obra, no”. Entonces llamo a otro artista o pienso otra cosa, porque yo tengo la cabeza en la exposición y el artista no.

– ¿Podrías hacer una muestra de algún artista que no te interese o no te guste?
– Sí, creo que sí, porque la curaduría tiene un costado técnico. Hoy no necesito hacerlo, por suerte puedo elegir las cosas que quiero hacer. Pero creo que no está mal como ejercicio, porque la curaduría tiene que ver con sacar lo mejor de algo, incluso de algo que te parece que no sea tan bueno. Lo que pasa es que uno dice “¿para qué lo haría?”. Lo haría como un experimento. Me ha pasado en los textos, no tanto en las muestras, que un artista cuya obra no me interesa demasiado me pida un texto. Eso sí es más común, y en esos casos, muchas veces lo hago y, como siempre, uno rescata lo mejor de esa obra. Sí no haría un texto de un artista que me parezca horrible. Pero hay artistas que por ahí no son tan contemporáneos, que fueron por otro lado o que han quedado un poco en el olvido, y no está mal hacer el ejercicio de rescatar ese tipo de cosas. No soy tan estricto, como tampoco estoy pensando en mi carrera. Algunas personas que están pensando en su carrera eligen, “a fulano le escribo, al otro no, con este hago una muestra, con este no”. Yo no estoy pensando en eso.

– ¿En qué estás pensando entonces?
– Estoy pensando en cosas humanas. A veces tenés artistas que son divinos, que son muy buena gente, y por ahí no te interesa tanto la obra, pero son muy buenas personas, o gente que te ha ayudado a lo largo de su vida, y yo no le diría que no porque ya me conviene que me vean con no sé quién. No soy así, no soy tan especulador.

– ¿Te ves ocupando algún cargo público?
– A mí en realidad me gusta el trabajo independiente, me gusta trabajar por mi cuenta, pero por otro lado pienso que en un momento no va a estar mal estar en una institución pública. Por ahora no lo pienso, pero me imagino que en algún momento lo haré, sobre todo en la parte de la docencia. Para mí es importante transmitir mi conocimiento, todo lo que fui aprendiendo a lo largo de los años y que alguien lo pueda aprovechar.

– ¿Qué pensás de la crítica hacia los curadores de que se creen estrellas al mismo nivel que los artistas?
– Creo que esa crítica me parece muy importada, porque acá no existe un curador estrella. Por ahí en el mundo puede ser que exista alguno, o varios, pero acá en Argentina no hay ningún curador estrella en ese nivel. No conozco. Lo que pasa que el lugar del curador es un lugar de poder, entonces eso depende de cómo uses ese poder. Podés usarlo de una manera muy prepotente o podés ejercerlo de una manera para nada prepotente. Yo no soy para nada prepotente pero sé que estoy en un lugar en el que decido cosas, quién expone y quién no. Hay una cosa de poder pero que es inherente a la labor curatorial. Lo que pasa es que nunca me consideré una artista ni nunca quise serlo. Lo que sí ocurre es que hay curadores que quisieron ser artistas y no pudieron, pero no es mi caso. Yo nunca tuve la intención ni hice el esfuerzo para ser artista ni me interesa, al contrario, valoro mucho el trabajo de los artistas.

– Pero sí te han categorizado como curador estrella.
– A mí me dicen muchas veces curador estrella, pero porque estoy en todos lados, porque “soy famoso”, pero no porque soy prepotente. A veces me dicen “ay, sos un curador estrella”, pero porque tengo una muestra en el Malba, en el CCK, otra en Bellas Artes, porque me ven en muchos lugares al mismo tiempo. Pero nadie me ha dicho que soy curador estrella porque me crea más que los artistas, eso nunca me sucedió.

“El lugar del curador es un lugar de poder, entonces eso depende de cómo uses ese poder. Podés usarlo de una manera muy prepotente o podés ejercerlo de una manera para nada prepotente”

 – Esa fama, ¿cómo te cae?
– A mí me divierte, ni me la creo ni nada. Creo que hay excelentes curadores y además es como todo, tenés que aprovechar el momento porque en cinco años va a haber otros. Hay todo un tema con el tema de los curadores jóvenes y en cinco años ya van a ser más importantes que yo, y está bien, es como la vida. A los artistas les pasa lo mismo, en un momento explotan, los llaman de todos lados para exponer y cinco años después no los llama nadie. Lo que hago básicamente es aprovechar este momento para trabajar.

Poder vivir de la curaduría significa que tenés que hacer varias muestras porque haciendo una o dos por año no vivís, no es que se paga tanto el trabajo del curador. Si querés vivir más o menos bien tenés que trabajar mucho y hacer muchas exposiciones, y eso es lo que yo hago, aprovecho este momento que me va bien y hago lo que puedo, pero sé que este momento va a pasar.

– ¿Hay una tendencia que va hacia los curadores jóvenes?
– Hay como una tendencia a darle espacio a los curadores jóvenes. Tenés miles de curadores jóvenes, porque además hay un montón de carreras de curaduría. Se supone que un curador joven viene con otras ideas, y me parece que está perfecto, es lo que tiene que suceder y es lo que está pasando. Tampoco se puede estar con cuatro curadores eternamente.

– Al momento de elegir un trabajo o proponer una curaduría, ¿cuál es tu meta personal?
– Mi meta es que la exposición sea interesante, que a la gente le guste y que tenga algo de mi toque personal. Me interesa mucho las muestras donde tengo que investigar, rescatar artistas que están medio olvidados y lo federal. Casi siempre trato de poner artistas de todas partes de la Argentina. En los proyectos que me ofrecen, me quedo con los proyectos que me permiten poner en ejercicio esa especie de toque personal y que realmente me permiten hacer cosas con libertad. Yo trabajaba de químico, con un horario y todo lo tenía muy regulado. Cuando me lancé a trabajar en el mundo del arte fue como un salto al vacío, porque dependo de que me llamen, que me convoquen, que me pidan cosas. Es como un estado de mucha libertad y al mismo tiempo de mucha indeterminación. Pero bueno, esa libertad me gusta, me hace ver la vida de otra manera. Es lo que más valoro y lo que más me ha dado esta profesión.

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