Abogado bonaerense, hacedor de canciones y mito viviente del under nacional

Texto: Pablo Díaz Marenghi / Fotos: Rodolfo Schmidt

 

Adrián Cayetano Paoletti se define como un hacedor de canciones, aunque también es abogado y trabaja seis horas por día en los Tribunales de su Monte Grande natal. Curtió el under de los ochenta con Copiloto Pilato, banda de culto con una fuerte influencia del dark, el post punk y la new wave más oscura. Grabaron sólo un disco, La misma tierra (1991). Allí su voz resplandecía entre las penumbras de sucuchos de zona sur y de la city porteña. Paoletti se convertía en un crooner que después le daría forma a una trayectoria solista que ya cuenta con seis discos en su haber. En el medio, se tomó unos años de parate rockero para terminar su carrera de abogado. Su último disco, Me gustabas más cuando me querías (2017) fue la excusa para este encuentro. En una tarde fría de mayo, en el barrio de Colegiales, Paoletti llega vistiendo jean y campera informal. Camina tranquilo, con la mirada serena, transmitiendo un temple conurbano que puebla sus composiciones. Allí aparece la vegetación, las nubes, el sol, los márgenes de lo urbano. Todo esto tamizado por sus vivencias, sus historias de amor o desamor y también una fuerte raigambre surrealista, onírica y poética, que caracteriza a sus letras.

Durante mucho tiempo se lo identificó con el low fi. “La música tiene que ver un poco con la tecnología -comenta-. En los 90 estaba eso de poder grabar en tu casa con la portaestudio. Después está la mística de EE.UU. -que acá no pasa porque no hay un circuito de radios universitarias- donde las bandas autogestionadas rankean ahí. Mi primer disco salió en cassette. Leí críticas que hablaban de low fi. Está grabado en lo más hi fi que había en ese momento: el Estudio Abasto, cuando estaba en el Abasto. Lo más hi fi eran como unas videocaseteras enormes que tenían seis canales digitales. Lo grabó Gonzalo Villagra, como el disco de Copiloto, hermano de Álvaro y miembro de Los Natas. Ahí grabó Pappo, Martes Menta, Los Visitantes, Almafuerte. Cuando saqué el CD le sumé cinco temas grabados en una portaestudio de ocho canales que era de Gonzalo Córdoba, una Tascam gris. Lo grabamos en cinta cassette y después lo mezclamos en el Abasto. Entiendo que aparte de la cuestión de la técnica de la grabación, hay algo de la interpretación -En la ruta del árbol, en busca de la canción perfecta (1998) está interpretado de manera muy desprolija-”. Paoletti habla lento, pausado, intentando desmenuzar su recorrido en el arte.

Su último álbum posee diez temas que oscilan entre la canción pop despojada semi acústica y ese rock propio del cantautor que deja entrever sus raíces. El arte de tapa tiene un aura fanzinesca e incluye manuscritos de puño y letra del autor. Acomodados en un bar, refugiados del ruido incesante de los colectivos que pasan repletos un miércoles a las seis de la tarde, el hacedor de canciones deconstruye su última obra y explica su manera de abordar la creación musical.

“A mí me encantaría tocar en grandes teatros, viajar al interior. Pero eso no ocurre y lo resuelvo yo, como puedo”.

 

