30 de diciembre de 2004: la noche que todo cambió para siempre

Texto: Pilar Renau / Ilustración: Lucía Ponteville

 

Un, dos, tres, cuá… Arranca la batería. Los chicos saltan y se van todos para adelante. Chicos y chicas agitan los brazos al ritmo de la canción. Cantan a los gritos. Piel y sudor, banderas flameando. El aire casi no corre. Imaginemos eso.

Dos amigos se miran y sonríen. Una hermana agarra del brazo a la otra y se lo mueve al ritmo de la música mientras cantan. Un chico y una chica se besan. Miles de pibes y pibas saltan.

Un chico –o quizás dos o tres– hace espacio en el medio del lugar y con un encendedor prende una bengala de luces. “A hablar mal del que dirán, a ver temblar la seguridad, a ser distinto a lo que se parece”, dice la canción. Una bandera con un cerebro gigante viste el escenario en el que se mueven los músicos. Otro chico –o dos, o tres– hace espacio para prender otra bengala. Se oyen tres explosiones. Una de esas, o tal vez las tres, en vez de chocar contra el techo de cemento y extinguirse en el aire se encuentra con una media sombra, que en un segundo se enciende entera.

Imaginemos eso.

Ese es el último instante, antes de todo. Segundos después, pedazos de la media sombra empiezan a caer desde el techo. Ya empezó. Los músicos dejan de tocar y en ese momento en que todo se detiene, la vida de miles de personas deja de ser como era antes.

Se corta la luz, empiezan los gritos, los empujones. Aparece la desesperación. Amigos, hermanos, parejas se separan en el medio del tumulto. Algunos buscan la salida de emergencia, otros, la puerta por la que entraron hace un rato. Algunos suben las escaleras, otros las bajan. Algunos salen del baño, otros entran para resguardarse ahí. Algunos se tropiezan, otros levantan gente del piso. Todos quieren salir de ahí.

Los que salen no entienden qué pasó. Algunos se quedan en frente del local, piensan que en unos minutos van a hacerlos entrar de nuevo. Otros se alejan un poco y llaman a sus casas para avisar lo que pasó. Compran agua, caminan unas cuadras confundidos. Se sientan en cordones y miran lo que pasa. Se dicen “mirá si se muere alguien”.

Mientras tanto otros vuelven a entrar. Una vez, otra vez, y otra más. Cruzan la puerta de entrada y casi en la oscuridad total intentan sacar gente. Llegan los bomberos, las ambulancias, la policía, padres y madres. Los chicos y chicas que sacan se ven cada vez peor. Más descompensados, con menos aire, con el cuerpo más negro.

Imaginemos eso.

En las paredes del pasillo que conecta la entrada con el centro de Cromañón empiezan a aparecer las primeras marcas de manos negras. Esas manos negras, como tatuadas en las paredes, como testimonios del desastre. Las ambulancias empiezan a llenarse de cuerpos. Más gente aparece para ayudar. Ya nadie cruza esa puerta solo, caminando. Los que salen lo hacen en brazos de otros. Sin remera, sin zapatillas, sin vida.

«En la noche del 30 de diciembre de 2004 un boliche de Once llamado República Cromañón se incendió. Yo estaba ahí, en el mismo lugar donde murieron 194 personas»

Adentro los que no pudieron salir los primeros minutos son muchos. Algunos no tuvieron tiempo de nada. Otros no pudieron encontrar la salida. El aire bueno no alcanzó y el malo fue demasiado. Algunos quedaron arriba, pensaron que era más seguro. Algunos quedaron en el piso, no pudieron hacer otra cosa.

Ahora imaginemos que todo eso no pasó. Que esa noche se vendieron las entradas que se tenían que vender y entró la cantidad de gente que podía entrar. Que nadie ingresó pirotecnia. Que la puerta de emergencia estaba habilitada. O imaginemos que el encendedor no funcionó. O que la bengala se cayó al piso y se perdió entre la gente. O que la explosión del tres tiros esquivó la media sombra. Que empezó “Distinto”, terminó, y siguieron 15, 16 canciones más. Que salimos todos por la misma puerta por la que habíamos entrado. Que volvimos todos a casa sanos y salvos.

Podríamos imaginar eso, pero no: en la noche del 30 de diciembre de 2004 un boliche de Once llamado “República Cromañón” se incendió. Yo estaba ahí, en el mismo lugar donde murieron 194 personas.