-¿Cómo nace este disco? ¿Quisiste que sea algo romántico pero no te cerraba?
-Tenía la idea de hacer un disco de canciones románticas. Grabé un demo de diez temas. Además, siempre tengo la idea, con Gonzalo Córdoba (guitarrista de Suárez y de Gustavo Cerati), de hacer un disco guitarrero y despojado; grabarlo en una casa que tiene en el campo. Cuando lo escuché me pareció muy melanco. No tenía ganas de editar algo en esa impronta. Lo otro que me estaba pasando era que acababa de formar la banda, Los Impares, veníamos tocando a full y dije “ahora justo tengo una banda re buena, ¿voy a sacar un disco acústico?”. Y de ese demo quedaron cinco que los empecé a ensayar con la banda. Lo tocamos con eléctricas y empecé a usar un pedal que antes no usaba, un trémolo. Y me puse a laburar en ideas que tenía para completar el disco. Medio quedó como un lado A y un lado B. Los cinco primeros temas quedaron como esa primera versión romántica y los otros más rockeros. Estuvimos como seis meses ensayándolos con la banda y los grabamos. “Tanta luz” es una reversión del disco anterior (Los mandos no responden, aumentaré la potencia al máximo -2014) que en realidad quedaron la guitarra y la voz del demo del disco anterior. Quedó en el medio, como tema bisagra. Lo laburamos con Gonzalo en el estudio de su casa. Le mandé cosas a Yul Acri, que hizo los teclados, y después músicos amigos iban directamente al estudio. Manu Quintans, por ejemplo, que es un músico re groso, toca el violín y la flauta. Después hay una tijera caprichosa, nosotros elegimos. El estudio es como un lugar de diversión. Trato de que el audio quede bien pero instrumentar las canciones. No pienso mucho en cómo lo voy a tocar en vivo. Lo toco con los que tenemos. Gonzalo cuando puede toca. Ahora estamos tocando con Nacho Fila que grabó los últimos tres discos. El disco es una obra aparte y el estudio es una herramienta para sacarle jugo.

-A la hora de llevar tus canciones al estudio ¿sos muy receloso de tus creaciones o le das lugar a la experimentación y otros aportes?
-Las dos cosas. Por un lado primero les muestro los temas a la banda, que ya son mis amigos. Cuando compongo lo hago con una guitarra base, la melodía y tengo otras voces, bases de bajo o alguna idea de la batería. Después lo laburamos con el trio. Tanto Nahuel (Seranián, baterista) como Dani (Borelli Azara, bajista) conocen todos mis discos, les gustan mucho mis canciones y las tratan con mucho cariño. Ellos tocaron siempre juntos. Son amigos de toda la vida y tuvieron tres bandas. Siempre tocaron juntos. Siempre tengo la última palabra pero parto de una base de trabajo con personas a las que le gustan mis canciones. Hay un criterio en común.

-En tus últimos discos no se ve el low fi con el que algunos te describieron al principio sino esta superposición de capas de diferentes sonidos, instrumentos. Incluso tu voz tiene mucho más lugar en este último disco y al mismo tiempo articulás a otras (Mailén Gayoso, Luisa Roig Vibart, María Fernanda Aldana) incluso Ale Schuster, al que ahora se lo escucha más como un coro.
-Ale estaba en el disco anterior y le dije para que cante una melodía en un tema (“Sentado”). Vino, grabó y terminó participando en otros. En este grabó tres voces sarpadas. Está en “Números Romanos”. Ahí hay tres voces de él. Hizo una armonía, como una tonalidad, y después una arriba y otra abajo. Es un cantante del carajo.

“A veces pongo la radio para escuchar las bandas nuevas que suenan y están mal grabadas, suenan mal, los temas son horribles, todos iguales”.

Paoletti recuerda su más reciente experiencia en el estudio como una atmósfera lúdica pero, a la vez, de trabajo. Se lo ve abierto a escuchar sugerencias y aportes de otros músicos y destaca, más de una vez, que a todos los que convoca los tiene en cuenta porque tratan con cariño y admiración sus canciones. Además de que les interesa su aporte artístico.

El disco se grabó y pre-mezcló en el estudio de Nacho Fila. Luego se mezcló en DDR , estudio gestado por la viuda de Dee Dee Ramone, Bárbara Zampini, por Pablo Barros. Luego masterizado por Diego Clavino y Pablo López Ruíz. A partir de un reto que recibió una vez, comenta qué les pareció a toda su troupe de colaboradores su último trabajo: “Una vez me cagaron a pedos porque regalaba muchos CDs. Ahora regalo links. Muchos músicos me escribieron diciéndome qué buen equipo te armaste, qué bien que suena el disco. Creo que lo que nos une a todos, el núcleo, son las canciones. La contraposición de eso sería ir a un estudio que te paga un fulano, está un chabón ahí que te tiene que grabar y que le tocás y dice “este pelotudo…” (risas), tiene que ver un poco con eso. La gente que participó también le gustó como quedó y lo que interpretaron”. La autogestión, para el músico, parecería ser un camino de libertad y autonomía.