El 30 de diciembre de 2004 hubo un incendio en un boliche de Once llamado “República Cromañón” donde murieron 194 personas. Esa noche se presentaba por tercera vez consecutiva la banda Callejeros. Menos de dos minutos después de iniciado el recital, una bengala prendió fuego la media sombra del techo, un material altamente inflamable y tóxico. En segundos se cortó la luz y la gente intentó salir. La evacuación normal del lugar fue imposible, ya que en el local, habilitado para 1.031 personas, se estima que había entre 3.000 y 4.000. Además, una de las salidas de emergencia estaba inhabilitada y la puerta de entrada ya había sido cerrada para que no entrara más gente. La mayor parte de los chicos fallecieron por inhalación de distintos gases tóxicos. Muchos de los que murieron habían entrado y salido de Cromañón varias veces para ayudar a salir a otros chicos. Además de los 194 muertos, más de 1.400 personas resultaron heridas. Según la Asociación Civil Sobrevivientes República Cromañón hasta la fecha se registran 18 suicidios de sobrevivientes.

En 2006 se realizó el primer juicio a los considerados responsables de la masacre. El Tribunal Oral en lo Criminal N °24 de la Capital absolvió a Callejeros, mientras que dictó sentencias contra Omar Chabán (20 años por incendio doloso calificado y cohecho activo), el manager de la banda Diego Argañaraz (18 años por incendio doloso calificado y cohecho activo), el subcomisario Carlos Díaz (18 años por incendio doloso calificado y cohecho activo), el encargado de la seguridad del local Raúl Villarreal (1 año de prisión en suspenso por ser partícipe secundario del delito de cohecho activo) y Fabiana Fiszbin y Ana María Fernández, ex subsecretaria y ex directora de Control Comunal del Gobierno Porteño, a dos años de prisión por incumplimiento de los deberes de funcionario público.

La sentencia fue apelada, y dos años después la Sala III de la Cámara de Casación Penal modificó la carátula de la causa. Como resultado de esto los músicos de Callejeros fueron condenados, y Chabán, Argañaraz, Díaz, Villarreal, Fiszbin y Fernández recibieron nuevas penas. Esa sentencia también fue apelada, y en otro juicio, Casación elevó la pena a los músicos, que fueron a prisión. Un año más tarde la Sala IV de Casación, por decisión de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, revisó las penas y las confirmó.

De todos los condenados de la causa el único que sigue preso es Eduardo Vázquez, baterista de Callejeros, pero por otra razón: asesinó a su pareja de entonces, Wanda Taddei. Fue en 2010, seis años después del incendio en Cromañón. Durante una discusión, Vázquez roció con alcohol a su novia y la prendió fuego. Wanda agonizó once días en el hospital hasta que murió.

«La evacuación normal del lugar fue imposible, ya que en el local, habilitado para 1.031 personas, se estima que había entre 3.000 y 4.000»

Me acuerdo de que era jueves, yo estaba de vacaciones y hacía poco había cumplido 15 años. En esa época tenía celular, mi hermana Camila también, pero no lo teníamos encima porque llamamos a casa desde un kiosco. Me acuerdo de que habló ella y después compramos un agua. Me acuerdo de toser feo, como nunca antes había tosido. Me acuerdo de Cami y mi amiga Anto sentadas en una esquina mientras veíamos a la gente correr. Me acuerdo del bajista con un chico en brazos tratando de parar un taxi. Me acuerdo de decir “mirá si se muere alguien”.
No me acuerdo de cuando llegaron mi hermano Juan y mi viejo, pero sí me acuerdo de que nos quedamos sentados un rato más hasta que mi viejo apareció pálido y agitado y dijo que era momento de irnos.

Me acuerdo de que fuimos a la clínica, pero para que lo atendieran a él. Me acuerdo de mi vieja y el abrazo. Me acuerdo de estar sentada en la cocina a la madrugada, viendo las placas de Crónica que cada vez anunciaban más muertos. Me acuerdo de llamar a Anto, que estaba despierta también. Me acuerdo de Juan viniendo a dormir a mi cuarto, pero no me acuerdo si dormí esa noche.