-Pensaba cuando escuchaba el disco que el tema homónimo, el track 1, podría ser tranquilamente un hit radial (por su estructura, la letra, la melodía pegadiza). ¿Te parece que la autogestión es más bien un camino que uno elige? Porque si uno se pone a pensar: ¿Hasta qué punto cuesta tanto componer una canción para que la pegue?
-Más allá de lo compositivo, tiene que ver con la magia de la música. Hay una cuestión técnica con el tema del hit. Yo termino en la autogestión también porque nunca una compañía o productor se interesó en mis canciones. Ahora bien, para el hit falta una estructura básica de una compañía. Eso era normal en los 90. En esa época estaban los sellos subsidiarios. Me acuerdo del sello Iguana Records que fichó a Los Caballeros de la Quema y a Juana la loca. En los 90 estaba el rock barrial y el rock sónico, que también en realidad era barrial pero respondía a una música más actual, porque el rock barrial es una mezcla de bandas stone con reggae. En esa época te fichaban, firmabas un contrato por tres discos y vos sabías que tenías un mes en tal estudio, plata para hacer un video, cortaban tres temas que rotaban en una radio. Si las canciones no rotan en ninguna radio es muy difícil que surja un hit. Capaz que se construye tocando en vivo. Así y todo hay un montón de bandas que tienen esa estructura y no pasa nada. Canciones mías que pueden ser hits radiales hay en todos mis discos. La gente y su relación con la música es rarísima. A veces pongo la radio para escuchar las bandas nuevas que suenan y están mal grabadas, suenan mal, los temas son horribles, todos iguales. A mí me encantaría tocar en grandes teatros, viajar al interior. Pero eso no ocurre y lo resuelvo yo. Como puedo. Un ejemplo: hace unos años edité un libro (Poesía Invisible) de manera muy artesanal. Debo haber impreso y repartido por lo menos 500. Podría haber sido eso o no ser.

-Volviendo al disco, en el último tema (“Un amor sin corazón”) aparece Gori. ¿Cómo te contactaste con él? ¿Ya tenían relación? Es interesante pensar cómo el disco tiene un in crescendo hacia los últimos cinco temas, y con el último track vuelve a la tranquilidad del comienzo.
-En todos los discos lo pienso. Todos tienen como una curva de intensidad. Con la banda ensayamos y grabamos en ese orden. “Un amor sin corazón” fue uno de los últimos que compuse. Pensé en Gori por la impronta folkie de la intro y me pasó lo mismo que con Yul y otros colaboradores: le mandé el tema y le dije “grabate unas violas, fijate más que nada la intro”. ¡Después me mandó cuatro guitarras y unas voces! No estaba en el pedido que cante pero quedó. A él lo conozco de los 90, previo a Fun People. Estaba la movida Bs.As. Hardcore y yo estaba convencido de que Gori tocaba en No Demuestra Interés (NDI) pero tocaba en Minoría Activa. Me acuerdo de ir a unos monoblocks en Barracas y estar una tarde tomando birra con Gori. Después me lo encontré en una feria americana que tenía en la Bond Street. Él me conocía de Copiloto Pilato. Más acá cerca, el año pasado, fuimos a tocar a Villa María y el Chulo, el organizador, me pregunta si lo puedo llevar en el auto a Gori. Terminamos yendo con Los Impares y Gori. Hicimos tres fechas juntos. Más o menos en esos tiempos graba unas guitarras para una versión de “Mi carro de fuego” que salió en un Compipulenta.

-En “El libro de las hojas” canta Luisa Roig Vibart (que aparece también en tu disco anterior) y le da un matiz muy distintivo. ¿Cómo surgió incluirla allí?
-Luisa es prima de una ex novia mía (risas). Me dijo que cantaba re bien, escuché unas cosas y cantó en “Mapa invisible”. Para este tema yo ya pensé en Luisa porque sabía que contaba con ella. No se sabía al principio si íbamos a cantar juntos. Preferí que cante sola porque la tonalidad es muy alta (ella tiene un registro alto) y porque tiene una voz muy particular. Creo que en las canciones, y en esa puntual, re garpa. Cuando grabó el disco anterior tenía 17, ahora tiene 19. Le mandé el tema y le dije: fijate qué te parece. Por suerte le gustó. Me parece que es imposible cantar en un tema que no te gusta. A no ser que te paguen mucha plata.