Antes de todo eso, me acuerdo de la excitación previa, de la música, y de la media sombra en el techo prendiéndose fuego. Me acuerdo de Cami diciéndome “nos vamos”, y del golpe en la muñeca. De alguien levantándome después de tropezar. De los gritos, el portón cerrado y la gente empujando. Me acuerdo de estar sola cuando salí, de no entender nada.

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De esa noche solo me quedan dos cosas: la musculosa de morley negra que tenía puesta y la entrada, hecha pedazos la madrugada después y vuelta a pegar unos días más tarde. La musculosa de morley negra, hoy prácticamente gris, sobrevivió a todas las mudanzas y limpiezas de placard. Más de una vez pensé en quemarla.
La entrada tenía el dibujo de un cerebro gris, con una parte pintada de rojo, otra de amarillo y otra de verde. Arriba dice ‘JUEVES 30 DE DICIEMBRE. 20 HS”, y abajo ‘REPUBLICA DE CROMAÑON. BMTE. MITRE 3060 – CAP. FED’. Todo en mayúscula. Hoy está pegada arriba de una hoja blanca, dividida en cinco partes, guardada en un cajón de escritorio.

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Mis recuerdos dentro de República Cromañón son pocos y difusos. No me acuerdo bien cómo entramos o cómo fuimos, si nos revisaron, si me hicieron sacar las zapatillas, si me asustó la cantidad de gente, si hice algún comentario al respecto, si tenía mucho calor, si el lugar me pareció muy chico, o si en algún momento pensé en eso.
Me acuerdo, sí, de lo que dijo Chabán, un personaje que hasta ese momento yo no conocía. “No quiero que pase lo de Paraguay. Si alguien prende algo nos morimos todos”. Cuatro meses antes se había prendido fuego un supermercado en Asunción, Paraguay, y ante la amenaza de que los clientes se fueran sin pagar, alguien decidió cerrar las puertas. Como resultado, 327 personas murieron. La noticia me había shockeado, por eso recuerdo que me inquietó bastante escuchar a Chabán hablar de Paraguay en ese momento y en ese lugar. Pero la sensación duró poco porque segundos después Callejeros ya estaba sobre el escenario, y yo había ido ahí para ver a Callejeros. Era la segunda vez que los veía en vivo. La primera había sido en Excursionistas, unas semanas antes. Las palabras del Pato Fontanet, el cantante, después de lo que había dicho Chabán, “¿Se van a portar bien?”, seguido de un “sííííí” general del público hicieron que me tranquilizara.

No recuerdo cuánto pasó desde que se apagaron la música y las luces hasta que salí de Cromañón, y tampoco recuerdo el momento en el que se abrió la puerta, pero si me concentro bien, todavía puedo escuchar la batería que daba inicio a “Distinto”, la canción que Callejeros empezó a tocar pero nunca terminó. Si me concentro bien puedo sentir en el cuerpo la adrenalina que me generó. Si me concentro bien puedo sentir el golpazo de energía que me invadió el cuerpo cuando escuché el inicio de la canción.

Entre ese inicio de redoblantes y el momento en el que vi el fuego en la media sombra no puedo relatar con exactitud qué pasó: ¿bailé, canté, intenté hacer pogo, levanté las manos? Esa canción me gustaba, era la primera de “Rocanroles sin destino”, que yo tenía bastante estudiado. Esa noche se festejaba ese disco, así como las dos anteriores habían estado dedicadas al primero y al segundo, así que no era una sorpresa que arrancaran con “Distinto”. Era una canción furiosa, para cantar fuerte, era rápida, casi que no te daba tiempo a respirar. Su letra dice cosas que, una vez sucedido Cromañón, inquietan un poco: “A consumirme, a incendiarme, a reir sin preocuparme, hoy vine hasta acá”.

«Según la Asociación Civil Sobrevivientes República Cromañón hasta la fecha se registran 18 suicidios de sobrevivientes»

Según las notas periodísticas de la época había entre 3000 y 4000 personas, es decir entre tres y cuatro personas por cada persona habilitada. Una vez que empezó a sonar la música yo no tenía casi control de mis movimientos, era la misma gente la que me empujaba de atrás hacia adelante. Me movían, más allá de lo que quisiera hacer. Así fue como desde la zona de la escalera que se levantaba en la parte izquierda, donde habíamos estado esperando, llegué a estar casi en el medio como para poder ver la media sombra prendiéndose fuego. Pero en ese momento no entendí. Y así como la marea de gente me había llevado hasta el centro de Cromañón, la misma me devolvió a la zona cercana a la escalera.