“Cuando salgo del trabajo y estoy en una situación de árboles y pajaritos me siento como un privilegiado de vivir así. De poder hacer un fuego, de andar en bici por los bosques de Ezeiza”.

-En “Caminos Transparentes” o en “Dimensión Obsesión” está este matiz más rockero. Incluso con esta oscuridad, medio post-punk, que viene de tu época en Copiloto, aparece mucho en tus canciones.
-Sí, porque creo que todos los compositores tienen el sello de una época en la que empezaron, de la música que escucharon, cuando empezaron a componer. A veces es medio inevitable desprenderse. A no ser que seas muy pragmático como un Bowie o un Cerati; artistas que están siempre respondiendo al sonido mundial.

Son también de los últimos que compusimos. Cuando pinta el rock me salen en ese mood que tiene que ver por un lado con la música que escuché y a veces con la que escucho ahora. Hace poco volví a escuchar uno que escuchaba de pibe de The Sisters of Mercy. Con el otro disco fuimos a tocar a Il Amici, en San Miguel y tocamos algunos temas nuevos. Se acercan unos pibes y me preguntan: “¿A vos te gustan los Super Furry Animals?” Y digo: “sí sí, estoy re manija”, y me responden “ah, porque los temas nuevos que tocaste tenían un poco esa onda” (risas). Algunos me decían que el disco anterior era medio folkie también, y yo también estaba manija con los Black Rebel Motorcycle Club. Otra cosa con el post-punk y el dark es mi voz. Los graves te remiten a eso.

-Sin embargo creo también que a pesar de que hay algo melancólico, romántico si se quiere, creo que el disco es luminoso. No es un disco depre. Incluso leí en entrevistas que te inspiraste un poco en una historia de desamor tuya.
-Sí, son historias de desamor porque me separé de la madre de mi hijo, mi compañera de vida de 15 años. Después tuve otra relación. En el medio tiene que ver con un desamor de macho, de amistades, que uno de repente está con una persona y se da cuenta que no es tu amigo. O se pone en la vereda de enfrente y se pone a bardearte. Está bueno eso que es como un desamor pero pilas. Tiene que ver a veces con la lírica, que ya desde el título es medio irónico, y también con la musicalidad, con la tocada y el sonido. La gente que me conoce y que casualmente sufrió una ruptura amorosa me dice que se siente re identificado (risas). Porque también habla de eso. Del amor, de separarse. “Inestable”, por ejemplo, esta cuestión de “me separo/no me separo”.

Paoletti se lleva muy bien con su hijo, Dante. Desde muy chico lo acompañó haciendo dibujos para un fanzine que hacían entre los dos llamado Televisión de papel, que lo vendían a precios módicos en los shows. Hoy en día dice que le aburrió un poco eso pero comparten una serie de animé o sus dibujos ahora ilustran, por ejemplo, sus canciones y el arte de su último álbum.

-Yendo al arte de tapa, por un lado aparece en lo visual la naturaleza, que es una constante en tus letras, o uno lo puede relacionar también con la tapa de En la ruta del árbol… ¿Por qué aparece tanto esto? ¿Tenés una relación muy cercana con lo natural?
-Nací, vivo y trabajo en Monte Grande, conurbano bonaerense. Siempre viví en una casa con jardín. Viví en mi vida en cuatro casas en Monte Grande con jardín. Algunos más grandes que otros, con árboles, frutales. Muchos años trabajé de notificador y andaba en bicicleta por zonas de calles de tierra, alambrado, pasto, plantaciones.

“De joven mi idea era ser escritor. En un momento me di cuenta que el formato de la canción me permitía contar una historia y tal vez de manera más práctica, más directa”.

Yo me meto en un departamento y a los dos minutos estoy al lado de la ventana (risas). Tengo esa rutina así como de chico de pueblo. A mí me encanta la capital pero por lo general vengo de noche (a salir, a ver amigos). Cuando vengo de día, por algún trámite, lo resuelvo y me vuelvo. Cuando salgo del trabajo y estoy en una situación de árboles y pajaritos me siento como un privilegiado de vivir así. De poder hacer un fuego, de andar en bici por los bosques de Ezeiza. Tengo contacto con la naturaleza. Creo que tiene que ver con eso. Soy bonaerense, no soy porteño. Vivo a 35 kilómetros de la capital y creo que tengo esa impronta. En algo se debe notar. Después, en las gráficas pasa viste la impronta de la autogestión. Estaba pautado por un lado con mi hijo, porque ya habíamos hecho algo. “El libro de las hojas” originalmente era un poema que un día se lo dí a mi hijo para que lo leyera e hiciera un dibujo sobre eso. Después ilustró un cuentito muy corto que está en mi libro. Le propuse darle las letras de los temas, después le iba dando las mezclas y dibujó incentivado por un precio que pactamos (risas). En un momento quedaron los manuscritos míos, que son las letras de los temas y en un momento se los escaneé para pasárselos a los pibes. Al diseñador le gustó para usarlo. Teníamos los dibujos y eso.Tanto para la tapa como para las fotos habíamos pautado con un amigo fotógrafo, se fue demorando, teníamos que resolver el diseño y las fotos no las teníamos. Busqué fotos de archivo, de facebook, le mandé 20 y quedaron esas que son de Lean (Binetti) que es el socio que trabaja con Dani, cuando viajó con nosotros a Rosario. La foto de tapa es de una chica que era una novia mía que es de las mismas fotos de Los mandos no responden… que como el diseñador me había dicho que iba a usar estas hojitas (de “El libro de las hojas” multiplicadas) me acordé de estas fotos, le pedí permiso y las usamos.

Paoletti siempre tuvo, además de una relación fluida con la música desde pequeño, un acercamiento a las letras por parte de sus padres, que le inculcaron la lectura. Hasta el día de hoy escribe y recuerda cuando se imaginaba como escritor: “Estuve escribiendo poesía con la intención de editar otro libro, mucho a mano alzada. Me gusta escribir en borradores así medio torbellino de ideas y después releer, ir corrigiendo. La corrección final es cuando lo meto en la compu y lo termino de acomodar ahí. De joven mi idea era ser escritor. Siempre leí mucho. En un momento me di cuenta que el formato de la canción me permitía contar una historia y tal vez de manera más práctica, más directa, que alguien escuche una canción antes que alguien agarre un libro y lo lea”.

Siempre fue mucho de leer aunque confiesa: “Hace cuatro años empecé a usar anteojos y medio que dejé. No obstante, ahora estoy leyendo una antología de poesía surrealista de Aldo Pellegrini y hace poco empecé a releer (porque se lo di a mi hijo y no le dió bola) Italo Calvino, Las ciudades invisibles, y antes leí la trilogía El Vizconde Demediado, El Barón Rampante y el Caballero Inexistente. Estoy tratando de arrancar de nuevo con la lectura. Esto (señala los anteojos) me hinchó las pelotas”. Sin embargo, el cantautor, siempre en búsqueda de nuevos relatos que lo influencien o inspiren, se sumó a la tendencia del momento: las series. “Empecé en links truchos y ahora en Netflix. Vi Game of thrones, Breaking Bad (ahora estoy re manija con Better Call Saul), Vikingos. Vi series muy raras en PelisPedia…una de Marco Polo. Otra que era como una novela inglesa que transcurre en un caserón con unos guitudos de Inglaterra. Empieza con el hundimiento del Titanic. Ya va por la temporada 8. “Esa serie la ve mi mamá” me dijo una amiga (risas). No me enganché tanto con House of Cards”. No sólo de series vive el hombre, sino que en realidad se nutre de grandes o pequeñas narraciones en diversos lenguajes: “También voy al cine con Dante, vamos a ver todas las de Marvel. Disfruto mucho de eso. En una época iba mucho al teatro. Me encanta disfrutar de historias que se cuentan en diferentes formatos. Están las series manijeras, que termina el capítulo y querés ver qué pasa, y después las otras que no tanto. Ayer me vi el documental de Snoop Dog, que cuenta que se va a Jamaica a grabar un disco de reggae. Dice que se cansó de la violencia del rap. Están todo el día fumando porro diciendo “no, yo era muy violento, quiero dar un mensaje de paz” (risas). Quiero escuchar el disco porque lo que se escucha es rarísimo”.