Creo, siento, que en el mismo momento en que se cortó la luz y la música, Cami me agarró y me dijo “nos vamos”. No sé cuánta distancia nos separaba de la puerta. Con Cami y Anto bordeamos la escalera. Yo tuve miedo de que los empujones de la gente me hicieran tropezar con los escalones, y pensé que era mejor pasar por debajo. Dudé, y en menos de un segundo nos separamos: ellas por un lado y yo por otro.

Lo que sigue es lo más borroso. Son recuerdos que registro más con el cuerpo que con la mente. Lo que más recuerdo son los gritos, “abran la puerta che”, “dale loco, abran”, algún rezo, varios “por favor”, y la sensación de ser arrastrada por la gente que tenía atrás y adelante. Como si mis pies no llegaran al piso, como si estuviese flotando. Mi cuerpo avanzaba conforme la marea me llevaba. Antes, recuerdo el choque de mi muñeca derecha contra el borde de la pared, el tropiezo y algo que me levantó. Y la oscuridad total.

Esos recuerdos aparecen como flashes cuando el subte se llena de gente y se para entre estaciones, en ascensores que cierran sus puertas pero tardan en moverse, en eventos con mucha gente, en los asientos traseros de un auto de tres puertas, y a veces hasta cuando siento un cuerpo muy cerca del mío. Me empiezan a sudar las manos, todo mi cuerpo es un bloque, el corazón me late más rápido, se me seca la boca. Tengo calor, necesidad de mover el cuerpo, de irme, ya.

La sensación que me aterra en esos instantes es la de querer salir y no poder. Porque esa noche lo que pasó fue que quisimos salir y no pudimos. En mi caso duró minutos, quizás hasta segundos. Pero muchos, muchísimos, no pudieron salir nunca.

El primer acercamiento al después de Cromañón fue una visita con Cami y mi viejo al santuario, que recién se estaba empezando a armar, el 30 de enero de 2005, el primer mes. De esa tarde recuerdo tener que hacer mucha fuerza para no llorar después de escuchar los primeros “los pibes de Cromañón presentes, ahora y siempre”. Las primeras fotos y las zapatillas, escritas con lapicera y liquid paper, manchadas con hollín, colgadas de a una, de a dos, de a tres. Las primeras remeras con la cara de alguno de los pibes y la fecha. Esa fecha.
Recuerdo no querer llorar para que mi viejo no me viera triste. Nunca antes había tenido que censurar el llanto. Sin embargo esa tarde sentí que no podía mostrarme triste. Quizás por adolescente, o por la fortaleza que creía tener, o por la culpa de que la gente me viera triste y también se pusiera triste. Quizás porque al lado tenía gente que había perdido hijos, hermanos, amigos, y yo estaba ahí, moviéndome por mis propios medios, acompañada de mi hermana, de mi papá, con el resto de mi familia y amigos sanos y salvos en sus casas.
Quizás porque sentía que así como para mí y para mi hermana había sido una experiencia horrible, también lo había sido para mi papá, que después de cerciorarse de que estábamos bien, y después de que mi hermano le dijera “andá a ayudar”, se acercó a la entrada para darles una mano a los médicos y bomberos que habían llegado hasta Cromañón.

Las pocas veces que hablé con mi papá sobre Cromañón escuché cosas tremendas: policías que tiraban cuerpos dentro de las ambulancias, esternones quebrados después de vanos intentos de reanimación, chicos que lo agarraban de los brazos mientras él intentaba reanimar a alguien al grito de “por favor loco, vení a salvar a mi amigo”.

Minutos después de pasada la experiencia Cromañón de sus dos hijas, empezó la de él. La suya terminó con una visita a la guardia para descartar que no tuviera un infarto.
No puedo ni imaginarme el miedo que deben haber sentido mi viejo y mi vieja una vez que pasó todo y vieron los resultados. El miedo y, tal vez, también la culpa. Casi 200 personas muertas. Yo tenía 15, mi hermana 16 y medio. A sus ojos éramos dos nenas.
Todavía siento culpa de haberlos hecho pasar por algo así. Es un sentimiento contra el que peleo cada vez que Cromañón aparece en mi cabeza.