“Diosque, el disco Bote lo re escuché. Los Faunos son mis preferidos de Laptra, y cuando puedo los voy a ver. Después veo muchas bandas que hacen referencia a El Mató, y muchas que son muy parecidas entre sí”

Paoletti también es visto, por muchos músicos jóvenes, como un referente tanto por su obra como por su camino en el under. Por eso su opinión es tenida en cuenta y suele ser muy crítico con sus colegas, en el sentido analítico del término. Admite que no ha encontrado algo que realmente lo sorprenda en el último tiempo aunque rescata algunas cosas: “Diosque, el disco Bote lo re escuché. Los Faunos son mis preferidos de Laptra, y cuando puedo los voy a ver. Después veo muchas bandas que hacen referencia a El Mató y después muchas que son muy parecidas entre sí”.

Le es inevitable pregonar por un nuevo sonido que venga a sacudir lo ya establecido o a sorprender: “Después hay bandas que se enrolan en el stoner, u otras como Pez o Los Espíritus, que suenan a rock nacional viejo, o a Pappo Blues. Los pibes a los que le gustan los Babasónicos van a ir a ver a ellos, no a una banda parecida a Babasónicos. Eso es un problema de los productores. ¿Para qué los haces sonar parecido?”.

La máquina de hacer canciones de Adrián Paoletti nunca se detiene. Hizo la música incidental del cortometraje Barberías: El uso del tiempo bajo el Socialismo filmado por el bajista de su banda, Dani Borrelli Azara y su socio Lean Binetti Sus próximos proyectos incluyen una re edición de sus primeros discos en CD : Paciencia (1995), En la ruta del árbol, en busca de la canción perfecta (1998) y Soy yo por ahora (2000) y con cada lanzamiento lanzará un simple en Spotify de una canción de cada disco versionada con Los Impares, su banda actual.

La entrevista formalmente se termina, pero la charla sigue y otros temas se cuelan: una posibilidad de trabajo como productor musical, que Paoletti descarta de cuajo, o el recuerdo (que siempre vuelve) de sus encuentro con Gustavo Cerati, cuando trabajó junto a él en su último disco, Fuerza Natural (2009). Se acuerda de cómo Cerati le mandó un demo con todas sus más recientes composiciones y él se encargó de ponerle letra a todo. Luego el ex Soda Stereo definió qué mantener y qué quitar. Se acuerda de algo en torno al jinete enmascarado, de “Amor sin rodeos”, que fue una frase suya y que finalmente terminó inspirando la tapa del disco, con Cerati montando sobre un purasangre. De manera increíble, inesperada, Paoletti encuentra una conexión entre esta figura y su más reciente obra: “De hecho la continuación de esa frase, un jinete enmascarado, es el inicio del tema Un amor sin corazón. La frase completa era: un jinete enmascarado / a la sombra del olvido / busca recuerdos en vano”. Todo tiene que ver con todo.

Este compositor, que parece continuará buscando la canción perfecta y avivando las llamas del músico de culto, reflexiona acerca de cómo se piensa a él mismo como instrumento de la creación: “Yo creo que uno como compositor es como una antena. En la medida en que vos captás todo, vas sumando información. Una historia que veas en una serie, en un libro, una película o una obra de teatro. Más de pendejo iba mucho a cosas de cuadros, a veces para ir a escabiar a las inauguraciones (risas). Uno se nutre de todo eso y las canciones, más la vida de uno, y después lo interpreta. Mientras uno más se nutra más variado va a ser lo que uno hace”. Paoletti se nutre y combina, en sus canciones, tragedia y romance, luz y oscuridad.

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