«Me acuerdo de Cami diciéndome “nos vamos”, y del golpe en la muñeca. De alguien levantándome después de tropezar. De los gritos, el portón cerrado y la gente empujando. Me acuerdo de estar sola cuando salí, de no entender nada»

Ya al poco tiempo había generado, de manera totalmente involuntaria, una especie de mecanismo de defensa que consistía en minimizar mi experiencia en Cromañón. Ese mecanismo lo mantuve muchos años. Si alguien me preguntaba sobre Cromañón empezaba con un “a mí no me pasó nada”, o “salimos rápido y nos fuimos rápido”, frases que intentaban establecer ya desde el inicio que mi experiencia no había sido tan mala, considerando que 194 personas habían muerto. Cuando me preguntaban cómo estaba, cómo me sentía, la dinámica era la misma: intentar demostrar que yo no estaba tan mal. Por supuesto que había situaciones donde no podía sostener esa careta.
Pero lo que no hablaba cuando estaba consciente empezó a salir primero con las borracheras adolescentes, y tiempo después con episodios de claustrofobia. En el medio de la mezcla entre Gancia, licor de melón y vodka barato aparecieron los primeros llantos y preguntas a un dios en el que nunca antes había creído, sobre por qué yo no y tantos otros sí. En esos momentos, cuando la herida estaba más abierta que nunca y yo intentaba cerrarla de cualquier forma, sentía que estaba viviendo de prestado. Sentía que era injusto, no solo que hubiera pasado, sino que no me hubiera pasado a mí y a tantos otros chicos sí. ¿Por qué no a mí? ¿Fue solo suerte? ¿Yo hice algo bien y otros hicieron algo mal? ¿Era el destino que me tenía preparada otra cosa?

Esos arrebatos adolescentes eran el único espacio en el que me permitía hablar de Cromañón. Y llegaban cuando yo ya había bajado todas mis armas. Los momentos en los que más indefensa estaba.
Hoy, muchos años después, empiezo a entender que la razón por la que durante tantos años no hablé del tema, ni siquiera conmigo misma casi, fue porque no era capaz de soportar esa sensación de por qué yo no y otros sí, y la única solución que encontré fue tratar de olvidarlo.

Lo tuve encerrado un tiempo hasta que el cuerpo mismo me dijo basta, y empezaron las sensaciones de encierro en los subtes, los ascensores, en la parte de atrás de los autos, en los aviones. Por algún lado todo eso tenía que salir, y eso fue lo que pasó. Fue recién ahí, después de varios episodios que rozaban el ataque de pánico, que volví a esa noche. Y una vez que volví no pude irme más.

«No recuerdo cuánto pasó desde que se apagaron la música y las luces hasta que salí de Cromañón, y tampoco recuerdo el momento en el que se abrió la puerta, pero si me concentro bien, todavía puedo escuchar la batería que daba inicio a “Distinto”, la canción que Callejeros empezó a tocar pero nunca terminó»

La historia de mi vida no tenía nada de particular: no fui nombrada en homenaje a un familiar muerto trágicamente, mi nacimiento no fue un milagro, mis padres eran dos personas normales, mi familia no tenía ningún secreto atroz guardado en el fondo del placard.

Pero a los 15 años una noche de mucho calor algo me dio vuelta y me dejó de cabeza: 194 personas que estaban en el mismo lugar que yo, de un momento a otro se murieron. No fui la única que no se murió esa noche. Fuimos muchos, muchísimos, los que esa noche no morimos. Mucho más que 194. Aunque 194 es un montón. Yo ni siquiera conozco 194 personas.

Cuando pasó Cromañón yo tenía 15 recién cumplidos. Ahora tengo 30 y se cumplen 15 años de Cromañón. No puedo no pensar en la coincidencia de las fechas y los años con dos números que en teoría son importantes para las personas: 15 y 30.

Estaba en plena adolescencia cuando entré a ese local de Once. No tenía más preocupaciones que terminar bien el colegio, irme de vacaciones en el verano y conseguir novio. Cuando salí, mientras esperaba sentada en una esquina que nos pasaran a buscar, ya no era la misma. Al principio no lo entendí, pero esa noche dejé parte de mi infancia ahí adentro. Esa noche me hizo crecer de golpe.

Cromañón me acompañó en el desarrollo de mi vida adulta. Me sigue acompañando, nunca me va a dejar.
Igual no quiero que me deje, porque el recuerdo es el único homenaje que puedo hacerle a los chicos que murieron.

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